Y para colmo, todas aquellas sensaciones estaban empeorando porque ella le estaba besando con la misma pasión que él. Al final tenían que respirar, claro, y cuando Andy aparté el edredón, el sol se asomaba por el confín del cielo, inundándolo todo de un resplandor rosado. Maggie tenía el pulso revolucionado como si fuese un avión a punto de despegar, pero él no parecía tener ese problema, porque se acomodó a su lado para estudiar su rostro como si lo hechizara.
– ¿Sabes? Has suscitado una pregunta interesante -murmuró.
– ¿Ah, sí? ¿Qué pregunta?
Se le había olvidado la conversación. Incluso se le había olvidado su propio nombre.
– La pregunta sobre si siempre me despierto tan lleno de energía… y si tú siempre te despiertas tan guapa. Se me ha ocurrido que podríamos encontrar las respuestas a tantas preguntas… si mis botas estuvieran aparcadas bajo tu cama con más regularidad.
Andy lo dijo sin darle la menor importancia, y Maggie, al oírlo, supo que tenía que despertarse, y rápido.
– No he pensado que alguien que no fueras tú aparcase sus botas bajo mi cama, Gautier, pero tengo la sensación de que estabas hablando de algo un poco más complicado que eso. Si por casualidad lo que estabas sugiriendo era que viviéramos juntos…
– Maggie -lo interrumpió, exagerando una expresión de sorpresa-, ¿de verdad me crees capaz de meterme en aguas tan profundas antes de que nos hayamos tomado un café?
Pues sí, lo pensaba, pero antes de que pudiera continuar, siguió hablando él.
– Aún hace demasiado frío para levantarse, y es demasiado pronto, y mientras estamos aquí acurrucados, me parece un buen momento para soñar despiertos y hacer algunas preguntas de esas… ya sabes, como por ejemplo si alguna vez has pensado tener hijos.
– ¿Quieres decir esos seres que se pasan toda la noche llorando, que llevan pañales y que destruyen cualquier posibilidad de que sus padres puedan tener una vida sexual?
– Sí -contestó, sonriendo.
– Bueno, sí. La verdad es que lo he pensado porque me encantan. Además, tengo experiencia en mimar a mis sobrinos, así que estoy segura de poder echar a perder un par de ellos. Dentro de un tiempo. ¿Y tú? ¿Qué te parece lo de tener hijos?
– ¿Te refieres a esas cositas que no saben andar ni hablar, a los que cuesta un ojo de la cara mantener y que provocan en sus padres úlceras de estómago de tanto preocuparse por ellos?
– Exacto.
– Bueno, pues sí. A mí también me gustaría tener un par de ellos. Dentro de un tiempo. ¿Te has dado cuenta de qué fáciles están siendo las preguntas por ahora?
– ¿Estás intentando prepararme para las que van a venir?
– No, por Dios. De ningún modo -hizo una pausa-. Estaba pensando en… en casas. La tuya es genial, pero un poco pequeña. Y mi casa también está bien, pero no hay una habitación adecuada para la clase de despacho que tú necesitas.
– Andy, ¿de verdad esperas que sea capaz de mantener esta conversación teniendo tú la mano… donde la tienes?
– ¿Quieres que la quite?
– Yo no he dicho eso.
– Entonces, volvamos a las casas. Es que se me ha ocurrido que la solución perfecta sería construir una nueva. Tú podrías diseñarla, y los dos podríamos mojarnos las manos en la construcción. Eso sí yo me ocuparía del tejado, porque si vuelvo a verte en un tejado me da un infarto. Me imagino montañas, árboles, intimidad. Puede que incluso un granero. Habitaciones de más, por si acaso. Y montones de armarios, porque tú eres un desastre.
Ahora sí que había conseguido distraerla, y en más de un sentido.
– ¿Crees que discutiríamos porque yo soy desordenada y tú no?
– No lo creo, pero supongo que discutiríamos por el dinero, porque les pasa a todas las parejas. Pero ya pasamos por una prueba cuando compraste el coche, y también por la de la pasta de dientes. En mi opinión, ya hemos pasado algunas de las peores.
Había dejado de bromear. Tenía la mejilla apoyada sobre la almohada, lo suficientemente cerca para que pudiera ver la honestidad de sus ojos y la sinceridad de su expresión.
– Vivimos en una ciudad pequeña, Andy, y no creo que fuera bueno para un hombre de la ley vivir sin más con una mujer.
– Precisamente porque se trata de una ciudad pequeña, la gente acepta con más facilidad las cosas, y no es que haya malgastado una sola noche en preocuparme por lo que los demás puedan pensar. Pero sólo para tu información, yo tenía pensado algo más vinculante que sólo vivir juntos. Pero no hoy.
– ¿No?
– No -su voz volvió a ser perezosa y baja-. Imposible. No puedo hablar de cosas tan honorables sin que me hayas dado mi dosis de corrupción. ¿Tienes mucho que hacer el martes por la mañana? Es que hay un pedazo de tierra en Wolf Creek. No es que haya hablado nada, pero hay algunos lugares preciosos y la tierra no es cara. No tendré libre más que un par de horas, pero…
Ella seguía aún mareada por su mención de algo más serio, y tardó un instante en caer en la cuenta de la invitación.
– Ay, Andy, no voy a poder.
– No pasa nada.
Vio que por sus ojos pasaba una leve sombra y se apresuró a acariciarle la mejilla.
– Normalmente, mi horario de trabajo es tan flexible que puedo tomarme sin dificultad un par de horas libres, pero es que tengo que ir a Boulder el lunes por la tarde y no volveré hasta el martes por la noche. Y no puedo cambiar la cita porque sólo voy a Mytron una vez cada dos o tres semanas, y hay otras personas que organizan su tiempo contando con que voy a ir. De otro modo, no lo dudaría, Andy. Si pudieras tener ese par de horas cualquier otro día de la semana, sería perfecto.
– ¿Estás segura?
– Completamente.
– No estarás asustándote, ¿verdad? ¿Voy demasiado deprisa?
– Vas demasiado deprisa desde el día mismo que nos conocimos, Gautier. Pero que a veces seas tan testarudo no me ha impedido enamorarme de ti.
– ¿No?
– No.
La sonrisa que le dedicó podría haber derretido un iceberg. Estaba pensando pedirle que le hiciera un café, pero aquella condenada sonrisa la obligó a besarlo, Y aquel beso los condujo a otro, y a otro.
Andy se mostraba vulnerable sólo en contadas ocasiones, y cuando ella le había dicho que no a ir juntos a ver esos terrenos, se lo había tomado como un rechazo, y su deseo de tranquilizarlo se había disparado como una flecha, y a través de las caricias y de la pasión, intentó demostrarle lo que había llegado a significar para ella.
A veces un hombre, por grande, duro y fuerte que fuese, necesitaba que alguien lo rescatase, y a veces una mujer también. Andy la había rescatado de la pesadilla emocional de la noche anterior, y ahora le tocaba el turno a ella. Y en el fondo de su corazón pensó que, si seguían construyendo el pilar de su confianza de aquel modo, podrían superar cualquier problema que les surgiera en el camino.
El lunes a las doce, Maggie se había vestido con un traje de chaqueta y zapatos de tacón, tenía el maletín en la mano y se estaba colgando del hombro la bolsa de viaje cuando sonó el teléfono. Era Joanna, y parecía frenética. Los chicos estaban en el colegio, pero se había quedado sin electricidad en una parte de la casa.
Maggie iba ya tarde, pero evidentemente su hermana era más importante que cualquier trabajo, y seguro que el problema no era más que un fusible fundido. Aparte de llenarse la ropa de polvo en el sótano de Joanna, cambiar el fusible fue pan comido. Calmar a su hermana le costó algo más.
Llegó tarde a Boulder, y su primera reunión en Mytron duró hasta más de las nueve de aquel mismo día, así que cuando llegó al hotel, se metió en la cama y se quedó dormida al instante. Al día siguiente, tendría que levantarse a las cinco, y el ritmo de trabajo iba a ser igualmente frenético. La última reunión terminó a las doce, y normalmente habría vuelto directamente a casa, pero aquel día fue a ver al doctor Llewellyn, que tenía la consulta en el centro de Boulder. Todo estaba abarrotado de gente haciendo las compras de Navidad, así que el sitio libre que encontró para aparcar quedaba a tres manzanas de la consulta. Tenía cita a las dos, y casi llegó tarde, así que para cuando estuvo ya vestida con una de aquellas mortificantes batas de papel esperando en la sala de reconocimientos, tuvo la sensación de que eran los dos primeros segundos que tenía libres desde que había dejado a Andy.