Durante muchos años Loreto fue la más recatada, la más convencional, la más sensata. Al contrario que yo, ella siempre estaba a salvo de presunciones, tenía gran dominio de sí misma y ninguna situación, por difícil que pareciera, se le resistía. Loreto cargó con la enfermedad de madre, con los líos de la farmacia, con todo el papeleo de la herencia de abuela, y ahora, cuando ya podía vivir su propia vida, ha cargado también con la separación de Fernando, el chino, que se fugó a Venezuela y no da la cara para saldar sus deudas. A Loreto le ha estallado la paciencia y se deja querer porque está harta de querer ella sola. Su comportamiento, sin embargo, me resulta mezquino, cómodo y poco franco. Loreto nunca tendrá valor para entregarse abiertamente a Charo, porque el valor sólo es patrimonio de Charo, que nació libre como el aire del desierto y nos ha dado a todos una constante lección de vida.
Padre me ha dicho que el otro día Loreto almorzó en su casa, había prometido hacerle una visita y se presentó con Charo y una amiga nueva que debe de ser del gremio, porque a mí ahora todas me parecen del gremio, incluida Loreto. Iban cargadas de bandejas con comidas preparadas, pastelitos y canapés, invadieron la cocina y luego almorzaron alrededor de padre, que quedó entusiasmado con sus atenciones. Tres eran tres. Van de tres en tres para disimular. Muy típico de Loreto: primero disimular, después quedar bien. Loreto sabe quedar con padre mejor que yo, pues yo voy a visitarlo los jueves y sólo me siento junto a él para ver el telediario en silencio. Ella, en cambio, le da mucha conversación. Las palabras de Loreto son literatura de revista femenina, carne de relaciones públicas, fioritura de ocasión, y embauca con ellas a sus interlocutores. Padre, sin ir más lejos, es su más rendido admirador. Por eso Loreto nunca mostrará sus debilidades ante él. Sería como manchar su imagen, decepcionarlo, echar por tierra esa grandeza con la que siempre se ha investido en familia. ¿He dicho grandeza? Tengo razón. Recuerdo uno de los últimos cumpleaños de abuela. Loreto se había dedicado durante tres meses a prepararle una gran fiesta en uno de los mejores complejos ajardinados de la ciudad. Trabajó mucho, pero el día del cumpleaños parecía ella la homenajeada. Vestía una de esas horribles faldas abullonadas que hicieron tanto furor en la época y taconeaba arriba y abajo dando órdenes y manejando a la pobre abuela como si fuera una marioneta. Todos la felicitaron por el éxito de la orquesta, le dijeron que estaba muy guapa y se pelearon por salir en las fotos a su lado. Loreto estaba radiante, y así consta en los álbumes de la familia. Sólo yo le veía los defectos, porque yo soy muy quisquillosa y aquel día me daba rabia que todos los honores se los llevara ella. No lo he comentado, pero a mí nunca me han pasado inadvertidos los defectos de Loreto, empezando por Fernando, su principal defecto, que ya entonces iba de novio formal y contaba con el beneplácito de padre.
Loreto es homologable a muchas mujeres de su edad, tiene un criterio común y una moralidad de puertas para afuera que ahora sufre una tormentosa sacudida. Ella no lo admite, como yo no admito el estupor que me ha causado su noticia, pero Loreto se ha traicionado a sí misma. Me pregunto por qué no la acepto, por qué la juzgo ahora con más severidad de la que utilizaría ella conmigo, por qué no le aplico ese discurso tolerante que aplico a los demás. No hallo la respuesta. El problema puede que esté en mí, porque yo no soportaría -o lo soportaría, pero mal- ver a Loreto en un periódico, retratada furtivamente junto a Charo en una de esas manifestaciones que se convocan para celebrar el orgullo gay.
Tal vez este sentimiento sea producto de la contrariedad, pues ahora extraño mucho su apoyo, la fuerza que siempre me ha faltado para tomar decisiones. Loreto podría ayudarme a elaborar esta complicada despedida que me taladra el alma. Pero Loreto no está.
Nunca volverá a estar, yo lo sé. Loreto se ha escabullido con sigilo para no delatarse, y a partir de ahora sólo deseará quedar bien conmigo felicitándome el día de mi cumpleaños -eres una géminis de manual, dice siempre, no hay quien te entienda- u ofreciéndose a hacerme la declaración de la renta.
Tengo a Leo, que en estos momentos duerme a tres kilómetros de mi estudio. Desde aquí noto su respiración, el hálito de sus pensamientos, la blandura homogénea de su vientre. Leo está revolcándose en la cama con el perfume de mi ausencia, lo puedo ver entre las rendijas de mis palpitos. Quiero escribir que me urge de nuevo su cuerpo, su sonrisa de coñac, el brillo acharolado de sus pequeños ojos, la soberbia de su frente abierta como un mar, esa cintura desbordante a la que me he abrazado hoy mismo, el perfil que tantas veces he recorrido con las yemas de mis dedos, especialmente el punto donde se inicia su nariz, que no es un punto sino una continuación, un capricho geométrico de su anatomía, un trazo único y exclusivo en cuya contemplación he quedado largo tiempo absorta después de amarnos. Leo me abraza a distancia. Siento en mi rostro las cosquillas de su pecho de hormigón, tan poblado de vello. Ha vuelto a mí con la fuerza arrolladora del amante y toda entera me he sentido poseída por el temblor. Ha bastado una visita suya para que aflorara mi sexualidad adormecida entre nubes y la mujer que llevo dentro iluminara a la mujer de fuera. Ante Leo recupero la seguridad perdida. No me importa que él descubra mi celulitis acartonada en las cartucheras, la brevedad de mi escote o esa languidez de las nalgas que pide a gritos un apaño ortopédico. Leo se refugia entre las columnas de mis muslos y busca la soledad del templo, que es un templo hecho a la medida de su hombría. No le importan mis faldas cortas, ni mis cabellos embravecidos, ni esa ropa interior que elijo con tanto cuidado cuando viene a verme. Leo es un hombre austero y me gusta. Pero no me gusta porque sea austero. Me gusta porque es Leo. Hemos hablado del futuro y yo le he hecho preguntas que hasta ahora sólo tenían una respuesta incierta. Preguntas sobre su nuevo destino, sobre mis posibilidades de trabajo, sobre la casa que nos apetecería compartir. Más allá de los sueños hay una vida real que exige soluciones cotidianas, remedios detestables que están hechos para todas las parejas que comparten un edredón, un baño y un microondas. Eso es lo que más temo de mi futuro con Leo. Nuestra ilusión no debería contaminarse de problemas domésticos, porque un amor así no puede estar expuesto a los olores del cuarto de baño, a los plomos fundidos, a las manchas de humedad en una pared, a las agresiones del radio-despertador o al ruido incesante de una cisterna que gotea en la placidez de la noche. También me preocupa la solución legal que daré a mi matrimonio. Aunque con frecuencia he sostenido que me iría de casa con lo puesto, ahora comprendo que se trata de una ingenuidad. Leo no anda sobrado de dinero y sería estúpido por mi parte renunciar a lo que en justicia me corresponde. Sin embargo, no estoy dispuesta a obstaculizar con exigencias mi decisión. Lo primero es lo primero.