– Puede. Quizás yo también lo sería después de una experiencia como esa. De todas formas, odio eso de cazar, y tal y como tú lo cuentas, su mujer no fue sincera con él. Bueno, ni con él, ni consigo misma. No me extraña que terminara en desastre. ¿Por qué las parejas no son sinceras?
– Porque eso va contra todas las leyes de la civilización -replicó, e hizo un gesto de disgusto al ver lo que su hermana llevaba en los brazos-. Será mejor que nos vayamos antes de que compremos toda la tienda.
– Vale, pero los chicos necesitarán cazadoras, ¿no?
– Sí, pero las que tienen pueden aguantar un invierno más.
De camino a la caja, Maggie vio un perchero con cazadoras de cuero cortas. Colin mataría por una de ellas…, y apenas esa idea se formó en su cabeza, la ansiedad se apoderó de ella y sintió húmedas las palmas de las manos. Tenía que controlar aquellas estupideces.
– ¿Joanna?
– ¿Qué?
– ¿Ocurrió algo raro el día de Acción de Gracias?
– ¿Aún sigues preocupada por eso? Es una tontería, Maggie. Estoy segura de que no lo recuerdas precisamente por lo preocupada que estás por no recordarlo.
– Seguramente. Pero de todas formas… ¿ocurrió algo diferente en aquella cena?
Maggie colocó la pila de ropa en brazos de su hermana para poder sacar la tarjeta de crédito del bolso.
– Nada. Cenamos pavo, como siempre, y la ensalada de naranja de mamá. Los rollitos se me quemaron… en fin, nada nuevo, excepto que esa noche fue la que mi hijo mayor empezó a parecer un ángel. De hecho, tú misma estuviste hablando un buen rato con él en el porche.
– ¿Sabes de qué hablamos?
– Pues supongo que sobre sus amigos. Ya sabes la clase de gente con la que ha estado saliendo últimamente. Todos beben y tienen demasiado dinero, y si faltaba a clase un solo día más, perdería el curso… -Joanna suspiró-. Le dijeras lo que le dijeses, sirvió para hacerle reaccionar. Desde que su padre murió, tú has hecho con ellos de padre y de madre mucho mejor que yo, y…
– ¡Eso no es verdad, Joanna! Tú eres una madre maravillosa.
– Eso pensaba yo antes -suspiró-, pero últimamente no es así. Estoy siempre preocupada, nerviosa… y termino gritando. Sé que no me escuchan, y que lo que hacen es… ¡eh!
– ¿Eh, qué?
Les había tocado el turno para pagar y Maggie había entregado ya su tarjeta de crédito.
– Pues que no quiero que pagues tus cosas y las mías! Hay que separar lo que…
– Hay un montón de gente esperando y así es más fácil. Ya haremos cuentas después.
Y después, ya se las arreglaría para olvidarse de hacerlo…, pero el problema era que ayudar económicamente a su hermana le parecía poco más que ponerle una tinta a una pierna rota. La creciente falta de confianza en sí misma de Joanna la estaba alarmando, además de hacerla sentirse impotente e inútil, ambas sensaciones extrañas para ella.
Al salir de la tienda, pensó en la tarde que la esperaba con Andy. Entre preocuparse por su hermana y aquellos dichosos ataques de ansiedad, no había vuelto a ser ella misma desde el accidente. Su vida parecía sumida en un lío permanente.
Menos con él, porque aunque Andy también estuviese contribuyendo a confundirla un poco, se debía sin duda a que él era lo único en su vida inesperada y completamente maravilloso.
Cuando Andy llamó a la puerta de Maggie, eran poco más de las cinco. Un poco tarde, teniendo en cuenta que debía haberla recogido a las tres.
Las luces del jardín estaban encendidas, lo cual no podía sorprenderlo porque el sol había desaparecido hacía ya rato y la luna aún no se había asomado, así que todo el paisaje estaba sumido en la más absoluta oscuridad. Maggie tardaba en abrir, así que volvió a llamar con los nudillos e hizo rotar los hombros para intentar deshacerse de la tensión de aquel horrible día. Tenía que estar en casa, porque el coche nuevo estaba allí, pero saber si estaba dispuesta o no a recibir a un acompañante que se presentaba con casi tres horas de retraso era imposible.
Fue a llamar una tercera vez, pero en el mismo instante, la puerta se abrió y apareció ella, como un rayo de sol. Andy la bebió de un solo vistazo, desde el jersey amarillo y los vaqueros ajustados hasta el pelo suelo y flotando sobre los hombros, y el corazón se le encogió incluso antes de ver su sonrisa. Esperaba que lo recibiera enfadada.
– Maggie, siento muchísimo…
– Ya lo has dicho dos veces en el contestador, así que no te preocupes, Andy, que no pasa nada -lo invitó a entrar-. No decías cuál era el problema en los mensajes, pero me imagino que algo de trabajo, ¿no?
– Sí.
No iba a explicarle cómo un simple problema de tráfico lo había llevado a descubrir un maletero con más armas que una milicia. Había tenido que llamar a los federales, pero las cosas no habían mejorado con su llegada, de modo que el día había resultado ser agotador.
– Pareces muy cansado -comentó Maggie.
Y así estaba, hasta que ella, dejándose llevar por un impulso, le rozó la mejilla con los labios cuando él se esperaba un recibimiento frío como el hielo. Su ex mujer habría fregado el suelo con él por llegar tan tarde y echar a perder los planes. Y eso mismo habrían hecho la mitad de las mujeres que conocía.
Andy sabía que el gesto no pretendía más que ser de simpatía y comprensión, pero maldición… aquella carga eléctrica debería haberse desvanecido ya, al igual que debería ser capaz de controlar su testosterona estando cerca de ella.
Tenía que haber algún fallo. No podía ser tan perfecta para él, con él, sobre todo teniendo en cuenta que apenas se conocían.
– Estás siendo muy comprensiva con un tipo que se presenta a tu puerta cansado y sin afeitar, después de haber echado a perder una tarde perfecta para el esquí de fondo.
– De lo del afeitado, ya me he dado cuenta, pero es una de esas cosas parecidas a las del dentífrico… si te presentas algo descuidado, yo no tendré que avergonzarme si descubro de pronto que llevo un agujero en el calcetín. Y en cuanto a los planes para esta tarde…, cuando me di cuenta de que no ibas a poder llegar, se me ocurrió otra cosa. ¿Sigues estando de guardia?
– Técnicamente la tarde de los jueves la tengo libre, pero nunca se sabe, sobre todo, después de un día como el de hoy. Siempre que esté localizable a través del teléfono móvil.
– Entonces, digamos que puedo raptarte siempre que tú puedas llamar a casa, ¿no?
– La pregunta tiene trampa, pero la respuesta no. Tú puedes raptarme como te dé la gana -contestó.
Aunque en realidad, no pensaba que fuera a hacerlo, por supuesto. Pero una hora más tarde, se preguntaba si alguna víctima de un secuestro habría disfrutado tanto como él lo estaba haciendo con el suyo.
Habían esquiado más o menos un ki1ómetro y medio mientras la luna iluminaba el cielo. El iba de mula de carga. Desconocía lo que había en la mochila pero pesaba bastante, aunque nada habría podido distraerlo de los placeres del paseo, que resultó ser lo bastante largo como para conseguir que olvidase las tensiones del día. La luna en la nieve era otro mundo, sobrecogedor y pacífico, y los bosques resultaban fragantes y misteriosos. Asustaron primero a un ciervo, y después a un zorro, pero llevaban ya un rato sin ver a un solo animal.
El fuego hipnótico crepitaba rodeado por un lecho de piedras, pero para Andy aún era más hipnótica la imagen de Maggie. Estaba agachada, asando el pollo en el improvisado asador hecho con palos. Ella llevaba la leña en su mochila, y él el polio, un termo con caldo caliente y patatas. Mientras ella trabajaba, él aprovechó su papel de cautivo para sentarse sobre un aislante que había traído ella, apoyada la espalda contra un tronco.