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– Hmmm.

– ¿Qué quiere decir ese hmmm?

– ¿No te preguntas a veces si, en el fondo, no es más que eso?

– Chris… -Parecía sorprendido, desengañado. No era ni enfado ni desprecio, como yo había esperado-. Venga, Chris, no me digas que tú también. Ya sé que siempre te estoy cabreando. Pero de verdad no piensas así, ¿eh?

Por primera vez parecía capaz de sentirse herido, y yo, por primera vez, no quise apaciguarlo. Recordaba su frase sobre Marion y la esponja.

– No sé. Antes creía que lo sabía. Me gusta todo tanto como siempre: leo, voy al teatro, me gusta el cine…

– Cine de maricones muertos.

– Películas antiguas, de acuerdo. Me gusta todo eso. Siempre me ha gustado. Aunque no sé si existe algún vínculo entre ellos y yo; si la conexión en que nos forzamos a creer existe de verdad.

– No empieces con Wagner y los nazis, por favor.

– De acuerdo, pero ¿no es un poco como las catedrales y la falacia religiosa? Que las pretensiones del arte sean muchas, no las hace más válidas.

– Nooo -dijo Toni, como hablando con un niño.

– Y honestamente, no creo que nuestros experimentos, como les llamábamos nosotros, demostrasen absolutamente nada.

– Nooo.

– Así que el único lugar en donde se puede intentar averiguar si todo se reduce a hacerse o no pajas con acuarelas, como tú has dicho, es en ti mismo.

– Síii.

– Bueno. Pues, supongo que desde que empezamos nuestros experimentos estoy, de forma gradual, cada vez menos convencido.

Levanté la vista esperando ver a un Toni siniestro. Fruncía el ceño y parecía dolido.

– No niego que todo eso no sea… -lo miré otra vez, nervioso-, …divertido, ya me entiendes, conmovedor y todo eso, y también interesante. Pero por lo que se refiere a lo que realmente hace, ¿qué se puede decir? ¿Qué se puede decir, en realidad, a favor de la National Gallery?

– Que es una mierda, estoy de acuerdo.

– No… tienes que estar de acuerdo por razones verdaderas. Llénala con todo lo que te guste, con todas las cosas por las cuales, si no sacrificarías tu vida, estarías dispuesto a sacrificar unas cuantas de los demás; y aún así, ¿qué te quedaría? ¿Qué puedes decir a su favor excepto que hace que haya menos gente en la calle, o que el índice de robos, incestos y atracos a mano armada dentro del museo sea bajísimo?

– ¿No estas siendo demasiado literal? Hablas como un alto comisario soviético para las artes: «Toda obra de arte debe realizar un bien inmediato.»

– No, porque eso es también, obviamente, una tontería.

– Así pues, ¿qué ha cambiado? El arte no, querido. Te lo puedo asegurar. Parece que estés de liquidación.

– Eso sí que es una estupidez.

– Entonces, ¿qué te ha pasado? Incluso cuando estabas en París…

– De eso hace una década. Es decir, la totalidad de mi vida adulta.

– Ah… una nueva definición de «adulto»: el tiempo durante el cual uno ha ido haciendo liquidación.

– Te dije en el jardín la semana pasada que no veo que sirva para nada. Para nosotros está muy bien que hubiera un Renacimiento y demás; pero en realidad todo es ego y acumulación, ¿no?

Toni adoptó de nuevo su tono pedagógico.

– ¿No crees que el efecto puede ser acumulativo?

– Puede serlo. Pero eso no hace que el asunto sea menos especulativo. En todo caso, depende de un acto de fe… y de momento la he perdido.

– Otro triunfo de la maquinaria burguesa -añadió Toni tristemente, casi para sus adentros-. Seguro que viajas con tus pantoufles.

– Te equivocas.

– Esposa, bebé, buen trabajo, hipoteca, jardín de flores -(lo enfatizó despectivamente)-: no me puedes engañar.

¿Qué prueba todo eso? Tú no eres Rimbaud precisamente, ¿eh?

¿Y cuáles son los planes para esta anoche? -Toni se estaba mosqueando-. ¿De regreso al antiguo colegio? Una visita rápida a unos cabrones que murieron en el Quattrocento y luego al cole. Me parece otra concesión a los burgueses, si quieres saber mi opinión.

– Pues no es así. Estoy seguro de que ahora soy feliz. ¿Quién es el que no lo es?

– Pues la evidencia está en tu contra.

– Conociéndome como me conoces tendrías que estar mejor enterado.

– ¿Y quién está pidiendo ahora un acto de fe?

Los escalones de la entrada del colegio estaban flanqueados por una hilera ascendente de postes de luz, coronados por dos anguilas de hierro entralazadas en espiral. Automáticamente, miré hacia arriba, a las ventanas del despacho del director, desde donde espiaba con aspecto severo a los chicos que llegaban tarde. El coronel Barker, antiguo jefe de instrucción militar de los alumnos, un hombre corpulento y temido por su carácter impredecible, nos dio formalmente la bienvenida en la biblioteca a Toni y a mí. Colgada al cuello por una cinta escarlata, una enorme medalla en forma de estrella ocupaba el área entre el segundo y tercer botón de su chaleco. ¿Sería ésta, me dije, su famosa Orden del Imperio Británico, anunciada en su día en la escuela con un tono más propio de una conquista en el extranjero? Parecía demasiado grande y resplandeciente para ser inglesa. Quizá la recibió de un gobierno en el exilio durante la guerra.

– Bienvenido, Lloyd -gruñó, y el hecho de que utilizara el apellido, a pesar del tono amistoso de la voz, me trajo a la memoria antiguos miedos, miedos que tenían que ver con desfiles, grasa de rifles, la humedad del monte bajo, y que te volaran los huevos-. Bienvenido de nuevo al rebaño. Más placer proporciona el retorno del descarriado, y todo eso. Eh, Penny, ¿y tu mujer, bien? ¿Cómo están todos tus cachorritos? Bien, bien.

La biblioteca, escenario de tantas «horas de estudio» (juegos de barcos y crucigramas y ejemplares gastados de la revista Spick), era gris y blanca, los colores con que vestían los ejecutivos, los hombres de negocios. Uno o dos rostros morenos hablaban de viajes al extranjero por cuenta de la empresa, pero la mayoría eran de ese color ajado e indefinible propio del que está rodeado de edificios altos, enterrado como un espárrago. Aquel de allí tenía que ser Bradshaw. Y ése, Voss. Y aquel chico que todo el mundo creía que era extraordinariamente torpe pero que fue designado delegado de curso, ¿Gurley? ¿Gowley? ¿Gurney? Y -oh, Dios- Renton, con -oh, Dios, otra vez- cuello duro, y un aspecto tan escandalosamente entusiasta como siempre; maliciosos ojillos chispeantes, dándote a entender que deberías estar haciendo otra cosa. Por toda la sala resonaban los gritos festejando el reencuentro. Se recordaban cosas tan remotas como los juegos escolares y los campamentos militares.

Bajamos las escaleras en tropel hacia el comedor del sótano donde el tiempo y la comida derramada habían oscurecido el frágil pino de mi juventud; donde los cuadros de honor se habían encaramado a las paredes como enredaderas; donde las largas mesas me recordaron almuerzos que pasamos doblando cubiertos y empujando saleros de punta a punta para que se deslizaran como las copas sobre el mostrador de un western. De la habitación contigua llegaba el pegajoso hedor de las cocinas comunitarias y el ruido de mil cuchillos y tenedores cayendo en el interior de una cuba metálica.

Me senté entre Penny y Simmons mientras el coronel Barker, que presidía la mesa, nos daba otra vez oficialmente la bienvenida. Luego gritó, «Bon appétit», como si estuviera dirigiendo un desfile. El aspecto de Simmons, después de todos esos años, era bastante normaclass="underline" incluso sus orejas parecían más pegadas a su cabeza. Resultó que sabía muchísimo sobre los secretos del ferrocarriclass="underline" estaciones abandonadas; túneles que la gente había olvidado por completo, como en los libros de Conan Doyle; historias de las noches en el metro durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Penny y yo nos íbamos entendiendo bien, y manteníamos una de esas conversaciones alcohólicas sobre distintas personas y lugares. Al otro lado de la mesa estaban los rostros que, proyectados a un pasado de mejillas imberbes y llenas de granos, eran reconocibles como Lowkes, Leigh, Evans y Pook. Se iba uno enterando de las novedades, Gilchrist negociaba en vinos; Hilton era especialista en vidrio; y Lennox había vuelto al colegio como profesor. Thorne había desaparecido por completo; Waterfield cumplía una condena de seis meses en una cárcel francesa por macarra.