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Pero Andy no había abandonado su pensamiento, y él era la única razón de que hubiese concertado aquella cita con el médico. Tenía tantas ganas de que le hicieran un reconocimiento como de que Hacienda auditase sus cuentas, pero había intentado por todos los medios deshacerse de esos ataques de ansiedad y no lo había conseguido. Incluso había estado a punto de echar a perder su relación con Andy porque uno de esos estúpidos ataques la había dominado, y ya estaba bien.

El doctor Llewellyn entró. Era un hombre de cabello blanco y mirada severa, afortunadamente, la clase de médico que a ella le gustaba. No quería que la mimasen y la calmasen, sino que fueran directamente al grano, y aunque odiaba los reconocimientos, no pudo quejarse de que el médico dejase una sola uña por reconocer.

El doctor se sentó en un taburete gris cuando hubo concluido.

– Estás como un reloj. Yo no me preocuparía por posibles efectos secundarios de esa conmoción. Estás bien.

– Eso ya lo sé -dijo con algo de impaciencia-. Lo que me preocupa es que tengo la sensación de que me estoy volviendo loca.

El médico arqueó las cejas.

– Sólo he pasado una hora contigo, así que no puedo darte una garantía por escrito, pero yo diría que pareces bastante cuerda, Maggie.

– Ya le he contado que tuve un accidente la noche de Acción de Gracias -le explicó-. Cuando me desperté en el hospital, no era capaz de recordar lo ocurrido en las veinticuatro horas anteriores, pero el médico de urgencias me dijo que una pequeña pérdida de memoria o sensación de desorientación era normal.

– Cierto.

– Afortunadamente yo no había sido responsable del accidente. El conductor del otro coche había bebido, y hay testigos. De eso no cabe duda.

– Bien.

– Pero… -alzó las manos en gesto de impotencia-, es que desde entonces tengo pesadillas y ataques de ansiedad, como si hubiera hecho algo por lo que debiera sentirme culpable. Pero es que no hay nada que yo recuerde, y ese periodo de veinticuatro horas es el único de mi vida en el que no puedo estar segura de qué he hecho.

El doctor Llewellyn estudió su rostro.

– ¿Has pensado que puede ser precisamente el estar intentando recordar con tanta insistencia lo que te esté causando la ansiedad?

– Sí, pero es que, verá… yo soy una persona que tiene más en común con la espina que con la rosa, digamos. No recuerdo una sola ocasión en la que haya huido frente a un problema. Quizás otro tipo de persona necesitase bloquear un recuerdo traumático, pero yo soy…

– Como una espina, ya.

– No se ría.

– No me estoy riendo, Maggie. Soy consciente de que para ti es difícil hablar de esto, y también sé que estás preocupada. Pero no hay pastilla que yo pueda darte para que recuperes la memoria. Lo que sí puedo es hacerte una sugerencia…

– ¿Qué?

– Pues que hagas un trato contigo misma -explicó-. Estás preocupada porque sea algo de lo ocurrido en esas veinticuatro horas lo que esté causando las pesadillas. Bien. Vuelve, habla con quien estuviste, con todos los posibles testigos, e intenta recomponer lo que ocurrió aquel día. Puede que eso desencadene tus recuerdos y puede que no. Pero si tras intentarlo no consigues nada, tendrás que prometerte a ti misma que lo olvidarás, que dejarás de darle vueltas y que aceptarás que has hecho todo lo posible.

De vuelta a casa, fue pensando en el consejo del doctor Llewellyn y a medio camino de White Ranch, marcó el número de su hermana en el teléfono móvil.

– Sé que debes estar preparando la cena, pero no voy a poder llegar antes de las cinco y necesito hablar contigo. ¿Te importa si me paso unos minutos?

– Claro que no me importa, boba. No recuerdo la última vez que me pediste algo, porque siempre es al revés. ¿Qué ocurre, Maggie?

No quiso hablar de ello por teléfono y llegó a casa de su hermana en cuestión de minutos. Su hermana tenía ya la puerta abierta incluso antes de que parase el coche, y una copa de vino la esperaba sobre la mesa de la cocina. Joanna se ocupó de su abrigo e hizo de mamá gallina con ella; la transformación había sido sorprendente.

– Es la primera vez que me pides ayuda, hermana, y eso es algo que lleva mucho tiempo molestándome. Quiero decir que eres siempre tú la que me ayuda, y yo la indefensa.

– Joanna! ¡Tú no estás indefensa! Lo que ocurre es que has pasado por un momento extremadamente difícil y…

– Sí. Y me he regodeado en mi propia miseria. Pero tú siempre has acudido a rescatarme, Mags, incluso cuando éramos pequeñas, y a pesar de que la mayor era yo. No soy tan fuerte como tú y nunca lo seré, pero… es que es tan fácil dejar que sean los demás quienes se ocupen de una. Igual de fácil que convencerse de que quizás eres tan inútil como los demás te hacen creer. ¿Quieres un poco más de vino?

Maggie apenas había tomado un sorbo de su copa. Había acudido a casa de su hermana para hablar de su problema, pero aquello le importaba mucho más. Andy le había sugerido con mucho tacto que con su actitud podía estar fomentando la indefensión de su hermana, pero era fácil descartar esa posibilidad como algo que sólo les ocurre a los demás, no a ella. Nunca a ella.

– Siempre he querido que supieras que podías contar conmigo. Siempre. Que estaría a tu lado pasara lo que pasase, pero Joanna, nunca he pretendido que te sintieras indefensa y…

– Ya lo sé. Lo que pasa es que tienes un corazón tan grande que no te cabe en el pecho, pero también sé que tenías miedo de que me viniera abajo, ¿a que sí? -Joanna echó un vistazo a la cazuela que tenía en el horno, se lavó las manos y se volvió hacia su hermana secándoselas en un paño-. ¿Sabes una cosa?

– ¿Qué?

– Pues que podría haber ocurrido. Hace meses que no tomo una sola decisión sin consultarte. Tú me has cambiado los fusibles, me has arreglado los grifos, has hablado con los chicos cuando tenían problemas. Incluso has tapado los agujeros de mi cuenta bancaria. Hasta la mañana en que me emborraché, fuiste tan comprensiva…, cuando yo me estaba comportando como una completa imbécil. Si te fijas, te he servido una copa de vino a ti, pero para mí no. La cuestión es, ¿por qué nunca me has mandado a hacer puñetas, Maggie?

– Pues porque te quiero.

– Ya sé que me quieres. Pero la razón verdadera es que temías que me viniera abajo-dijo pacientemente-. Y cuanto más me ha tratado todo el mundo como si fuese una frágil figura de porcelana, más me he llegado yo a creer que podía romperme con facilidad. No estoy segura de poder recuperarme, Mags, pero necesito intentarlo.

– Está bien. ¿Qué quieres que haga yo?

– Pues que la próxima vez que te pida ayuda, me digas «búscate tu sola la vida, monada».

– ¿Tengo que llamarte monada?

– Pues no, pero es una de esas palabras sexistas que siempre he detestado, así que supongo que no me vendría mal para espolearme. Y esta es la última palabra que decimos sobre mí, en serio. Tú has venido aquí con un problema, y quiero oírlo.

Pero Maggie fue incapaz de hablar durante unos segundos. Era un jarro de agua fría estar intentando ayudar a una hermana y terminar haciéndole daño. Andy había intentado decírselo, pero ella se había cerrado en banda y no había querido escuchar.

– Maggie, ¿es por Andy? Ya me he dado cuenta de que estás enamorada de él. Nunca has tenido un brillo en la mirada como el que tienes ahora. Y sé que piensas que no soy lo que se dice una chica dura, pero si te ha hecho daño, te juro que me va a oír…