El lugar en el que estaban no podía verse desde su casa, y resultaba un escondite perfecto. Daba a un pequeño precipicio en cuyo fondo caía el agua del deshielo. La luna se asomaba entre los picos de las montañas.
– Este lugar tiene que ser un pedazo del paraíso -comentó.
– Sin duda. La belleza del lugar es lo que me animó a comprar en un paraje tan aislado, y afortunadamente es algo que no puede apreciarse desde la carretera. Me pone la piel de gallina pensar que algún turista pueda descubrirlo y pretenda sacarle partido. ¡Ay va! Me he olvidado de traer vasos.
– Creo que sobreviviré a compartir el termo contigo.
– ¿Te gusta el caldo? Viene bien en una noche de frío como esta.
El no había notado ningún frío. Los pinos rodeaban el lugar, proporcionándole abrigo del viento, pero era el calor que generaba ella lo que él más notaba.
– ¿Sabes una cosa? Me parece que te insulté al decirte que no tenías potencial como delincuente. Lo retiro. Tienes las dotes necesarias para ser una buena secuestradora. Puede que al final, tengas futuro tras las rejas.
– Sí, ya, ahora te atreves a hacerme cumplidos, pero es que todavía no has probado mi cocina. Y creo que el pollo ya está. No, no te levantes. Has tenido un día bastante más duro que el mío.
Y Andy se dejó mimar.
Nada, ni el mejor caviar iraní, ni el mejor plato de cocinero francés podrías haberle sabido tan bien como aquel pollo asado directamente al fuego. Maggie se acomodó junto a él, y ambos dieron cuenta de la comida como lobos hambrientos. Cuando Maggie empezó a hablarle de las compras de Navidad que había estado haciendo con su hermana, Andy comprendió que se trataba simplemente de charlar, pero al poco se dio cuenta de que la preocupación por su hermana estaba latente en sus palabras.
– Según lo cuentas, da la sensación de que fueses tú la responsable de su casa -comentó.
– Bueno, en cierto modo es así. Al fallecer nuestros padres, yo soy toda la familia que le queda a Joanna, y tras la muerte de Steve, se sintió perdida. Siempre ha sido una soñadora, una mujer frágil y muy emocional, y Steve la tenía entre algodones. Jamás iba al banco, ni sabe cómo arreglar un grifo.
– Dices que el mayor de tus sobrinos ha tenido problemas últimamente. ¿Qué clase de problemas?
Maggie dudó.
– Colin tiene quince años. Le conociste la primera vez que viniste a mi casa… no me refiero a problemas graves, Andy. Es un chico de gran corazón, pero tras la muerte de su padre, parecía como enfadado o confundido. En el colegio se metió en algunas peleas, empezó a faltar a clases… Es un buen chico, pero…
– Pero echa de menos a su padre.
Maggie asintió.
– Y Joanna ha estado tan sumida en su propio dolor que… no es que no quiera a sus hijos; al contrario, los quiere más que a su propia vida, pero es que hasta los problemas más pequeños la desequilibran.
Andy recogió los platos y los cubiertos y los lavó en la nieve.
– Pues a mí Joanna me pareció bastante segura la noche que la conocí. Me miró de arriba abajo en cuanto supo que aquel extraño era quien iba a ver a su hermana pequeña. Incluso llegué a pensar que iba a tener que mostrarle mis credenciales -añadió.
– Los hombres suelen caerse de espaldas en cuanto la ven. Debe ser el pelo rubio y esos enormes ojos que tiene.
Andy había reparado en ambas cosas. La hermana de Maggie era indiscutiblemente atractiva, pero es que la única belleza que últimamente le afectaba a él tenía el pelo castaño y los ojos verdes. Una belleza que había aceptado el papel de bastión central de la familia: dinero, tiempo, dedicación…
– A veces hay que darles a las personas una razón para que asuman sus propias responsabilidades -dijo con cuidado.
– Pero ella nunca ha sido la responsable de…
– ¿Y crees que no podría serlo?
– Bueno, sí, puede que sí, pero ¿y si me necesita y yo no estoy ahí?
Era evidente que preferiría caminar sobre ascuas que fallarle a su hermana. Lo mejor sería no poner en tela de juicio su indiscutible lealtad; además, no conocía bien la situación. Terminó de recoger las cosas, añadió un par de troncos al fuego y volvió a acomodarse junto a ella.
– Anda, ven aquí.
– ¿Aquí, dónde?
Andy la acurrucó en su costado.
– Vas a tener que soportar un abrazo quieras o no quieras. Es culpa tuya. Las cosas que voy sabiendo sobre ti, me dejan frío.
– Sí, ya veo lo frío que estás. Te advierto, Gautier, que no debes empezar a pensar que soy una buena persona porque te equivocarías.
Teniendo en cuenta lo que abultaba la ropa de invierno que llevaban puesta, era sorprendente que un abrazo así pudiera inspirar intimidad. Quizás fuese por lo sorprendentemente bien que encajaba a su lado, o por aquellos luminosos ojos verdes, tan llenos de ingenio y dulzura.
– ¿Una buena persona? ¿Tú? Ni se me ocurriría pensarlo. En mi trabajo, hay que saber juzgar bien a las personas si quieres sobrevivir, y en tu caso, me bastó con echarte un vistazo en aquella cama de hospital para saber lo malvada que eres. Y hablando del hospital… ¿has recordado ya esas veinticuatro horas que te faltan?
La inmovilidad que siguió a aquella pregunta le confirmó que aquel lapso de memoria la seguía inquietando.
– No.
– Ya. De todas formas, no es difícil imaginar los siete pecados capitales que habrías podido cometer. ¡Si en las dos últimas horas podría acusársete de gula y secuestro!
– ¿Y tienes la desfachatez de acusarme a mí de gula, habiéndote comido tú la cena de tres hombres?
– No estamos hablando ahora de mis pecados, sino de los tuyos, y estoy seguro de que esta conversación va a acabar muy pronto, porque no vas a ser capaz de confeccionar una lista.
– ¿Ah, no? Pues te equivocas, porque he de informarte que soy una ladrona.
– ¿Ah, sí?
– Robé las fresas del jardín de la señora Meglethorn cuando tenía seis años. Y más de una vez. Y lo que es peor, creo que volvería a hacerlo. ¡Estaban deliciosas!
– Dios santo… ¿Quién se habría podido imaginar que eras capaz de cometer un pecado de tal magnitud? Debería haberme traído las esposas.
– No empieces, Gautier.
Y no volvió a decir nada a ese respecto, porque se olvidó de todo lo demás para besarla. Tenía un sabor dulce y suave, como la mujer que había estado echando de menos durante toda su vida. Sabía a la magia en la que nunca se había atrevido a creer. Pero algo en su técnica no debía estar muy depurado porque ella interrumpió el beso para decir:
– Orgullo.
– ¿Orgullo? Ah, estás intentando llevarme de nuevo a tu larga lista de bochornosos pecados, ¿no?
– No estoy segura de recordar todos los pecados de esa lista, recuerdo la gula, la envidia, la soberbia… pero estoy segura de que el orgullo tiene que aparecer por algún lado. En unas cuantas ocasiones… como por ejemplo, cuando me empeñé en cruzar los Apalaches sola, bueno, tengo que admitir que en aquella ocasión fui un poco, un poquitín orgullosa.
– ¿Tuviste problemas? -le preguntó, trazando la línea de su mandíbula con un dedo.
– No, pero una noche tuve que compartir refugio con unos tipos que habían estado bebiendo. En cuanto me di cuenta, debí marcharme de allí. Todo salió bien, pero si no hubiera sido tan orgullosa como para pensar que podía manejar cualquier situación yo sola, no me habría puesto en esa posición. Y otra vez, había subido a la montaña a escalar, no eran más que unos ejercicios, pero debería haber sido consciente de que, aun así, no se puede ir sola. Me caí y me rompí la pierna. Fue una verdadera estupidez.
– Eso parece.
Maggie arqueó las cejas.
– Oye, que yo esperaba un poco de comprensión.
– No te la mereces. El orgullo es un pecado terrible que yo, como soy perfecto, jamás he cometido. Ni siquiera en una ocasión, cuando me pilló una tormenta de nieve en el monte y a punto estuve de partirme la crisma, pero eso es distinto. No era yo el tonto, sino el tiempo.