– De todos modos, te daré los seis peniques.
– No es «eso» lo que me preocupa. Sólo quiero saber si lo he epatado.
– Por supuesto, por supuesto. Si no, no habría preguntado por el colegio. Y oye, ¿te has dado cuenta de cómo te ha llamado señor?
Toni me miró de soslayo y sonrió, torciendo los labios como si éstos se moviesen obedeciendo a los ojos.
– Sí.
Era ese momento de la vida en que ser «señoreado» es de inestimable importancia, un símbolo codiciado muy por encima de su valor real. Mejor que conseguir autorización para utilizar la escalera principal del colegio; mejor que no tener que llevar la gorra puesta; mejor que estar sentado con los mayores durante el recreo; mejor, incluso, que llevar paraguas. Que ya es decir. Un verano estuve llevando y trayendo el paraguas de casa al colegio durante un trimestre completo, todos los días, sin que lloviera una sola vez. La categoría, y no la función, era lo que contaba. Dentro del colegio, uno podía lucirlo practicando esgrima con sus iguales o clavando su afilada punta en los pies de los niños más pequeños; pero fuera, hacía de uno un hombre. Aunque apenas se midiera metro y medio y la cara fuera un campo de batalla contra el acné ensombrecido por un poco de pelusa adolescente; aunque se caminara dando bandazos, cargado con una pesada bolsa de deporte en estado deplorable, repleta de camisetas de rugby casi podridas y unas botas apestosas; mientras se llevara paraguas, siempre cabía la remota posibilidad de lograr que alguien te llamase «señor», algo que significaba una verdadera borrachera de placer.
Todos los lunes por la mañana, Toni y yo nos preguntábamos lo mismo.
– ¿Algún ecras?
– Me temo que no.
– ¿Epat?
– No exactamente…
– ¿Elevado a la categoría de señor?
Una sonrisa burlona de asentimiento significaba que el fin de semana había valido la pena.
Contábamos el número de veces que nos llamaban señor. Recordábamos las mejores anécdotas y nos las contábamos, el uno al otro, con el tono que dos viejos rouésemplearían para rememorar sus conquistas amorosas. Por supuesto, nunca habíamos olvidado la primera vez.
Mi primera vez, con la cual todavía me regodeo de felicidad, fue el día en que me tomaron medidas para mis primeros pantalones largos. Fue en Harrow, en una tiendecita alargada, como un pasillo, cuyas paredes estaban ocultas por montones enormes de cajas de ropa. Hileras de cazadoras de camuflaje y pantalones de pana, tan rígidos como el cartón, la convertían en una pista para carreras de obstáculos. Fuese cual fuese el color de la ropa que uno llevara antes de entrar en la tienda, siempre salía de gris o de verde botella. También vendían prendas marrones, pero nadie, me aseguró mi madre, usaba el marrón antes de jubilarse. En aquella ocasión, yo iba a salir de gris.
Mi madre, aunque tímida en la vida social y familiar, era siempre muy autoritaria y precisa en las tiendas. Algún instinto profundamente arraigado le decía que allí existía una jerarquía inamovible.
– Por favor, Mr. Forster, un par de pantalones -ordenó con inusitada resolución -. Grises y largos.
– En seguida, señora -dijo con amabilidad excesiva Mr. Forster. Y luego, mirándome a mí -: Largos. En seguida, señor.
Podía haberme desmayado; podía, por lo menos, haber sonreído. En cambio me quedé quieto, indefenso de pura felicidad, mientras Mr. Forster, para mayor honor, se arrodillaba a mis pies.
– Será un momento, señor. Mire hacia adelante. Póngase derecho. Por favor, separe las piernas, señor. Eso es.
Tiró de una cinta métrica que llevaba colgada al cuello, ciento ochenta centímetros que terminaban en una plaquita de latón. La sujetó por el ciento cincuenta, más o menos (presumiblemente para no quedarse corto) y me aguijoneó con ella tres veces en la entrepierna.
– No se mueva, señor -dijo con una zalamería dedicada sobre todo a mi madre, no fuera ella a preguntarse por qué tardaba tanto. Pero era imposible que me moviera. El miedo que se puede sentir por los genitales, el miedo, incluso, a ser arrastrado al interior del probador para ser brutalmente violado, no es nada comparado con el hecho de ser reconocido como un hombre. Era tal ese placer desconcertante, que ni siquiera se me ocurrió susurrar, a modo de alarmante alivio, el grito del colegio: ¡Perdición!
3. Conejos, seres humanos
– Perdiciiiiición…
Era el grito de guerra del colegio. Lo lanzábamos modulándolo tal y como imaginábamos los aullidos de las hienas. Gilchrist producía la versión más chirriante y aterradora; Leigh, una especie de sollozo desgarrador durante la parte vocálica del alarido; pero todos éramos capaces de hacerlo, al menos, aceptablemente. El grito voceaba, aunque fuera en broma, el obsesivo miedo de la persona virgen a la castración. Lo soltábamos en toda ocasión adecuada: cuando se caía una silla, cuando se le pisaba un pie a alguien, cuando se perdía un estuche de lápices. Llegó a formar parte, incluso, de un paródico inicio de nuestras peleas: los combatientes avanzaban apretándose la ingle para protegerla con la mano izquierda y alargaban el brazo derecho, con la palma de la mano hacia arriba, moviendo los dedos como si fuesen garras. Los espectadores, mientras, dejaban escapar vicarios chillidos en pequeña escala de «perdiciiiiión».
Pero la parodia no excluía el escalofrío. Todos habíamos leído algo sobre las castraciones que los nazis realizaron con rayos X, y nos mofábamos unos de otros con la posibilidad de que eso sucediera. Porque de ocurrir, todo habría terminado: la literatura demostraba que uno engordaba y acababa con un papel de figurante en la vida, cuya única opción era hacer que los demás lo pasaran bien. A no ser que las circunstancias económicas lo forzaran a uno a convertirse en un cantante de ópera en Italia. No estábamos del todo seguros de cómo comenzaba este terrible proceso, pero tenía algo que ver con vestuarios, lavabos públicos y viajes en metro a altas horas de la noche.
Si por casualidad -una casualidad más bien imposible- uno sobrevivía intacto, estaba claro que algo agradable sucedía, si no la información no sería tan difícil de conseguir. Pero ¿qué era exactamente? ¿Y cómo averiguarlo?
Como era obvio, no se podía contar con los padres: eran agentes dobles que ya habíamos desenmascarado cuando, deliberadamente, habían intentado desinformarnos. A los míos les había lanzado una pregunta bastante fácil -cuya contestación, naturalmente, yo ya sabía- y sólo me habían dado una respuesta chapucera. Una noche estaba leyendo la Biblia para hacer los deberes e hice que mi madre levantara la cabeza de la página de pasatiempos de la revista Shepreguntándole:
– Mamá, ¿qué es un «éunuco»?
– Oh, no estoy segura, querido -respondió en voz baja (hasta aquí era posible que ella no lo supiese)-. Preguntémosle a tu padre. Jack, Christopher quiere saber qué es un eunuco…
(Buena jugada esta, corrigiendo la pronunciación pero ocultando el saber.) Mi padre miró por encima de su revista de contabilidad (¿es que no tenía suficiente material en el trabajo?), vaciló, se pasó la mano sobre la calva, vaciló, se quitó las gafas y vaciló. Durante todo ese tiempo estuvo mirando a mi madre (¿habría llegado el Gran Momento?); mientras, yo hacía como que estaba absorto en la Biblia, como si un examen minucioso del contexto fuera a responder a mi pregunta. Mi padre empezaba a abrir la boca cuando mi madre exclamó, con la voz que ponía cuando iba de compras:
– …es un tipo de criado abisinio, creo, ¿no, querido?
Me di cuenta de la tensión que había en sus miradas.
Una vez confirmada la sospecha, me escabullí lo más deprisa posible: