Выбрать главу

Alcanc la carretera como un guerrero derrotado y humillado, sin un zapato, ni camisa. Mi tronco desnudo dejaba ver la mancha de sangre que provena de mi ojo hinchado. El antebrazo conservaba la herida abierta de la que an manaban algunas gotas de sangre hasta los dedos.

Caminaba entumecido por la mitad de la va, a pasos cortos. Pareca plido como una pared blanca. Haba perdido mucha sangre. Al fondo, alcanc a ver una hilera de soldados caminando hacia m, encalet al borde de la carretera la ametralladora MP-5 y continu mi camino. Al encontrarme con ellos frente a frente, metros ms adelante, se colocaron a lado y lado de la va. Pienso que recorr un kilmetro de uniformados que me observaban impvidos, perciban en m la trgica escena final de un combate. Cuando encontr al cabo en la ltima fila, como siempre, le dije: Yo s que tengo compaeros muertos y heridos. Quisiera llevrmelos. El tipo no dud y slo dijo: No hay problema. Consiga un carro y entre por ellos. No s por qu estall en llanto como un nio. Me ahogaba ensimismado. Respir con dificultad y llor sin consuelo ante el cabo asombrado.

Una moto me traslad hasta el puesto de salud ms cercano en la vereda Santa Catalina. All, sentado en la nica camilla del humilde lugar donde slo exista una inyeccin antitetnica para colocarme, me sent observado, alc la cabeza y apareci como de la nada un viejo con la piel curtida por el sol y los aos. Mirndome, me habl: Esta guerra nos va a matar a todos.

Ese da no estaba escrito que yo morira; tampoco Mvil 5, 18 y el Amigo, pero al Mono Guerrillo s le haba llegado la hora, como tambin al Chino y a Jhon Jairo Lpez, en cuyo honor uno de los frentes de la Autodefensa lleva su nombre.

Regres por los cadveres de mis hombres y por el camino alcanc a ver tres guerrilleros muertos, toallas y hamacas ensangrentadas. Las piedras manchadas dejaban ver los ros de sangre derramados por los cuerpos de los muertos que se llevaron. Fue una batalla campal entre hombres de las FARC, quiz por una reaccin loca que yo asum. Seguro eso los descompuso pero me pudo haber costado la vida.

Lo ms lamentable fue la muerte del teniente de la Polica que llamaba al campamento de ingenieros del Ejrcito pidiendo ayuda. Nosotros oamos, camino al pueblo, cmo el oficial peda apoyo por radiotelfono y el capitn del Ejrcito que le contestaba: Yo necesito rdenes del comandante y no est. Luego el polica suplic: !Por favor aydeme! Nos estn atacando fuerte. A lo ltimo se lamentaba: Aydeme, por favor. Aydeme A los tres minutos falleci.

El pueblo lo salvamos nosotros y los agentes atrincherados en la estacin y el campanario de la iglesia. Al retirarme recuerdo haberme apoderado del aerosol que siempre guardo en la guantera del carro. Me acerqu a otro de los vehculos que pareca un colador y escrib: Por la defensa de la democracia. Cmo es la vida: al da siguiente, en los peridicos, se dijo que la guerrilla haba pintado la frase antes de partir.

El eplogo del primer encuentro con Carlos Castao y el final de su relato sobre el combate de San Pedro coincidieron con la llegada de la noche. En el campo la jornada comienza muy temprano y se acaba apenas oscurece. No eran an las siete de la noche cuando la escolta del Comandante nos sirvi la comida, una sobredosis de harinas: arroz, papa, yuca, patacn y un esqueltico muslo de pollo. Castao slo dijo:

-Maana almorzaremos un delicioso pollo, mucho mejor que ste; de aquellos que nos traen del pueblo.

La comida no saba mal, pero la sazn no era la de una madre sino la de un hombre de guerra cocinando en el monte. Castao se alimentar as todos los das?, me pregunt. Luego de varios encuentros me enter de que lo que menos le preocupa es alimentarse bien o mal. Su ansiedad y el hambre los mitiga con un cereal al desayuno y papitas fritas durante el da. En nuestra conversacin de esa tarde fue habitual verlo destapar dos y hasta tres bolsitas de papas.

-Soy mecatero a morir. En cada finca donde acostumbro a quedarme usted siempre encontrar una caja de estos paquetes; tambin, dentro de las mochilas, en plena selva.

Con nosotros en la mesa ya estaba su novia y futura esposa, pues el noticiero iba a comenzar. Castao mira los noticieros sin hacer muchos comentarios, pero ese da me sorprendi su reaccin al ver en la pantalla a Graosles, un comandante guerrillero de las FARC. El subversivo le daba la mano a los primeros agentes de la Polica que entreg el grupo guerrillero despus de dos aos de retencin. Castao dijo:

-Qu bueno para esos muchachos. A uno s le da cierta cosita ver a Granobles ah, pero uno por un familiar secuestrado, entrega todo; hasta el Estado.

Me esperaba un comentario ms radical en desacuerdo con el intercambio de prisioneros entre el Gobierno y las FARC, pero era su forma de criticar al Presidente y su proceso de paz que no avanzaba hacia un cese de hostilidades. Se par antes de los deportes e invit a su novia:

-Vamos, amor, hoy ha sido un da duro. Estoy cansado y me duchar antes de acostarme.

Me acomod en la sala contigua donde me haban acondicionado una colchoneta, sbanas, toalla y una cobija.

Acomodaba mi morral como almohada y Castao pas por el frente con una toalla verde en la cintura, un cepillo, crema dental, y dijo:

-Periodista, maana nos levantamos muy temprano.

Ese da result tensionante de comienzo a fin. Me encontraba con uno de los hombres ms buscados de Colombia, a quien haba convencido escribir un libro sobre su vida. Acababa de caminar descalzo y en toalla hacia el bao, despojado del intimidante camuflado.

Entre la oscuridad y el silencio, no poda dormir recordando sus frases sueltas. Tom una linterna y mi libreta para anotarlas hasta que el sueo me venci.

II. PIZARRO TENA QUE MORIR

Esa noche no fue fcil dormir. Trataba de descansar pero lo que hice fue guardia con los ojos cerrados como un centinela. Por eso advert la presencia de Castao cuando prendi la luz del comedor para sentarse a leer. Las manecillas fosforescentes de mi reloj daban las tres de la madrugada. De inmediato enderec el cuerpo, me sent en la colchoneta y Carlos Castao salud sin dejar de observar los papeles que l tena en la mano:

-Buenos das.

Pens en contestarle: Querr decir buenas noches, comandante; an est oscuro. Pero prefer devolver el saludo con una fingida voz de hombre despierto:

-Muy buenas, comandante Castao. Se levanta usted muy temprano.

-Esta es la mejor hora para trabajar. Siempre me pongo de pie entre la una y las cuatro de la madrugada. El silencio me permite concentrarme, escribir y leer con calma. Adems, aprovecho el tiempo para revisar mi correspondencia.

Al acercarme al comedor, puso a mi alcance varios papeles:

-Esto le puede servir. Es un e-mail de uno de nuestros amigos de la academia europea. Yo le voy pasando documentos para que conozca cada vez ms la Autodefensa. Guardia, unos tintos para ac, por favor!

Castao atrajo mi atencin al frotarse varias veces su cabeza con la palma de la mano, y como a quien una idea le inquieta me dijo en tono enftico:

-Todo lo que se va a contar en este libro es verdad pero no dir toda la verdad. La verdad tiene una frontera, justo donde es posible hacerle dao al pas.

Este argumento ha ocultado la verdad detrs de numerosos acontecimientos. Es una vieja constante colombiana expresada por muchos de diferentes maneras. Pero en su afn de comentar su verdad, Castao raya en la autoinculpacin, algo fuera de lo comn en los comandantes de los ejrcitos irregulares. La historia recordar a este hombre por haber sido el primer actor del conflicto en atreverse a expresar innumerables realidades, dar la cara y asumir la responsabilidad de sus excesos y los de su tropa como un gesto autocrtico de paz. En un futuro, tales verdades podrn devolverse en su contra como innegables dagas condenatorias en algn tribunal internacional.