Pórtate mal y mete uno a mi salud.
Un abrazo,
Toni
Era el tipo de carta que sólo lees a medias, te hace sonreír y la dejas por ahí. Tiene sentido, en parte, aconsejar a los que carecen totalmente de experiencia, pero dar consejos a aquellos para quienes la vida se ha vuelto muy amarga o desmesuradamente dulce, es malgastar sellos. Además, Toni y yo comenzábamos a distanciarnos. Los enemigos que nos proporcionaron una causa común ya no existían. Nuestros entusiasmos adultos iban a ser menos afines que nuestros odios adolescentes.
Así pues, el único consejo que aceptaba entonces era:
– No, así no.
– Perdón, ¿así?
– Casi…
– Será un milagro acertar…
– Así está mejor.
– Ah, ya veo…
– Mmmm.
Y al cabo de un rato, era yo quien soltaba los mmmms y aaahhhhs. La práctica, como empecé a descubrir, era realmente distinta de la teoría. En el colegio, por supuesto, habíamos leído todo lo necesario. Estudiábamos El amante de Lady Chatterley durante horas y soñábamos con dos tetas colgando sobre nuestras cabezas mientras oíamos campanas celestiales bajo un arco iris. Devoramos los grandes clásicos de la literatura hindú (y, como resultado, nos tomamos más en serio durante unos meses la Educación Física, con una jadeante sensación de expectativa). Nos hacíamos preguntas, medio asustados, sobre ungüentos.
No puedo decir que los textos que estudiamos nos hicieran daño alguno. Todo lo que les reprocho son sus implicaciones equívocas sobre el funcionamiento y distribución de músculos y tendones. La primera vez que intenté con Annick algo remotamente exploratorio (no es que lo deseara con particular anhelo, pero pensé que si no lo hacía, ella iba a creer que yo carecía de un ritmo natural propio), me llevé un gran susto. Habíamos empezado de la forma que yo habría llamado, desdeñosamente, la postura del misionero (hoy considero que los misioneros se la sabían larga) y decidí colocarme, como si nada y espontáneamente, a horcajadas sobre ella y de rodillas. Levanté la pierna derecha sobre la pierna izquierda de Annick, y la doblé al tiempo que le sonreía. Luego intenté mover la pierna izquierda. Ya la tenía encima de su pierna derecha, cuando el movimiento me propulsó hacia adelante y mi cabeza aterrizó de lleno sobre su oreja derecha. Annick se retorció para escapar a mi involuntario cabezazo. Sentí como si la ingle se me desgarrara en el lado izquierdo y la polla me quedó atrapada y como a punto de partirse en dos. La pierna derecha se me quedó inmovilizada en una posición insostenible, mis ojos, nariz y boca, fuera de juego hundidos en la almohada, y mis brazos sólo eran capaces de empujar en direcciones inútiles.
– Perdona, ¿te he hecho daño? -musité al girar la cabeza (ay, otra vez) y conseguir un poco de aire.
– Casi me rompes la nariz.
– Perdón.
– ¿Qué querías hacer?
– Intentaba esto… aaaahhhh.
Me encallé de nuevo, aunque esta vez mi desalentada polla se escurrió hacia afuera, y yo me desplomé hacia un lado con lentitud.
– Ah, ya veo.
Me colocó en posición, se dobló y levantó el cuerpo ligeramente, mientras yo movía las piernas, primero una y luego la otra, y, de repente, lo hicimos. ¡Lo hicimos! ¡Una postura! A horcajadas, ¡funcionaba! El hincha de la carraca estaba encantado. Alirón, alirón.
– ¿Por qué querías hacerlo? -preguntó Annick con una sonrisa cuando me senté sobre ella sonriendo burlonamente. (Oh Dios, quizá no se debía hacer así, ni siquiera con católicas que ya hubieran dado el mal paso.)
Pero no, su sonrisa era de una confusa tolerancia.
– Pensé que podría ser agradable -respondí. Luego añadí con más sinceridad -: Lo había visto en un libro.
Sonrió.
– ¿Y lo fue? -preguntó quitándose el pelo de la cara.
(Bueno, no dolía, pero por otro lado supongo que no había sido para tanto. Las piernas estaban demasiado tensas. Uno se sentía como un culturista en pose, cada centímetro cúbico en tensión a la espera del gesto aprobatorio de los jueces. Y, encima, de pronto caí en la cuenta, era imposible moverse ni un milímetro. Todo el trabajo lo tenía que hacer tu pareja).
– No estoy seguro.
– ¿Decía el libro que era agradable?
– No me acuerdo. Sólo decía que era una de las cosas que se podían hacer. No lo diría si no fuese agradable.
Consideré casi para mí mismo si sería esa una de las posturas que mejoraban con el uso de lubricantes. Entonces, la solemnidad de mi voz fue ya demasiado para Annick. Se echó a reír, yo me eché a reír, mi polla se salió atacada por esos espasmos musculares desconocidos y acabamos fundiéndonos en un abrazo.
Cuando más tarde medité sobre aquel diálogo, comprendí que fue esa cómica sinceridad la que me condujo a reflexiones más graves, esas reflexiones que se muerden la cola. Las noches en que dormía solo me interrogaba a mí mismo, hurgaba en busca de señales o indicios. Me quedaba despierto cavilando sobre el amor y, de mi propia vigilia, deducía el amor.
Con ella era diferente, fácil. Su sinceridad era también contagiosa, aunque sospecho que en mi caso era tanto una función del ánimo como del intelecto. Annick fue la primera persona con quién me relajé de verdad. Previamente -incluso con Toni-, no había sido sincero más que con el propósito de una candorosa rivalidad. Ahora, aunque para el observador externo la impresión fuera la misma en el fondo era distinta.
Descubrí que era sorprendentemente fácil acostumbrarse a esa nueva modalidad, aunque se necesitaba un empujoncito. La tercera noche que pasamos juntos, mientras nos desnudábamos, Annick preguntó:
– ¿Qué hiciste a la mañana siguiente de acostarte conmigo?
Oculté de momento mi confusión por el hecho de estar quitándome los pantalones. Pero como vacilé, ella continuó:
– ¿Y qué sentiste?
Todavía peor si cabe. No podía admitir francamente que sentí una mezcla de gratitud y de presunción, pensé.
– Quería que te fueras para escribir ocurrido -dije cautelosamente.
– ¿Puedo leerlo?
– No, por Dios. Bueno, todavía no. Quizá más adelante.
– De acuerdo. ¿Y qué sentiste?
– Presunción y gratitud. No, alterando el orden. ¿Y tú?
– Me pareció una experiencia divertida acostarme con un inglés, cómoda porque hablabas francés, culpable pensando en lo que diría mi madre, estaba ansiosa por contarles a mis amigas lo que había pasado e… interesada.
Entonces hice algunos comentarios desatinados y torpes, alabando su sinceridad y le pregunté cómo se había entrenado para actuar de ese modo.
– ¿Qué quieres decir con «entrenado»? Eso no se aprende. Dices lo que quieres decir o no. Ya está.
Al principio me pareció que aquello sonaba a más vale algo que nada, pero con el tiempo lo comprendí. La clave de la franqueza de Annick era la inexistencia de una clave. Como la bomba atómica: el secreto es que no hay secreto.
Hasta que conocí a Annick, siempre había tenido la certeza de que el cinismo y el descreimiento en los que yo me movía, más la sumisa confianza en la palabra de cualquier escritor imaginativo, eran las únicas herramientas posibles para la dolorosa extracción de verdades, arrancadas del entorno hipócrita y falaz que nos rodea. La búsqueda de la verdad parecía hasta entonces una postura combativa. Ahora, si no de repente sí al cabo de pocas semanas, me preguntaba si no se trataba de algo más sublime -por encima del supuesto conflicto- y más simple, que se lograba no con esfuerzo sino con una sencilla mirada al fondo de uno mismo.