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Por supuesto, Tierra Arrasada nunca llegaba hasta el límite. Con una perspicacia impropia de nuestra edad, nos dábamos cuenta de que el mero rechazo o alteración de los puntos de vista y la moralidad de nuestros padres, no era más que un amargo acto reflejo. Igual que blasfemia implica religión, decíamos, un borrón general y cuenta nueva de las imposiciones de la infancia representa la asunción de algunas de ellas. Y eso no podíamos aceptarlo. Así que, sin llegar a poner en peligro nuestros principios, acordamos seguir viviendo en casa.

Tierra Arrasada era la primera parte; la segunda era Reconstrucción. Eso estaba en el programa; aunque muy buenas razones -y buenas metáforas- apoyaban nuestra renuencia a examinar muy de cerca ese tipo de asuntos.

– ¿Qué hay de Reconstrucción?

– ¿Por qué?

– ¿No crees que deberíamos empezar a planear alguna cosa al respecto?

– Ya lo estamos haciendo. En eso está T. A.

– Hum…

– Pienso que, a estas alturas, no deberíamos comprometernos demasiado con ninguna línea de acción en particular. Sólo tenemos dieciséis años.

Eso no tenía vuelta de hoja. La vida no comenzaba de verdad hasta que se abandonaba el colegio. Éramos lo bastante maduros como para darnos cuenta de ello. Cuando uno salía al mundo empezaba:

«…a tomar Decisiones Morales…»

«…a tener Relaciones Sentimentales…»

«…a hacerse Famoso…»

«…a escoger Su Ropa Personalmente…»

De momento, todo lo que se podía hacer en ese terreno era juzgar a los padres, asociarse con los confidentes de tus odios, intentar ser muy popular entre los chicos menores sin hablar nunca con ellos, y decidir si nos abotonábamos o no el último botón del cuello de la camisa. No era gran cosa.

7. Las curvas de la mendacidad

El domingo había sido creado para Metrolandia. Los domingos por la mañana, todavía en la cama pensando en cómo matar el día, dos ruidos invadían el silencioso y satisfecho barrio: el de las campanas de la iglesia y el del tren. Las campanas nos despertaban con su persistencia, sonando con un vigor, por demás irritante, para detenerse con un medio repique desganado. Los trenes hacían un estruendo mayor que el usual al entrar en la estación de Eastwick, como si celebraran la carencia de pasajeros. Hasta el mediodía -debido a una especie de acuerdo tácito pero indiscutible- no comenzaba un tercer ruido: el monótono bramido de los motores de las cortadoras de césped, acelerando, frenando, girando, acelerando, frenando, girando. Acalladas las máquinas, se oía el modesto cerrar de las tijeras podadoras y, finalmente -un sonido perceptible de modo subliminal-, el gentil frotar de las gamuzas sobre portaequipajes y capós.

Era el día de las mangueras en los jardines (todos pagábamos un impuesto de más por tener grifos al aire libre); de niños cretinos gritando como dementes a varios jardines de distancia; de pelotas hinchables apareciendo por encima del cercado; de conductores principiantes causando pánico en la curva de la carretera que rodeaba la casa; de jóvenes conduciendo los coches de sus padres hasta The Stile para tomar una copa antes de comer, y dejar caer los sobrecitos azules de la sal por entre las tablillas de madera de las mesas de la terraza. Parecía que los domingos eran siempre pacíficos y siempre soleados.

Yo los odiaba, con toda la rabia de quien continuamente se siente defraudado al descubrir que no es autosuficiente. Odiaba los periódicos del domingo, que procuraban llenarte la mente amodorrada de ideas que rechazabas; odiaba la radio dominical, desbordante de áridas críticas; odiaba los programas de televisión del domingo, donde un montón de intelectuales discutían temas de actualidad, y esas obras serias sobre personas maduras, crisis emocionales, guerras nucleares y demás fruslerías. Odiaba quedarme dentro de la casa mientras el sol se deslizaba furtivamente por la habitación, hasta golpearme certera y repentinamente en los ojos; y odiaba salir a sentarme donde el mismo sol te derretía el cerebro haciéndolo chapotear en el interior del cráneo. Odiaba las tareas dominicales: limpiar el coche, una y otra vez, hasta que el agua jabonosa chorreaba hacia arriba (¿cómo era posible?) empapándote hasta los sobacos, restregar las uñas contra el fondo de la carretilla de metal intentando deshacerme de los montones de césped cortado. Odiaba trabajar y no trabajar. Odiaba pasar por el campo de golf y encontrarme con otra gente paseándose por el campo de golf. Y odiaba hacer lo que más se hace el domingo: esperar la llegada del lunes.

La única fisura en la rutina dominical se producía cuando mi madre anunciaba:

– Esta tarde vamos a ir a ver al tío Arthur.

– ¿Por qué?

La ritual objeción siempre merecía ser contestada. Nunca servía de nada ni a mí me importaba que no sirviera. Sólo pensaba que Nigel y Mary podían beneficiarse con el ejemplo de un pensamiento independiente.

– Porque es tu tío.

– Seguirá siendo mi tío el fin de semana que viene, y el siguiente.

– Eso no tiene nada que ver. No hemos ido a verlo una sola vez en las últimas ocho semanas.

– ¿Cómo sabes que tiene ganas de vernos?

– Por supuesto que tiene ganas de vernos. No hemos ido a verlo durante dos meses.

– ¿Ha telefoneado para decir que fuéramos?

– Claro que no. Ya sabes que nunca lo hace. -(Era demasiado tacaño.)

– Entonces, ¿cómo sabes que quiere vernos?

– Porque siempre quiere vernos después de cierto tiempo. No seas pesado, Christopher.

– Pero puede que esté leyendo un libro o haciendo algo interesante.

– Bueno, yo abandonaría el libro para estar con alguien de la familia a quien no he visto durante dos meses.

– Yo no.

– Bueno, no se trata de eso, Christopher.

– ¿De qué se trata? -(Para entonces Nigel bostezaba ya ostentosamente).

– La cuestión es que vamos a ir a verlo esta tarde. Y ahora ve a lavarte las manos para comer.

¿Puedo llevar un libro?

Si quieres puedes llevar uno para leer durante el trayecto, pero tendrás que dejarlo en el coche cuando lleguemos. Es una grosería ir de visita llevando un libro.

– ¿Y no es una grosería ir de visita cuando no tienes ganas de ir?

Christopher, a lavarte las manos.

¿Puedo llevarme el libro al lavabo?

Y así una y otra vez. Era capaz de prolongar estas conversaciones indefinidamente sin acabar con la paciencia de mi madre. La única muestra de disgusto era el llamarme por mi nombre completo. Ella sabía que entonces me iría. Yo también.

Una vez lavados los platos, nos metíamos en nuestro resistente Morris Oxford, negro y con tapicería color ciruela. Mary miraba bobamente por la ventana, dejando que el viento le echara todo el pelo a la cara sin recogérselo. Nigel se enfrascaba en la lectura de cualquier revista. Yo solía canturrear o silbar algo, empezando siempre con una canción de Guy Béart que había escuchado por onda larga, y cuya primera estrofa era Cerceuil à roulettes, tombeau à moteur. Lo hacía, en parte, para ponerme de mal humor y, además, para protestar contra la negativa de Los De Delante a poner la radio. Te la daban con el coche y era, en mi opinión, la principal atracción a la hora de comprarlo, puesto que no era extranjero, aerodinámico, rojo ni deportivo. Incluso un adhesivo en el cristal trasero, que había resistido ya varios baños de agua y jabón, anunciaba la radio; decía: HE ESTADO EXPUESTO A LA RADIO ACTIVIDAD. No nos la dejaban usar por carretera porque, según decían Los De Delante, podía distraer al conductor (y no la podíamos utilizar en el garaje porque consumía batería).