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«No retrases lo del pago, Jacob, que tengo las vacas flacas. Da recuerdos míos a Corina.» Y cavilando me quedé, a falta de otra ocurrencia.

Una tarde estaba yo con Marta en La Rosa de California y entró tía Corina. En aquel momento quise tener el don de la invisibilidad (que, según el alquimista del XVII conocido como el Pequeño Alberto, se consigue con solo llevar debajo del brazo un corazón de gallina negra, de murciélago o de rana), ya que la situación me resultaba incómoda. Porque es curioso: tía Corina y yo jamás nos hemos hecho confidencias sobre nuestra vida sentimental, y mucho menos sobre mis visitas al Club Pink 2, por supuesto. Como si fuésemos ángeles. Como si nuestro cuerpo -y su exigencia de cuerpos- sólo existiese de puertas para afuera. Aparte de Louis Campbell, su pretendiente perpetuo, y de mi ex ya difunta, nuestros amoríos vienen a ser una cofradía de fantasmas para el otro, y materia vedada de forma tácita en nuestras conversaciones, aunque me consta que ella juega aún a fascinarse el corazón en sus jueves noctámbulos, porque a veces se le escapan comentarios delatores, y me alegra que siga agarrada a la vida, porque el problema viene cuando te das por vencido y te sientes como un habitante de la Atlántida, con todo hundiéndose a tu alrededor, incluidos tus pies.

Agaché la cabeza y me cubrí la cara con la mano, pero sé que tía Corina me vio, aunque fingió despiste. («¿Te pasa algo?» Por suerte, Marta se conforma con respuestas sencillas.)

Nada más entrar en casa, tía Corina, que estaba anotando algo en su diario políglota, me dijo: «He pasado esta tarde por La Rosa de California y te he comprado un budín de chocolate y castañas». Y comprendí que nuestro pacto de silencio sobre el asunto seguía vigente. Y me pareció bien, aunque no pude evitar sentir la incomodidad del furtivo.

Los misterios tienen una gran ventaja, a saber: que pueden dejar de ser tales de repente.

Se formó mucho revuelo en el barrio: sirenas de bomberos y de policía, desalojo del edificio, equipos de radio y de televisión, curiosos… Había ardido la tienda de Electrodomésticos Marconi, paredaña con el palacio de los condes de Huéjar, y el humo salía por la puerta como el duende negro de una lámpara maravillosa.

La mano incendiaria había sido la del zapatero Andrade, que andaba fugado. «Llegó el loco, roció de gasolina la tienda, le pegó fuego y salió por pies», nos precisó un vecino cuando nos sumamos al tropel de fisgones. Según parece, el dueño de Electrodomésticos Marconi es el cabecilla de la plataforma vecinal que presiona al Ayuntamiento para que tome cartas en el asunto del palacio ruinoso, cuya propiedad anda difusa por no sé qué laberintos testamentarios, y es él quien firma los escritos de protesta que dirigen al alcalde, el que remueve el ánimo del vecindario y el promotor de varias caceroladas, ya que se tiene por el más perjudicado, pues el negocio, según se queja, se le llena de ratas y de malos olores. De modo que Andrade, ante el panorama de verse privado del disfrute de su cripta, que tanto significa para su fantasía descacharrada y voladora, había decidido atacar el trono del enemigo.

«Esto se veía venir», nos comentó uno de los vecinos desalojados del edificio. «Si no hemos puesto cincuenta denuncias, no hemos puesto ninguna.» Otro se refirió, indignado, a los anónimos: CONOCERÉIS EL DOLOR. ARDERÁ VUESTRA CASA. Y es que Andrade, según sabía todo el mundo salvo nosotros, se había dedicado a repartir mensajes amenazantes por los buzones del barrio, al no estar reñida su locura con la diligencia ni con la sistematización.

«¿Tú ves? Casi todos los misterios son ridículos, por muy solemnes que parezcan», concluyó tía Corina cuando volvíamos a casa. «Pobre Andrade. Con lo bien que le sentaba su papel de guardián de la cripta…»

Por lo demás, y hasta donde sé, Andrade sigue huido al día de hoy, de modo que la gente del barrio no descarta la posibilidad de nuevas fechorías, aunque ojalá se equivoque.

Pocos días después de esto que les he contado, el portero nos subió un paquete. En un principio, pensé que se trataba de otro envío misterioso, que era la tónica de los tiempos. Pero resultó ser un envío menos misterioso que sorprendente, pues nos lo remitía el primo Walter desde Hendaya, donde andaba ocupado en no sabría decirles yo qué, y es probable que él tampoco.

Sé que no tengo perdón de Dios, por más que Dios se perdone a sí mismo todas las atrocidades que se le pasan a diario por su chola sagrada, pero me confieso arrepentido de mi deslealtad y doy por hecho que, en toda sociedad de raíces ideológicas judeocristianas, el arrepentimiento sigue significando algo, por poco que sea.

Tengo que daros una noticia desagradable: el lote del gitano Maya dadlo por perdido, porque se mató hace poco en la carretera de Coimbra mientras hacía otra mudanza. Ya sólo puede hacer negocios con su primo Lucifer -aunque Maya es capaz de robarle las calderas para vendérselas luego al encargado del Purgatorio.

Me avergüenza haber caído tan bajo, pero, una vez que caes, lo normal es que caigas para abajo, a menos que sepas levitar. Y yo no sé.

Como prueba de buena voluntad, os mando estas menudencias.

Os quiere,

Walter.

En el paquete venían dos aguafuertes de Ricardo Baroja, bien bonitos y sombríos, aunque me temo que de tirada pirata, una caja de bombones belgas con una tarjeta en la que se había tomado la molestia de especificar PARA CORINA y una botella de ron jamaicano con otra tarjeta en la que especificaba PARA JACOB. Unos bombones para una diabética, en fin, y una botella de ron para un abstemio. Aquello tenía una solución fácil, aunque les confieso que me molestó el trasfondo del error: no haberse percatado siquiera de nuestros problemas y costumbres más evidentes, atareado como andaba en fingir su moribundez, que sólo con su aspecto ya fingía de sobra. Pero tampoco pretendo hacer de eso un drama familiar. Todos miramos a casi todos los demás de refilón, como sombras con las que compartimos la caverna, sin más complicidades ni ahondamientos que los que impongan las circunstancias. Y, al fin y al cabo, esos despistes ontológicos -digámoslo así- pueden producirse incluso entre personas que llevan la vida juntas. (Sin ir más lejos, tía Corina está convencida de que me entusiasma el budín de chocolate y castañas, que me gusta más bien poco y que me resulta además indigesto, y no me atrevo a decírselo para no quitarle la pequeña ilusión de ir a comprármelo cuando quiere tener un detalle conmigo.)

«Mira lo que nos ha mandado el primo Walter», le dije a tía Corina cuando volvió de hacer unas compras. «Estupendo. No se conformó con robarnos y ahora quiere envenenarnos. Qué despilfarro de criatura», y cambiamos las tarjetas de los regalos, y los bombones resultaron ser excelentes, y a otra cosa.

«La mujer partió, con el corazón ilusionado, hacia tierras muy lejanas, donde su vida no tuviese pasado ni el futuro fuese más que el instante venidero, para dejar que su corazón se meciera al ritmo de la brisa bajo la sombra de las parras griegas», declamó tía Corina con voz teatralizada. «¿De quién es?» Y le dije que ni idea. «Sería un milagro que lo supieses. Es de Sally Osmond, una novelista irlandesa a la que nadie lee hoy, salvo yo, que practico la filantropía literaria. Es tan cursi, que hasta llega a parecer una bruta.» Pero esa vez la adivinanza bibliográfica no se quedó ahí. «El caso es que Louis me ha invitado por milésima vez a pasar una temporada en Kalámata, para dejar que mi corazón se meza bajo la sombra de una parra griega, y le he prometido que me voy para allá la semana que viene.» Me quedé confuso. «¿Una temporada larga?» Se encogió de hombros. «Dejémoslo en una temporada, que es un concepto extensible a voluntad.»

Y, a la semana siguiente, tía Corina se fue.

Su partida me descolocó, me dolió y me dejó desconsolado, por ese orden, y vagaba yo por la casa como un preso en su celda, hablando solo, dándome argumentos para el victimismo, porque los sentimientos afectivos contrariados se aferran siempre a una misma paradoja: «Eres un egoísta porque te preocupas más de ti mismo que de mí», y yo alimentaba ese extravío como se alimenta a un monstruo, y el monstruo rugía dentro de mi razón. Ni siquiera me apetecía demasiado ver a Marta, y mis encuentros con ella eran fríos y más bien de trámite, y notaba que le dolía aquel despego.