Una tarde me dijo que se iba a Santander a pasar una semana con una hermana suya que está casada también con un joyero, así que me sentí doblemente solo, lo que me vino bien para algunas cosas y mal para otras, como suele ocurrir.
En esas, se dejó caer por casa un par de veces Lolo Letaud, empeñado en aliviarme el abandono con su nueva fantasía: una novela sobre unos sabios de la corte andalusí de Almanzor que construyen una máquina del tiempo y que viajan al futuro para piratear inventos y para alterar el presente.
Y poco más.
A su regreso, Marta me trajo de regalo un pisacorbatas de oro y marfil, digno de un dandy. Y seguimos viéndonos a diario, ya digo, alimentando nuestra relación inocente, sin que ninguno de los dos se decida a ir más allá, tal vez por desconfianza ante el futuro, que es siempre un cara o cruz. «¿Sabes lo que te digo? Que yo no creo mucho en esa gente que dice que adivina el futuro con una baraja de cartas.» Y le aseguro -qué más da- que yo tampoco. «Eso iría contra la lógica del tiempo y contra Dios», y le digo que sí. Y paseamos un poco.
Y quedamos para el día siguiente. Y nos despedimos, sin grandes inquietudes. Porque los enamorados jóvenes salen de caza como los leopardos, y se desloman para conseguir una presa. Los viejos, en cambio, somos como los camaleones: sacamos la lengua cuando se nos posa cerca un insecto y lo devoramos con ojos melancólicos. Y a otra cosa.
«Tras jornadas penosas en la Cólquide, regresó la doncella al hogar con pies cansados y con los ojos repletos de las maravillas infinitas del mundo… ¿De quién es?», oí nada más entrar en casa. «No me digas que no lo sabes, porque es muy fácil.»
Después de pasarse poco más de un mes en Kalámata, volvió sin aviso tía Corina, con muy buen color y con el ánimo puesto a punto. «Aquello no es para mí. Resulta que bajo las parras griegas el corazón se mece igual que en todas partes. Ay, nos gusta pensar que la intensidad de la vida está siempre en otro sitio, pero la vida está siempre donde tiene que estar. Y mi vida está aquí.» Y me alegré mucho de que así fuera.
Creo que estarán de acuerdo conmigo en que, a partir de cierta edad, el tiempo se revaloriza y acorta su necesidad de tiempo, y no sé si me explico. (Creo que no…) Dicho de otro modo: tía Corina me había dado un plazo suficiente para que tomase yo algún tipo de decisión con respecto a mi relación con Marta sin sufrir interferencias, porque si a una persona adulta no le basta un mes para tomar una decisión fundamental, caben al menos dos hipótesis: que la decisión no es tan fundamental como parece o que la persona adulta es el mismísimo Peter Pan. Y yo no había tomado otra decisión que la de dejarme llevar por la marea, a la espera de que mis sentimientos resolvieran su conflicto por sí solos, a pesar de que los sentimientos resultan poco fiables como guía, por ser como las veletas.
Después de todo, lo primordial estaba claro: vayamos a donde vayamos y con quien vayamos, tía Corina y yo iremos juntos. Si hay que dejar a gente por el camino, mala suerte. (Mala tal vez para nosotros, pero se trata, al fin y al cabo, de nuestra suerte.) Sé que a tía Corina le preocupa mucho lo que habrá de ser de mí cuando ella falte. Me trata todavía como se trata a un niño, el niño de ojos asombrados que escucha cuentos de reyes mitológicos y de alquimistas medievales. Pero el niño ha envejecido y tanto ella como yo podemos estar ya a un paso de la muerte.
Un par de días después de su regreso, tía Corina me propuso que le presentara a Marta, lo que en cierto modo suponía una violación de nuestro pacto tácito de silencio sobre esas cuestiones, y en La Rosa de California nos reunimos los tres.
«Es una mujer guapa y, a su modo, muy discreta. Y debe de andar bien de dinero, ¿no?», me comentó tía Corina cuando volví a casa, después de acompañar a Marta a la suya. «Si la cosa prospera, quiero que te quede claro quién va a ser la madrina.»
Y con eso estaba todo dicho, porque las cosas pueden decirse de muchas maneras.
El problema de narrar acontecimientos en tiempo real es que las previsiones pueden tomar un rumbo imprevisto.
Y mis previsiones han tomado un rumbo de esos, y en forma de fantasma: el de mi padre. (Como en Hamlet.)
Ayer por la tarde estaba yo ordenando facturas y papeles. Lolo Letaud me había anunciado su visita, porque era su cumpleaños, y prometió traer una tableta de turrón de chocolate a la esencia de romero para celebrarlo a lo grande entre los dos, pues anda él también muy sensible a los encantamientos de la golosina parda, que debe de darle impulso para la puesta en pie de sus utopías, como en su tiempo se lo dio al caballero Goethe para las suyas, según se cuenta.
Había pensado regalarle a Lolo el báculo del mago Tamiro (o tal vez Temuro), y sobre la mesa lo tenía yo, igual que en su día los faraones. Como no hace falta decir, sabía que, aparte del turrón, Lolo traería bajo el brazo su nueva novela, y aquello era la parte amarga de la efeméride, pues vanamente confiamos en que el prójimo se eche a la calle sin sus obsesiones.
Tía Corina había quedado con las viudas, con las que ahora sale mucho, pues se ve que los jueves se les quedan cortos. Una de ellas colgaba un par de cuadros en una exposición dedicada a mostrar los logros de los alumnos de un taller de pintura para adultos, y allá se fueron, a celebrarlo, porque incluso unas dalias al óleo o un paisaje con lago son pretextos legítimos para agarrarse a la cola de la vida. «Volveré pronto», y le rogué que fuese así, porque aún anda tocada del golpe último, y la salud no siempre tiene billete de vuelta.
A eso de las seis y media o siete, sonó el timbre y me dispuse a saborear el turrón de chocolate a la esencia de romero y a convertirme en oyente atónito de la nueva novela de Lolo Letaud, que ya debe de andar por el centenar de páginas, pues de momento nadie le ha pisado -que sepamos al menos- la ocurrencia. Pero, cuando acerqué el ojo a la mirilla, me di cuenta de que la novela era otra.
«Escucha, güey Dale un abrazo de empatía a tu compadre.» Y Sam me abrazó. «Este es Pancho Mendoza. El hermano Panchito», y Panchito, que llevaba un maletín, pretendió abrazarme también, aunque le di esquinazo, porque creo que los afectos deben someterse a patrones lógicos. «Traigo buenas noticias, cuate», y quedé a la espera. «Ya tengo casi a punto mi Prisma Teológico.»
Sam entró en casa como si fuese la suya, y detrás de él entró Panchito, que miraba todo como si le pusiera precio, lo que hablaba a las claras de su forma de ganarse el pan. «Qué de recuerdos, compadre.» Y nos sentamos.
Al instante volvió a sonar el timbre. A través de la mirilla vi una versión convexa de Lolo Letaud, con el turrón en una mano y con una carpeta en la otra. Abrí la puerta y salí al descansillo. «Hoy no va a poder ser. Me han venido unos inspectores de Hacienda», y aquello resultó ser mano de santo, pues se fue sin más trámite que el de apiadarse de nosotros.
«Creo que me debes bastantes explicaciones, Sam», y asintió con gesto dócil. «Ya lo sé, cuate. Por eso estoy aquí. Me remordía la conciencia.» Interpreté aquello como un mal síntoma, pues no casa con el mexicano el remordimiento, que es un sentimiento más propio del resto del mundo que de él. «¿Por dónde empezamos, güey?» Se frotó las manos y las mejillas. «Mira, compadre. A Panchito pongo por testigo. Voy a contarte la verdad.»
Y la verdad se supone que era lo que me apresuro a narrarles…
Según Sam, el causante de todo el embrollo en que nos habíamos visto envueltos había sido mi padre, y me quedé como acaban de quedarse ustedes, pues si bien es verdad que los difuntos -como suponía el santo de Hipona- no se van nunca del todo, también lo es que su reino no es en rigor el presente, porque era ya lo que faltaba. Ante mi gesto, que no sé con exactitud qué logró expresar, Sam insistió: «Te hablo en serio. Tu viejo era un chingón único, güey». Se supone que, poco antes de caer postrado, mi padre procuró dar varios golpes estelares, aunque ni a tía Corina ni a mí nos consta que hiciera nada especial en aquella época, ya que andaba abatido por tener que despedirse de un mundo que era para él una especie de parque de atracciones, con sus castillos de pólvora y sus tómbolas imprevisibles. Viajaba, sí, y andaba de humor crispado, y apenas comía, y hablaba mucho por teléfono cuando paraba en casa, pero lo atribuíamos al desasosiego propio de quien sabe que va a irse muy lejos sin maleta alguna, a no ser la del alma inmortal, en el caso de que se verifique la conveniencia del adjetivo.