Recorrí con la mirada los reconfortantes estereotipos visuales del lugar: en un marco, la ley contra la embriaguez pública; la barra de acero inoxidable; la carta que ofrecía la austera elección entre sandwichy croque; la pared de los espejos deformantes; el árbol asesinado convertido en sombrerero oculto detrás de la puerta; las polvorientas flores de plástico encima de una repisa alta. Esta vez, empero, mi vista tropezó de pronto con:
– ¡Mountolive!
Allí estaba, sobre la silla de mimbre de plástico de la mesa de al lado. La edición de Livre de Poche, con el punto lo bastante adelantado como para indicar, por lo menos, tenacidad y, probablemente, entusiasmo.
Ella se volvió al oírme. Yo pensé inmediatamente: «Dios, esto no lo hago con frecuencia», y mis ojos se desenfocaron, como si se disociaran por sí solos de mi voz. Tenía que decir algo.
– ¿Estás leyendo Mountolive? -logré exclamar en el patois local, y, el esfuerzo de esta modesta actividad mental, persuadió a mi vista para que volviera a su estado normal. Ella era…
– Como puedes ver.
(Rápido, rápido, piensa algo.)
– ¿Has leído los otros?
Era más bien morena y…
– He leído los dos primeros. Naturalmente aún no he leído Clea.
Claro que no, qué pregunta más estúpida. Su piel era algo amarillenta, pero sin tacha; por supuesto esto es normal, sólo las pieles muy pálidas…
– Oh, naturalmente. ¿Te gusta?
¿Por qué seguía preguntando estupideces tan obvias? Claro que le gustaba. Si no, no se hubiera leído dos libros y medio. Por qué no le explicaba que yo lo había leído, que adoraba El Cuarteto de Alejandría, que leía todo lo de Durrell que caía en mis manos, que incluso conocía a alguien que escribía poemas al estilo de Pursewarden.
– Sí, mucho, aunque no entiendo por qué el estilo de este es mucho más simple y convencional que el de los otros dos.
Iba vestida de gris y negro, aunque eso no la desfavorecía en absoluto, no, era elegante, los colores no se destacaban tanto como el conjunto…
– Estoy de acuerdo. Quiero decir que yo tampoco lo sé. Si quieres otro café, me llamo Christopher Lloyd.
¿Qué dirá? ¿Lleva anillo de compromiso? ¿Importa si dice que no? ¿Merci quiere decir sí gracias o no gracias? Mierda, no me acuerdo.
– Sí.
Ah. Un respiro, por fin. Un minuto o dos en la barra. No, no corras, Gaspard, o como te llames, sirve antes a todos los demás. Eh, seguro que hay un montón de gente en la terraza que necesita ser atendida antes que yo. No, la verdad, pensándolo bien, es mejor que me sirvas ahora, ella podría creer que soy de esas personas tan educadas que nunca consiguen una copa en los intermedios del teatro. Pero qué tomar, mejor que no pida lo mismo, son sólo las cinco y media. No puedo pasarme a licores más fuertes o va a pensar que soy un clocharden potencia, qué tal una cerveza, la verdad no me apetece, oh, bien, espero no parecer demasiado serviclass="underline"
– Deux express, s'il vous plaît.
Mientras volvía con los cafés, me concentré en tratar de no derramarlos. A la vez, me concentré en no parecer concentrado. De acuerdo, ella estaba de espaldas a la barra, pero podía haber un espejo disimulado a su alcance; y, en cualquier caso, hay que tener estilo desde el principio: distante sin ser burgués, despreocupado pero sin pasarse. Uno de los cafés se derramó. Rápido, qué hago: ¿se lo doy a ella en nombre de la igualdad de sexos y veo cómo se lo toma, o me lo quedo yo en nombre de la caballerosidad y me arriesgo a que todo se venga abajo? Inmerso en estos malabarismos mentales me las arreglé para derramar el otro café.
– Perdón, estaban demasiado llenos.
– Es igual.
– ¿Azúcar?
– No, gracias. ¿No tomas lo mismo que antes?
– Hum, no. No quería que pensaras que soy un clo-clo.
Ella sonrió. Hasta yo sonreí. No hay nada como el argot para limar asperezas iniciales. Demuestra: (a) sentido del humor, (b) vivo interés por la adecuada jerga extranjera, (c) conocimiento de que una intimidad verbal amistosa puede lograrse con un inglés y que no va a ser necesario hablar con palabras altisonantes el resto del tiempo, sobre las Características Nacionales y le chapeau melon.
Charlamos, sonreímos, nos bebimos el café, lo pasamos medianamente bien juntos e hicimos algunos tanteos. Sugerí lo interesante que sería echarle una mirada a la traducción del Cuarteto para demostrar mi sutileza. Me preguntó cuánto tiempo me llevaría mi investigación en París y yo pensé «todavía no estamos casados, querida». Preguntas que no significan nada o significan mucho más de lo que parece. Estaba demasiado nervioso para saber si me gustaba de verdad o no; el aplomo y el nerviosismo se sucedían alternativamente, sin seguir un esquema racional. Por ejemplo, fue una chapucería preguntarle cómo se llamaba: la pregunta salió disparada, como si escupiese un trozo de comida, en un momento de la conversación que exigía una pregunta sobre la reputación de Graham Greene en Francia. En cambio el cuándo-podemos-volver-a-vernos me salió bastante bien, para decirlo con honestidad, evité tanto ser hauteurcomo, lo más probable y peligroso, rebajarme a mí mismo.
Conocí a Annick un martes, y quedamos en vernos en el mismo bar el viernes siguiente. Si ella no estaba allí (había algún problema que tenía que ver con un primo o una prima suyos; ¿por qué siempre tienen primos los franceses? Los ingleses no tienen tantos), yo le telefonearía al número que me había dado. Consideré no presentarme a la cita pero decidí finalmente que hablara el corazón, y me presenté como si tal cosa. Después de todo me había pasado tres días preguntándome cómo sería eso de estar casado con ella.
Lo cierto es que había pensado tanto en Annick que no podía recordar su rostro. Fue como ir poniendo capa tras capa de papier maché sobre un objeto y ver, gradualmente, cómo desaparece la forma original. Sólo faltaba que no fuera capaz de reconocer a la mujer con quien llevaba tres días casado. Un estudiante amigo mío, que compartía fantasías y nervios similares, ideó una vez un buen truco para superar esta dificultad: tenía unas gafas expresamente rotas para jugar con ellas, con mucha ostentación, mientras esperaba a la chica. Siempre funcionaba, decía él; y además, cuando más tarde confesaba la estratagema, lograba indefectiblemente una afectuosa reacción por parte de la chica. No hay que admitirlo demasiado pronto, por supuesto. Uno no debe comportarse, me dijo, con debilidad e incompetencia, siempre hay momentos mucho más seguros después, cuando necesitas mostrar dicha debilidad como una característica muy humana.
Sin embargo, como tenía la vista perfecta, no me era demasiado fácil utilizar este truco. Tenía que llegar allí temprano y recurrir a la pretensión de estar-absolutamente-absorto-en-el-libro. El día de nuestra cita, por la tarde, temblaba, dos de mis mejores uñas estaban hechas polvo y mi vejiga se había estado llenando todo el día con la misma velocidad que la cisterna de un wáter. Mi pelo estaba bien; tras muchas deliberaciones, decidí lo que me iba a poner; me cambié los calzoncillos (otra vez) después de una reinspección de última hora, y escogí el libro con el cual quería que me descubriera: los Contes Cruels de Villiers de l'Isle-Adam. Ya lo había leído, de modo que estaría bien preparado en caso de que resultara que ella también.