Выбрать главу

La amiga francesa de Marius había escrito diciendo que vendría a España aprovechando un viaje de su padre y que tenía a bien aceptar nuestra invitación para pasar en casa un largo fin de semana. Yo no la había invitado, y Ventura tampoco, pero Marius lo hizo en nombre de todos y no quedó más remedio que poner buena cara. La amiga francesa de Marius era como la madre de la amiga francesa de Marius, quiero decir que al chico le sacaba mucha ventaja, y no sólo -o no precisamente- por ser francesa sino por ser mujer. Todos los muchachos de mi generación tuvieron en tiempos una amiga francesa, pero la amiga de Marius era distinta, o al menos no llevaba la carga de intencionalidad que llevaban las francesas de antes. Se habían conocido el último verano en Irlanda, en un instituto de idiomas, y congeniaron tanto que decidieron no echar a la papelera sus respectivas direcciones, escritas con la premura de la despedida en un trozo de papel cuadriculado. A los pocos meses ya estaba la chica tomando posesión de nuestra casa. Dadas mis circunstancias personales no parecía el momento más oportuno, pero callé. Tampoco era cuestión de contradecir a Marius, con lo que se avecinaba. Silianne, la amiga francesa de Marius, además de francesa y amiga, tenía la cara muy dura. Entraba y salía constantemente de mi cuarto de baño, utilizaba las cremas que estaban a su alcance, desvalijaba la nevera y siempre tenía la habitación -la misma que había utilizado Loreto durante una temporada- hecha una pocilga. La propia asistenta protestó porque a todas horas encontraba bragas en el suelo. Decía que la francesa era una guarra y yo, para poner paz, replicaba que el hecho de cambiarse tanto de bragas no indicaba que fuera guarra sino justamente lo contrario. Lo peor, con todo, no era su desorden ni su desparpajo, sino su aversión a Rocco. Fue lo primero que dijo nada más llegar, «me dan pánico los perros», de modo que el pobre Rocco se pasó tres días encerrado en un cuarto, resoplando bajo la puerta y emitiendo gemidos hasta que se dormía de aburrimiento.

Descubrí en Marius un comportamiento distinto, como una nueva dimensión de su personalidad. No es que hubiera sufrido una mutación repentina, pero se mostraba diligente, más expresivo, más amable, y al levantarse, por las mañanas, incluso daba los buenos días. En la mesa mantenía charlas coherentes, opinaba sobre los programas de televisión y no se dedicaba, como otras veces, a destrozarme los individuales con la punta del tenedor. La francesita era sin duda la artífice involuntaria del cambio. Tenía que agradecérselo a ella. La última noche de su estancia nos quedamos los tres, Silianne, Marius y yo, hablando en el salón. Yo me hice la moderna y les invité a whisky, pero sólo Silianne aceptó. No mucho, dijo en francés, sólo dos deditos, seco, sin soda. Y se sentó en el sofá con las piernas cruzadas en plan oriental, como si estuviera de vuelta de las reuniones y los whiskies. Alrededor del cuello llevaba una pequeña bolita de lapislázuli enganchada a un cordoncito negro, y todo el rato le daba vueltas a la bolita con los dedos. Me encanta Marius, dijo avanzada ya la conversación, me encanta porque es de esos chicos a los que puedes contárselo todo y sabe escuchar. Yo no me imaginaba a Marius escuchando nada, ni siquiera una conversación de Silianne, que tenía dieciséis años y era como un sarpullido de palabras locas. Silianne se acabó el whisky en diez minutos, pero no volví a ofrecerle más. Marius jugaba con un desmontable que había encima de la mesa porque estaba un poco nervioso y no sabía qué hacer con las manos. Yo bebía cerveza y miraba a Silianne, que seguía dándole vueltas a la bolita de lapislázuli. Todos los chicos españoles que había en Irlanda eran muy raros y sólo se juntaban con otros españoles, dijo ella. Todos menos Marius, claro.

Ventura estaba encerrado en el estudio preparando una conferencia y nosotros nos entregamos poco a poco a las confidencias. No puedo decir que yo les confiara secretos, pero me abrí un poco de carnes y hablé de las relaciones de pareja con una sinceridad algo descarada. Silianne era hija de padres separados y encajó la explicación con gran familiaridad, como si le hubiera hablado del páté de canard. Pero yo no me estaba dirigiendo a Silianne sino a Marius, porque quería que mis palabras sirvieran de preámbulo. Mi padre se ha vuelto a casar, dijo Silianne, su nueva mujer es script de cine y me lleva a algunos rodajes. Marius preguntó qué era una script y ella se lo contó por encima. Papá dice que el segundo matrimonio es el bueno, añadió. Me parece que yo quise sonreír, pero se me quedaron los músculos como almidonados.

Nos acostamos tarde, y a mí me dio la impresión de que Marius estaba contagiado por una extraña melancolía. A la puerta de su habitación, cuando le llevé a Rocco, tuve necesidad de darle un beso y su cara me esquivó. Fue como una bofetada. Muchas veces Marius me había esquivado, pero aquella noche su gesto tenía un significado especial. Aturdida, le dije que necesitaba charlar con él cuando partiera Silianne. Me oyó, pero no se dio por aludido. En silencio, dirigió sus pasos hacia la estantería, tomó un libro y me lo tendió con la mano: «Toma; lo cogí para un trabajo», dijo sin mirarme. Era un diccionario mitológico. Lo abrí instintivamente y vi que entre sus páginas estaba aprisionada una gruesa carta de Leo.

Me morí y no resucité hasta el día siguiente.

Cuando Ventura me decía «pinchas como un cactus», yo no sabía a qué se refería. O lo sabía, pero no me daba la gana reconocerlo. En efecto, yo pinchaba como un cactus. Era poco cariñosa, siempre lo había sido, y cuando de pequeña padre me acercaba su mejilla, pedía un duro a cambio, un duro para la hucha, decía yo, así iba labrándome mi pequeño patrimonio: un beso, un duro. Dos besos, dos duros. Al agitar la hucha calculaba mentalmente el número de besos que había repartido y me ponía contenta. Madre en cambio me reñía porque tenía la mala costumbre de limpiarme la cara cada vez que alguien me besaba. Es de mala educación, decía ella con gesto serio, y aunque yo procuraba enmendarme, en seguida lo olvidaba y la siguiente vez volvía a frotarme la mejilla con la mano.

Reconozco, pues, que no besaba y además era un poco hosca, pero por dentro me sentía como hecha de algodón, de ese algodón que antes vendían en las ferias y que tenía sabor de caramelo. Cuando estaba enfadada o triste me deshilachaba como el algodón, lo que pasa es que procuraba disimularlo para no parecer una pánfila. Con Ventura también era así. Delante de Ventura fingía bastante porque tampoco quería que descubriera mis debilidades. Cuando estaba muy azotada por dentro y no podía más, el caramelo se derretía y yo lloraba lágrimas de almíbar, pero ni siquiera entonces Ventura se preocupaba de mí. Yo le decía que se apartara de mi vista, o no le decía nada y me encerraba en el cuarto de baño, abría el grifo y me lavaba el rostro, una vez, dos veces, muchas veces, hasta que el agua fría borraba todas las huellas del berrinche y volvía a estar presentable. Ventura no se quejaba tanto de mi naturaleza arisca como de mi escasa disposición a corregirme. En cierto modo él me hacía responsable de haber neutralizado su capacidad afectiva. Pero era una excusa tonta. Ventura tenía más pinchos que yo. Nadie había conocido jamás sus afectos. Ni su madre, de quien escapó recién iniciada la adolescencia para no regresar nunca, ni su padre, aquel hombre que andaba con los pies en acento circunflejo y al que no escuché ninguna palabra de afecto porque tenía el corazón tan mudo como Ventura. O sea que el cactus era él, y a mí no me engañaba. Yo temía que Marius heredara esos pudores ancestrales y acabara siendo un eslabón más de aquella terrible familia donde nadie quería a nadie y todos protegían sus sentimientos con gestos de desdén.