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Todo esto puede sonar cínico y calculador, pero no me haría justicia. Se debía, como me gustaba pensar (quizá todavía lo pienso), al normal deseo de agradar. Era más una cuestión de cómo imaginaba que a ella le gustaría que yo apareciese, que de cómo me gustaría a mí aparecer ante ella.

– ¡Salut!

Di un respingo y aparté a Villiers. La sacudida y la emoción hicieron que mis ojos perdieran el enfoque. Eso solucionó el problema de reconocerla o no.

– ¡Oh, hum, salut!

Comencé a levantarme cuando ella empezaba a sentarse. Ambos nos quedamos inmovilizados, nos reímos y acabamos por sentarnos. De manera que ella era así. Sí, un poco más delgada de lo que recordaba y (cuando se quitó el impermeable) hum, sí, em, muy bien, no eran enormes pero eran… bueno, ¿reales? Sólo quedaban Alma y Cuitas. Tenía el pelo castaño oscuro, con raya al centro y le llegaba liso hasta los hombros, donde se curvaba hacia arriba. Los ojos eran bonitos, marrones y, supongo, de tamaño y forma normales, pero muy vivos. La nariz funcional. Gesticulaba muchísimo mientras hablábamos. Creo que lo que más me gustaba de ella eran las partes que se movían, sus manos, sus ojos. Cuando hablaba la mirabas tanto como la escuchabas.

Charlamos de las cosas más obvias: mi tesis, su trabajo en un archivo fotográfico, Durrell, cine, París. Es lo que se hace normalmente, a pesar de esas fantasías sobre lazos instantáneos de las mentes, el descubrimiento gozoso de asunciones compartidas. Estábamos de acuerdo en la ma¬yoría de las cosas; teníamos que estarlo, dada mi ansia co¬barde de quedar bien. No quiero decir que asintiera a todo lo que Annick decía; por ejemplo, no dejé de demostrar cierto desacuerdo con el sentido de humor de Bergman (sosteniendo gallardamente que carecía de él). Pero había decoro natural en nuestras investigaciones; lo único im¬portante que asumíamos ambos es que no íbamos a dis¬gustarnos el uno al otro.Después de un par de copas, se nos ocurrió ir al cine. En última instancia no se puede estar hablando eternamente y lo mejor es ofrecer, lo antes posible, una pequeña experiencia compartida. Nos decidimos pronto por la última de Bresson, Au Hasard, Balthazar. Con Bresson sabe uno dónde está (o al menos dónde se supone que está). Asperas, con una mentalidad independiente y rodadas en un blanco y negro intelectual; eso era lo que se decía de sus películas.

El cine estaba cerca, era de los que hacían descuento a los estudiantes incluso en la sesión de noche y había bastante gente con aspecto enrollado mirando los fotogramas que había afuera. Pasaron la habitual tanda de nefastos y grotescos comerciales, representando animales de especies imposibles de identificar. Durante mi anuncio favorito, el de la matrona que exige con voz estridente Demandez Nuts, me vi obligado a ahogar mi acostumbrada, despectiva, afectada y anglosajona risita. Ponderé la posibilidad de comparar los anuncios franceses con los ingleses, pero no di con una frase redonda, de modo que no me molesté en esperarla. Esa era otra de las ventajas que suponía ir al cine.

Al salir, dejé pasar el minuto de costumbre para superar la primera reacción de demasiado-impresionados-para-hablar, y luego:

– ¿Qué te ha parecido? -(Es lo primero que se dice).

– Muy triste. Y muy auténtica. La mar de…

– ¿Integra?

– Sí, eso es, íntegra. Honesta. Pero también con una gran dosis de humor. Un humor triste.

La integridad no puede fallar. Es una cosa digna de admiración. Bresson era tan íntegro que en una ocasión, cuando intentaba filmar el silencio de cierto bosque lúgubre, mandó por delante hombres armados con escopetas para matar a los pájaros, cuyo regocijo desentonaba en ese escenario. Le conté la anécdota a Annick y estuvimos de acuerdo en no saber cómo juzgarla. ¿Lo hizo porque pensó que era imposible simular un bosque sin pájaros con una cinta virgen por banda sonora? ¿O por un profundo y puritano sentido de la honestidad?

– Quizá no le gustan los pájaros -dije en plan de chiste, después de repetirme la frase mentalmente para poder soltarla como si tal cosa.

En este punto de una relación, cada risa vale el doble, cada sonrisa es una razón para felicitarse uno mismo.

Flaneamos (en el más amplio sentido del término) hasta un bar, nos tomamos un par de copas rápidas y la acompañé a la parada del autobús. Charlamos bastante rato y, durante los permitidos instantes de silencio, estuve dándole vueltas a cuestiones de etiqueta. Conseguimos traspasar la barrera del vous/tu casi sin notarlo, aunque era más una asunción de las convenciones entre estudiantes que otra cosa. Pero -me preguntaba- ¿y el primer beso? Y en todo caso, ¿podía llegar tan pronto? No tenía ni idea de las costumbres francesas, aunque sabía que no debía hacer preguntas: baiser, después de todo, también significa follar. Estaba totalmente despistado respecto a lo permitido o esperado. Toni y yo solíamos recitar:

Un beso a la vez primera,

puede ser tu perdición.

Un beso a la segunda,

no hay miedo de que no te cunda.

¡Pero un beso a la tercera…

sólo un subnormal espera!

Pero esto lo escribimos con la suficiencia que da la inexperiencia y, de todos modos, no debía tener validez más allá de nuestro país. Más tarde, me atuve, como es natural, a las costumbres locales. Aprovechar la asiduidad del apretón de manos. Dale tu manaza, aprieta la de ella más tiempo del necesario y entonces, con lentitud pero con una fuerza sensual irresistible, atráela gradualmente hacia ti, mirándola a los ojos como si te acabasen de regalar la primera edición secuestrada de Madame Bovary. Buena idea.

Llegó su autobús y adelanté una mano indecisa. Ella la asió con rapidez, me rozó la mejilla con los labios antes de que pudiese reaccionar, se liberó de mi flojo apretón, sacó el pase del autobús, gritó A bientôt y desapareció.

¡La había besado! ¡Eh, había besado a una francesa! ¡Yo le gustaba! Y, por si fuera poco, ni siquiera había tenido que pasarme semanas rondándola antes de saber algo de ella.

Me quedé mirando el autobús hasta que se marchó. Si hubiese sido uno de los antiguos, Annick se habría quedado de pie sobre la plataforma abierta, con una mano agarrada a la barandilla y la otra levantada, pálidamente iluminada por una farola solitaria haciendo un leve ademán de despedida. Podría haber sido una emigrante desbordada por las lágrimas en la popa de un barco a punto de zarpar. En realidad, las puertas neumáticas se cerraron tras ella con el ruido sordo de las gomas, y dejé de verla mientras el autobús rezongaba y se sacudía alejándose.

Anduve hasta el Palais Royal impresionado conmigo mismo. Me senté en un banco del patio y aspiré el aire cálido de la noche. Sentía que, de repente, todas las cosas encajaban. El pasado había quedado atrás. Yo era el presente, el arte estaba aquí, y la historia, y ahora la promesa de algo muy parecido al amor o al sexo. Cerca de aquí, en esa esquina, trabajó Moliere, al otro lado Cocteau, más allá Colette. Allí Blücher perdió seis millones jugando a la ruleta y se pasó el resto de su vida montando en cólera cada vez que oía la palabra París. Allí se abrió el primer café mécanique y allí, un poco más lejos, en una pequeña ferretería de la Galerie de Valois, Charlotte Corday compró el cuchillo con el que asesinó a Marat. Y aunándolo todo, digiriéndolo, haciéndolo mío, estaba yo, fundiendo todo el arte y la historia con lo que pronto, con suerte, llamaría la vida. La frase de Gautier que Toni y yo citábamos en el colegio me rondaba por la cabeza: Tout passe me susurraba. Quizá, me contestaba, pero no hasta dentro de una buena temporada. No, si yo puedo evitarlo.