– Maggie…
No quería hablar y lo besó en la boca. Intentó concentrarse en él. En su, piel cálida y suave. En la sensación del vello de su pecho. En la espera del momento en que la tomase.
– Mags, para -le pidió, sujetando su cara entre las manos, hasta que ella lo miró a los ojos-. Algo está pasando. Dime qué es.
– Nada. No pasa nada. Te lo prometo, Andy. Te deseo.
– Lo sé -contestó y apretó los dientes para controlarse-. Pero has empezado a temblar y a correr como un dragón que se persiguiera la cola. A mí me gusta ir despacio, ir muy despacio, porque además, si la primera vez no sale bien, tendremos unos cien años más para practicar, pero nunca me había imaginado que pudieses tener miedo.
– No tengo miedo.
– Si no estás segura de esto, no va a funcionar.
– Estoy segura, Andy. Es sólo que…
– No, por favor, no te cierres -le dijo al verla dudar-. Dímelo sin más. No lo pienses.
– Es sobre… el accidente. Las pesadillas. Sé que no tengo un pasado criminal…
– Cierto.
– Y me gusta cuando me tomas el pelo sobre eso, pero es que sigo teniendo pesadillas y una tremenda sensación de culpa. El problema es que no sé cómo o por qué he de tener una sensación así, a no ser que se base en algo que haya hecho. Y cuando me he dado cuenta de que íbamos a hacer el amor, me he asustado porque… porque quizás haya hecho algo malo que tú no puedas aceptar. Algo que cambie tus sentimientos hacia mí. Algo que tuvieras derecho a saber antes de que nuestra relación llegue más lejos.
Andy guardó silencio durante un momento y después se separó de ella, se incorporó y se puso la camisa. Aturdida, Maggie se metió rápidamente el jersey. Las luces del árbol ya no parecían mágicas, sino demasiado intensas para los ojos. El seguía sin decir nada, así que Maggie se puso de rodillas junto a él.
– ¿Te has enfadado?
– No. Bueno, sí. Estoy enfadado. Sé lo mucho que te ha molestado no ser capaz de recordar esas veinticuatro horas, pero también sé perfectamente bien que no has cometido un delito ni nada parecido, Maggie. Y tú también lo sabes. Conozco tus valores y tu ética, y no…
– Andy, no me estás escuchando. Ese es precisamente el problema: que tú piensas que soy demasiado buena y…
– Sí, lo pienso. Y una de las personas más honestas que conozco, pero esa no es la cuestión. Si no estabas preparada o si no querías hacer el amor, sólo tenías que decirlo. No hacía falta buscar excusas. Creía que estábamos construyendo algo, que los dos queríamos lo mismo… vamos a vestirnos. Te llevaré a casa.
Los dos se abrocharon los pantalones, se calzaron y se pusieron las cazadoras en silencio. Maggie no quería dejarlo así, pero tampoco sabía qué decir. Había destrozado el momento, pero no tenía ni idea de cómo conseguir que Andy comprendiera. Por absurdo que le pareciera a él, los ataques de ansiedad y esos sueños estaban siendo angustiosos para ella, y cuanto más profundizaba en su relación con él, cuanto mejor comprendía su sentido del honor y la integridad, más la angustiaban.
Un frío intenso los azotó al salir. Su coche estaba gélido, al igual que su expresión. Tardaron sólo diez minutos, con lo cual el coche no tuvo tiempo de caldearse, pero ella sí tuvo tiempo de darse cuenta de que el silencio de Andy no era por un simple enfado. Le había hecho daño. Y mucho. Pensaba que lo que le había explicado era sólo una excusa para no hacer el amor con él.
Detuvo el coche frente a la puerta de su casa y se bajó del coche.
– Te acompaño.
– No es necesario.
– Maggie, no vas a entrar sola en una casa completamente a oscuras en mitad de la noche estando yo aquí. Dame la llave.
– Sé que estás enfadado y…
– Sí, estoy enfadado, pero se me pasará. Te quiero, Maggie, y estoy enamorado de ti, y el hecho de que esté enfadado no quiere decir no que podamos superar el momento. Si intento hablar, de lo único que voy a ser capaz es de ladrar, así que olvídalo, dame la llave y mañana será otro día.
Cualquier mujer de más de diez años sabría qué línea no debía traspasar cuando un hombre estaba así, pero aquel no era un hombre cualquiera. Era su hombre, y la palabra salió de sus labios antes de que pudiera detenerla.
– No.
Capítulo 10
– ¿No? -repitió Andy-. ¿Cómo que no? ¿Qué no quieres darme la llave de tu casa porque prefieres quedarte aquí fuera hasta que nos congelemos, o que no, que no quieres que volvamos a empezar mañana porque estás demasiado enfadada conmigo para dirigirme la palabra?
– Lo que quiero decir es que puedo abrir perfectamente bien mi casa yo sola, Gautier, así que haz el favor de no seguir ladrándome -pasó delante de él y abrió la puerta con tanta fuerza que hasta golpeó la pared-. Entra antes de que nos congelemos.
– Mags -suspiró-. Es una estupidez. Los dos estamos enfadados y sin ganas de dar marcha atrás, así que lo mejor es que lo dejemos. Simplemente esta no ha sido nuestra noche, ¿vale? Acuéstate, duerme bien, y mañana hablamos. Yo no huyo nunca de los problemas, pero es evidente que estamos demasiado nerviosos para…
– ¿Nerviosos? ¿Crees que estoy nerviosa?
Andy se frotó la base del cuello. El estómago le ardía. Sin saber cómo, había echado a perder el día: primero había empleado toda la mañana para cortar un árbol para que después fuera demasiado grande; luego se había olvidado de los adornos, y por último, su maravilloso plan de una seducción frente a su primer árbol de Navidad juntos… bueno, eso no podía haber salido peor. Sabía bien que Mags era demasiado independiente para pretender presionarla en ningún sentido de su relación, pero creía que habían superado ya esos temores. En fin, que la frustración era tal que en lugar de poder dar por terminada la noche, sólo parecía capaz de empeorarla.
– Para tu información, yo no estoy nerviosa en absoluto -le dijo, furiosa.
– De acuerdo, no estás nerviosa…
Su tono pacificador cayó en saco roto porque Maggie, aun con la puerta abierta de par en par, dio media vuelta y de tres largas zancadas, se plantó delante de él con el pelo alborotado por el viento y los ojos lanzando llamaradas. Tenía los puños apretados, como si tuviera intención de darle un puñetazo a algo, o a alguien, y su voz había subido un par de tonos al hablar.
– ¿Es que crees que estás solo en esto, tonto? Pues da la casualidad de que yo también estoy enamorada de ti. Hasta las cejas. Tanto que casi no puedo comprenderlo, pero es así, así que si has pensado que vas a volverte esta noche a tu casa, estás listo.
Aquella declaración no habría podido sorprenderlo más que si el sol empezase a brillar en mitad de una ventisca. Claro que estaba muy furiosa, y quizás lo que había dicho no fuese exactamente lo que quería decir.
– Mm… Mags,
– Lo de antes no era una excusa. Simplemente te estaba diciendo la verdad. Sé que piensas que le estoy dando demasiado importancia a lo de la amnesia y a esos estúpidos ataques de ansiedad. Yo también lo sé, pero no puedo evitarlo. Haría cualquier cosa por olvidarme de ello, pero…
Andy le apartó los mechones de pelo que se le habían puesto por delante de los ojos porque los tenía empapados y porque necesitaba una excusa para tocarla.
– Vamos, Maggie. Basta ya. No sé por qué tienes esas pesadillas, pero no puede tener relación con la noche del accidente. Por mucho que te moleste no poder recordar, te conoces bien a ti misma, y sabes perfectamente que no podrías haber hecho nada que provoque esa sensación de culpa. ¡Pero si no serías capaz de matar una mosca aunque te estuvieran apuntando con una pistola a la cabeza!