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No estoy diciendo que una dicotomía semejante se hubiera producido en mí. Pero al cabo de un tiempo advertí con toda claridad que, si bien no decía cosas en las cuales no creyera, al menos decía cosas que no creía haber considerado previamente. Me descubrí más proclive a la generalización y a la etiquetación, a los rótulos y los marbetes, a seccionar y a explicar, a la lucidez… Dios, sí, a la lucidez. Sentía una especie de agitación interior. No era ni soledad (tenía a Annick) ni que echase de menos mi país, era algo que tenía que ver con ser inglés. Parecía como si una parte de mí fuese ligeramente infiel a la otra.

Una tarde, en la época en que era quejumbrosamente consciente de esta resentida metamorfosis, fui a visitar el Museo Gustave Moreau. Es un lugar poco acogedor cerca de la Gare Saint-Lazare que tiene la picardía de cerrar un día más de lo normal a la semana (además de todo el mes de agosto), razón por la cual tiene aún menos visitantes de los que sería de esperar. Uno suele oír hablar de él la tercera vez que visita París y acaba yendo allí la cuarta. Cubierto hasta el techo con cuadros y dibujos. Moreau a su muerte lo donó al Estado, y, desde entonces, se ha conservado a duras penas. Era uno de mis lugares favoritos.

Le enseñé al gardiendel uniforme azul mi carné de estudiante, tal y como había hecho ya otras veces durante esa primavera. Nunca me reconocía, así que tenía que repetir el mismo ritual cada vez. Se sentaba con un cigarrillo en la mano derecha, que ocultaba debajo de su mesa, mientras con la izquierda sujetaba una novela de la Série Noire. Tales son las transgresiones de la jerarquía burocrática. Levantaba la cabeza, veía a un cliente, abría el cajón de arriba con los dos últimos dedos de la mano derecha, depositaba el cigarrillo medio desmenuzado, ovalado y húmedo en el cenicero, cerraba el cajón, apoyaba la Série Noire sobre su estómago, aplanando el libro, si cabe, más todavía; buscaba el rollo de las entradas, murmuraba: «No hay descuento», arrancaba una entrada, me la acercaba de mala gana, cogía mis tres francos, empujaba los cincuenta céntimos de cambio, se apoderaba de mi billete otra vez, lo partía por la mitad, arrojaba una mitad en la papelera y me devolvía la otra. Cuando yo tenía un pie sobre la escalera, el humo ya ascendía por los aires otra vez y había vuelto a poner la novela sobre la mesa.

Al final de las escaleras había una especie de granero enorme de techo altísimo, cuya escasa calefacción consistía en una estufa negra y amplia en el centro que, sin duda, era insuficiente desde los tiempos de Moreau. De las paredes colgaban cuadros ya acabados y otros a medio terminar, muchos de ellos enormes y todos muy complejos, ilustrando esa extraña mezcla de simbolismo público y personal que por entonces encontraba tan seductora. Grandes muebles de madera con cajones muy delgados, como los que albergarían una inmensa colección de mariposas, contenían una gran cantidad de dibujos preliminares. Era posible abrir los cajones y mirar, a través de tu propio reflejo en el cristal protector, una suerte de garabatos y borrones muy tenues y hechos a lápiz, adornados aquí y allá con detalles que más tarde se transformarían en platas y oros: tocados resplandecientes, fajas y petos enjoyados, espadas con empuñaduras incrustadas, y todo ello se convertía en una nueva y bruñida versión de lo antiguo o lo bíblico: adornada con toques eróticos, teñida con la violencia necesaria, coloreada con paleta de un exceso controlado.

– El arte de hacerse pajas, ¿no?

Una voz inglesa, descaradamente alta, que llegaba cruzando los maderos desnudos del suelo del otro lado del estudio. Yo continué examinando un boceto a lápiz y tinta de Los novios. Luego otro, color sepia, realzado con unos toques blancos.

– Es raro. Es realmente surrealista. Qué gusto por las mujeres. Amazonas.

Esta era una voz distinta, también masculina pero más grave, más pausada, más dispuesta a la admiración. Seguí mirando otros cajones de mariposas, pero sin dedicar exclusivamente mi atención a los dibujos. Oía cómo esos palurdos -sus bolsillos todavía repletos de lo que habían comprado en el duty-free shop- hacían crujir el suelo mientras caminaban lentamente hacia el otro lado del estudio.

– Pero es una empanada mental -(la primera voz otra vez) -. Puro juego de muñeca.

– Bueno, no sé -(segunda voz)-. La verdad, tiene muchas cosas que decir. Ese brazo está muy bien.

– No empieces a soltarnos uno de tus rollos estéticos, Dave.

– Es algo autocomplaciente -(tercera voz, de chica, tranquila pero muy aguda)-. Pero juzgamos un poco por la apariencia, ¿no? Deberíamos conocer mejor el contexto, me parece. ¿Será ésta Salomé?

– No sé -(segunda voz)-. ¿Por qué lleva la cabeza sobre una cítara? Creía que se paseaba con ella en una bandeja.

– Licencia poética -(la chica).

– Puede ser -(segunda voz, «Dave», otra vez)-, aunque el fondo no parece Egipto. ¿Y quiénes son esos pastores amariconados?

Ya está bien. Me volví hacia ellos y estallé, en francés, por supuesto. Con tanto nombre abstracto me salió bastante ampuloso y profesional. Hasta donde yo sé, paja es masturbation, y la palabra tiene una riqueza malsonante, siempre útil cuando se pretende cargarla de desprecio. Los volví a llevar ante la supuesta Salomé que, en realidad, es una mujer tracia con la cabeza de Orfeo. Saqué a relucir a Mallarmé, Chassériau -de quien Moreau fue ayudante- y Redon, cuyos insulsos y deslavazados devaneos algunos llaman simbolistas, aunque están tan lejos de Moreau como Burne-Jones de Holman Hunt.

Se produjo un silencio. Los tres, que no eran mayores que yo, se quedaron atónitos. La primera voz, una especie de enano machote con una cazadora de cuero marrón y tejanos gastados, se volvió hacia el segundo, más alto pero de aspecto más débil, vestido a la inglesa (chaqueta de tweed, jersey con cuello en pico, corbata), y le dijo:

– ¿Has entendido algo, Dave?

– Me suena a chino.

Luego, contradiciendo su aparente apacibilidad, me miró, dijo «Verdún» casi a gritos, y se pasó el dedo índice de lado a lado del cuello.

– ¿Entiendes algo, Marion?

Ella era de la misma estatura que el de la chaqueta de cuero, tenía uno de esos rostros ingleses rosados, pecosos y con algo de vello; su actitud, aunque tranquila, parecía más directa.

– Algo -dijo-. Pero me parece que todo es una comedia.

– ¿Sí?

– Creo que este es inglés.

Hice como que no entendía nada. El de la chaqueta de cuero y Dave se acercaron a mí como pigmeos a un reportero de la televisión. Noté cómo me examinaban la ropa, luego mi corte de pelo, luego el libro que llevaba en la mano. Era Collinede Jean Giono, así que me tranquilicé. Cuando vieron que yo me había fijado en que lo miraban, se lo enseñé. El de la chaqueta de cuero lo examinó.

Con un acento francés que no podía ser peor empezó la frase «Perdón, Mesié, ¿es usted actuellement un inglés?»