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Llegué a casa algo bebido (Tim y yo hicimos un par de brindis por los ferrocarriles en el bar de la estación de Baker Street, y sonreímos comentando el discurso de Barker), pero alegre. Marion ya estaba en la cama, con una voluminosa biografía del grupo Bloomsbury que la tenía aplastada como si fuese un pisapapeles. Me desaté los cordones de los zapatos, trepé hasta la cama y deposité una mano sobre la parte superior delantera de su camisón.

– He olvidado cómo eran -musité.

– Entonces, estás borracho -respondió ella, pero sin severidad.

Quité la mano tirando del camisón hacia mí, y soplé con fuerza hacia dentro. Luego, eché un vistazo.

– Si el pezón se pone verde, como en esos tests en los que te hacen soplar… sí, vamos allá. Tienes razón otra vez, mi amor, como siempre. -(Me enderecé para ponerme de rodillas y la miré como un niño pequeño)-. Esta noche Huevo Colgante me ha ofrecido trabajo.

– ¿De qué? -Retiró mi mano de encima del camisón, adonde volvía confiada una y otra vez-: ¿De qué?

– A Huevo Colgante le llamaban Huevo Colgante -continué con el tono del viejo a quien se le hace una entrevista-, porque cuando nadábamos en el colegio, desnudos, cosa que hicimos hasta llegar a sexto curso, lo que quiero decir es que en sexto ya no fuimos a nadar más, pero cuando íbamos antes, siempre era desnudos, y Leigh, recuerdo, creo que cualquiera de nuestra generación sería capaz de recordarlo, podemos telefonear a Penny si no me crees, él lo confirmaría, tenía un huevo que le colgaba unos, oh, si no me falla la memoria y esas cosas, unos cinco centímetros por debajo del otro. Era la época en que estaban de moda las botas con elástico lateral, y nosotros, mis amigos y yo claro, solíamos decir que Huevo Colgante era el único chico del mundo con un escroto con elástico lateral. Y ahora, Huevo Colgante me ofrece trabajo. No lo entiendo. ¿Acaso no tengo ya uno?

Durante este discurso logré introducir la mano bajo las sábanas y hacerla ascender bajo el camisón de Marion en dirección contraria a la que hasta entonces había tomado.

– ¿De qué?

Pero para entonces mi mano había logrado ocupar una zona de un valor equivalente -si no mayor (¿quién puede decirlo?)- al ocupado durante su primera y frustrada incursión.

– ¿De semental? -repliqué simplemente. Y me sentí perplejo.

6. Relaciones entre objetos

– ¿Así que esto es lo que hay? -dijo Toni, examinando disimuladamente el terreno en donde yo plantaba mis verduras.

No le respondí. ¿Por qué dejar que otro se entrometa en lo que uno puede reprocharse por sí solo? No se necesitan amigos para eso. Cuando estoy frotando el capó del coche con una gamuza, delante de mi casa, y algún rostro relativamente familiar pasa sonriendo y levanta el bastón señalando con gesto de aprobación la parte de mi jardín donde crece con rapidez una enredadera de hoja esfoliada, no hay que imaginar que no oigo la voz que todos llevamos en la habitación trasera de nuestros cráneos: esa que dice: bien, estupendo, de acuerdo, pero otra persona -alguien que podrías haber sido tú- está ahora cruzando en trineo un bosque de abedules en Rusia perseguido por los lobos. Los sábados por la tarde, mientras paso con cuidado la cortadora de césped por nuestra desbordada parcela (aceleración, reducción, freno, vuelta y aceleración otra vez), asegurándome de que no estoy pasando otra vez por el mismo sitio, no hay que creer que ya no soy capaz de citar a Mallarmé.

¿Pero a qué llevan todas estas quejas salvo a un exceso de sinrazón y a ser infiel a tu propia personalidad? ¿Qué es lo que prometen sino la desorientación y la pérdida del amor? ¿Qué es lo que hace que los extremos estén tan de moda? ¿Por qué ese sentido de culpabilidad sobre el falso aliciente de la acción? Rimbaud viajó a El Cairo, y qué fue lo que le escribió a su madre: La vie d'ici m'ennuie et coûte trop. Y en lo que se refiere a la historia del trineo y los lobos: no existe evidencia alguna de que un lobo haya matado nunca a un hombre. No se puede confiar siempre en metáforas llenas de fantasía.

Yo diría que soy un hombre feliz; si soy dado a sermonear, es como resultado de una modesta emoción, no del orgullo. Me pregunto por qué en nuestros días se desprecia la felicidad: se la rechaza confundiéndola con la comodidad y la complacencia; se la juzga como enemiga del progreso social e incluso tecnológico. La gente, a menudo, se niega a creer en ella incluso cuando la ve. O la desprecian como algo que tiene que ver sólo con la suerte o la genética: unas gotitas de esto, un chorrito de lo otro, un par de neuronas sueltas. Nunca como un logro.

¿A noir, E blanc, I rouge…? Paga tus facturas, eso es lo que dijo Auden.

Anoche, Amy se despertó y comenzó a gimotear quedamente. Marion se agitó en seguida, pero le di un par de palmadas en la espalda hasta que se quedó dormida.

– Ya voy yo.

Salté de la cama y me dirigí a la puerta que dejábamos totalmente abierta para poder oír a Amy. Mi medio atontado cerebro se puso a celebrar la moqueta, la calefacción, los vidrios dobles en las ventanas. Estuve a punto de avergonzarme por el alivio y el placer que me proporcionaban estas comodidades materiales; entonces pensé: ¿por qué preocuparse?

Cuando llegué a la habitación de Amy, todo estaba en silencio. Me alarmé. Temo por ella cuando llora, y temo cuando se calla. Quizá por eso le da a uno por elogiar la calefacción central.

Pero ella respiraba normalmente; estaba a salvo y dormía. Le estiré las sábanas mecánicamente y me dirigí hacia las escaleras. Estaba completamente desvelado. Crucé la sala de estar, vacié un cenicero y empujé el sofá para ponerlo en su sitio con la presión del pulgar de mi pie descalzo (repitiendo para mí mismo, con ironía, la frase del anuncio: «Ah, cómo son estas ruedecillas La Pluma»). Volví al recibidor, miré el buzón de alambre junto a la puerta («Habitación 101», siempre pienso) y entré en la cocina. El suelo de corcho es cálido para los pies, incluso más que una moqueta. Me dejé caer sobre uno de nuestros taburetes de bar -esos de mimbre que tienen un poco de respaldo- y me sentí dueño de todo lo que veía.

Afuera, en la carretera, una farola de sodio, cuya luz naranja se filtra por entre las ramas de un abeto a medio crecer que hay a la entrada del jardín, ilumina con suavidad el recibidor, la cocina y el dormitorio de Amy. A ella le gusta esta luz nocturna y cívica, y prefiere dormirse con las cortinas recogidas. Si se despierta y el resplandor naranja no inunda su habitación (la farola funciona con un interruptor horario, y se apaga a las dos de la mañana), se agita un poco.

Estoy sentado en el taburete, en pijama, asido al fregadero, y me tiro hacia atrás hasta que me apoyo sólo sobre dos patas. Entonces, controlando el peso, me muevo hasta sostenerme con una sola de esas patas protegidas por una goma. Me proporciona una especie de indolente placer ser capaz de hacerlo sin perder el equilibrio. También siento una especie de indolente placer ante la extensión de acero inoxidable, suave, limpia y seca que tengo delante. Empiezo a girar sobre la pata del taburete, sosteniéndome con fuerza con una sola mano, luego me paso la otra por detrás de la espalda para volver a agarrarme con las dos a la vez. Ahora abarco toda la habitación. La mesa ya puesta para el desayuno, la ordenada hilera de tazas en sus ganchos, las cebollas desprendiendo un brillo crepuscular desde una bolsa colgante: todo está agradablemente ordenado y, al mismo tiempo, extraordinariamente vivo. La cuchara junto a la taza del desayuno implica que el pomelo ya está partido y que espera en el frigorífico, con el azúcar endureciéndose sobre su superficie. Los objetos denuncian ausencias. Un cartel bien estirado y clavado con chinchetas del châteaude Combourg (donde se crió Chateaubriand), habla de unas vacaciones de hace cuatro años. Una falange de una docena de vasos sobre un estante implica diez amigos. Un biberón, guardado en lo alto de un aparador, predice un segundo bebé. En el suelo, al lado del aparador, hay una pequeña bolsa de viaje con un brillante adhesivo que le compramos a Amy para entretenerla: «Leones de Longleat», pone, con la foto de un león en el centro.