– ¿Alma?
– No, carencia absoluta, creo. No más que la mayoría, vamos. Me pareció de lo más frívola.
– ¿Cuitas?
– Bueno, conseguí sonsacarle que su padre había muerto, pero cuando le pregunté si había sido un suicidio todos pretendieron sentirse exageradamente epatados y me hicieron callar. Le estuvo haciendo zalemas a mi madre como una perra en celo que, por supuesto, puede significar que la suya la zurraba mucho de niña.
– Sí, o tan sólo que quería darle jabón.
– De todas formas, ya sabrá lo que es la C.
– ¿Cómo?
– Saliendo con mi hermano.
– ¿Crees que ya se la ha tirado?
– Ella se sentó a su lado en el sofá.
– ¿Marcas de carmín en el cuello? ¿Cabellos en la americana? ¿Intercambio de miradas?
– Todo negativo. No teníamos la tele puesta, por desgracia. Intenté convencerlos de ver Wells Fargo, pero a nadie le apetecía.
Toni y yo habíamos ideado una infalible prueba televisiva. Nadie puede contemplar un beso -al menos un beso prolongado, untuoso y penetrante- sin demostrar, de alguna forma, lo que siente. No era una observación que pudiera hacerse directamente, pero sentándose cerca de la tele para ver los reflejos en la pantalla, por lo general, podías descubrir reacciones bastante torpes: mi hermano cruzaba las piernas, mi madre se ponía a contar puntos de ganchillo afanosamente. Si se quería mejorar el enfoque, había que confiar en ardides más peligrosos, como levantarse repentinamente a buscar un zumo de naranja, o acercarse a la mesa para coger el Telesemana. Luego, volviéndose súbitamente, era posible descubrir la palpitante nostalgia (de mi padre), el turbador hastío (de mi madre), el interés técnico (de Nigel), o la quejumbrosa perplejidad (de Mary). Los invitados, si los había, eran igualmente transparentes, a pesar de la obligada formalidad de las circunstancias.
– ¿Tetas?
La última parte de la tríada. Aquella a la que dedicábamos toda nuestra mundana capacidad de percepción.
– Ni rastro. Si acaso -y estoy siendo generoso- un par de verruguitas.
– Ah.
Toni desarrugó el ceño, satisfecho y aliviado. Después de todo, no se había perdido nada.
12. ¡Duro y abajo!
Toni y yo pasábamos mucho tiempo aburriéndonos juntos. No aburriéndonos el uno al otro, por supuesto (estábamos en esa edad irrecuperable en que los amigos pueden ser odiosos, pesados, desleales, estúpidos o tacaños, pero nunca aburridos). Los adultos eran aburridos, con su racionalidad, su deferencia, su negarse a castigarte tan severamente como sabías que te merecías. Los adultos eran útiles porque eran aburridos: constituían verdadera materia prima, sus reacciones eran predecibles. Podían ser sentimentales y bonachones, o avinagrados y malignos, pero siempre predecibles. Te hacían confiar de antemano en la entereza de carácter.
– ¿Qué te gustaría ser hoy? -nos preguntábamos a menudo Toni y yo.
Esto era una negación directa del estatus de adulto. Los adultos siempre eran ellos mismos. Nosotros, a fuerza de oírlo decir, todavía no habíamos crecido, aún no estábamos formados. Nadie sabía qué «llegaríamos a ser». Podíamos, al menos, intentar unas cuantas demostraciones por nuestra cuenta.
– ¿En qué vas a cuajar?
– ¿En jalea?
– ¿En luz?
– ¿En cadete de Sandhurst?
Todavía no nos habíamos convertido en nada. Ser proteínas era nuestra única forma de consistencia. Todo tenía justificación. Todo era posible.
– ¿En qué podemos convertirnos hoy?
– ¿Por qué no somos hinchas del equipo de rugby?
Era una idea seductora. Siempre estábamos buscando en nuestro interior distintas facetas de la personalidad, y por eso era divertido probar algo que nos resultara del todo ajeno. El director procuraba, continuamente, convencer a los niños para que perdieran su valiosa tarde del sábado yendo a apoyar al equipo de rugby. Especialmente en partidos que se disputaban en campo contrario, cuando la presión de siete u ocho padres del equipo local aullando por el triunfo de los suyos, más la desorientación que suponía el viaje en tren a un terreno desconocido, era más que suficiente para hundir la moral de nuestro inseguro equipo. En esta ocasión, Toni y yo nos dirigimos a presenciar el partido entre nuestro colegio y Merchant Taylors, cuyo campo estaba apenas a diez minutos en bici de Eastwick.
– ¿Cómo vamos a portarnos? -pregunté-. ¿Limpiamente o haciéndonos los listos?
– Vale más no pasarnos de listos por si Telford nos acusa.
– Cierto.
– Limpiamente, pero sin exagerar.
– No te preocupes.
Telford era el animal que dirigía el equipo; un tirano con gabardina de gángster, que conducía la furgoneta Singer Vogue cuando se jugaba lejos, y cuyos incansables alaridos: «¡Los pies, los pieeeees!» cruzarían el campo de juego, endurecido por la escarcha, de un extremo a otro. -Habrá que ponerse lejos de ese acusica.
– Sí. Creo que será mejor que nos portemos con toda lealtad al principio, exagerando el entusiasmo, corriendo de un lado a otro del campo, agitando pañuelos y gritando los resultados por si se les olvidan. Luego, cuando comiencen a perder, continuamos exactamente igual. De este modo, poco a poco, se convertirá en pitorreo, pero el acusica no podrá implicarnos.
Parecía un plan infalible. Nos colocamos en la línea de fondo donde había menos gente y empezamos a aullar y dar vivas, mientras nuestro equipo, incapaz de hacer un placaje, jugaba torpemente, perdía balones, se ponía fuera de juego, pasaba la pelota hacia adelante a unos centímetros de la línea de avance y, al mismo tiempo, empujaba la melé en dirección contraria.
– Mala suerte, muchachos.
¡No los dejéis pasar!
¡Duro y abajo, tíos, duro y abajo!
– ¡Al ataque, al ataque! ¡Adelante, adelante! ¡Pies, pies! ¡Oooooh, mala suerte! ¡Venga, ahora es la vuestra!
– Sólo os ganan por treinta puntos. ¡Ya os desquitaréis en el segundo tiempo!
– ¡A por todas! ¡A muerte!
Este último era el más ruin de todos los gritos. Cada vez que la pelota salía disparada por los aires y una débil tentativa desde el medio campo pretendía querer recogerla al rebote cuando, en realidad, lo que hacía era vigilar con recelo al pelotón de delanteros enemigos que venía avanzando, nos desgañitábamos más. Si el jugador no se lanzaba sobre la pelota era manifiestamente un cobarde. Si la recogía y chutaba al instante, antes de que el enemigo cargara sobre él, seguía siendo manifiestamente un cobarde. Si se lanzaba sobre ella tenía todos los números para que, con las técnicas primitivas de las melés que se aprendían en el colegio, lo dejaran cumplidamente lisiado. Lo mejor de todo era conseguir que se tirara al suelo demasiado pronto, contemplar cómo lo pisoteaban bien y ver cómo el árbitro señalaba falta porque no había soltado la pelota al tirarse.
A medida que transcurría el partido, mientras el viento a favor hacía que todos los pases del equipo del colegio resultaran excesivamente largos, el enemigo duplicó con facilidad su ventaja. Toni y yo pensamos que era una pena no tener a nadie del calibre de Camus o Henri en nuestras filas. Poco a poco nos dimos cuenta de que nuestro equipo empezaba a jugar en el otro lado del campo. Sus puntapiés se dirigían invariablemente donde no debían y lo mismo sucedía con los pases. En un momento dado, durante una de las escasas acciones a ciegas que sucedieron cerca de donde nosotros estábamos, el que sacaba de banda (N.J. Fischer, persona poco cultivada) decidió ignorar una clara oportunidad para chutar, y pateó la pelota desde muy cerca, contra nosotros. El balón pasó entre los dos, a una altura que podría haber sido nuestra perdición, para caer treinta metros más allá. Ni Toni ni yo nos ofrecimos para recoger el balón. Lo que hicimos fue quedarnos allí, a cinco metros de la alineación jadeante, ofreciéndoles contundentes y sesudos consejos.