– No obstante, prefiero que nuestro idilio sea más privado que familiar.
– ¿Qué pasará con Glenkirk en tu ausencia? ¿Se lo dirás a tu hijo?
– Adam es un hombre hecho y derecho, apenas mayor que tú, mi dulce paloma. Es sensato y sabe que algún día heredará Glenkirk, de modo que ya ha asumido ciertas responsabilidades.
Patrick la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza, rozando con sus labios la rojiza coronilla de Rosamund.
– ¿Está casado?
– Sí, aunque jamás entenderé por qué se casó con Anne MacDonald. Se conocieron un verano, en los torneos de tierras altas. Ella era joven, linda, no ignoraba que Adam era el heredero de un conde y supo adularlo. Él cayó en la trampa. Adam se parece mucho a su madre, aunque nunca conoció a mi dulce y vulnerable Agnes. Por suerte, tiene la cabeza bien puesta sobre los hombros y el sentido común de los Leslie. Pero no se parece a mí. En nada. Nunca lo persiguieron las jóvenes ni fue mujeriego, por eso Anne pudo apoderarse de su corazón con tanta facilidad. Provenía de una buena familia y yo no tenía ninguna razón de peso para impedir la boda. De manera que contrajeron matrimonio. Sólo al cabo del tiempo Adam descubrió que se había casado con un gallo de riña. Sin embargo, ella me tiene miedo y por eso la vida de mi hijo no ha sido intolerable. Aunque parezca extraño, a veces siento pena por Anne y Dios sabe que ha cumplido con su deber. Tengo dos lindos nietos y una nietita que nació el año pasado, una hermosa criatura que en nada se asemeja a la madre. Se llama como su abuela, mi dulce Agnes. Anne se limita a dejarla al cuidado de la nodriza. Espero que mi nuera disfrute de estar a cargo de Glenkirk durante mi estadía en el extranjero -concluyó el conde con una mueca donde se mezclaban la tristeza y el sarcasmo.
– Entonces no tendremos necesidad de preocuparnos por nuestras tierras ni por nuestras familias mientras estemos en San Lorenzo.
Nos hemos ganado el derecho de pasar esta temporada juntos, mi querida -le respondió, rodeándola con sus vigorosos brazos-. Ahora nos conviene dormir. Mañana habrá que empezar a planificar el viaje.
Llevaremos lo indispensable, pues una vez arribados a Francia, tendremos que cabalgar hasta San Lorenzo. Un carruaje con toda su parafernalia podría suscitar el interés de quienes se ganan la vida vendiendo información, pero unos pocos jinetes pasarán inadvertidos. ¿No te atemoriza la idea de cubrir a caballo un trayecto tan largo?
– No. Aunque supongo que si Annie y yo nos vistiéramos con ropas masculinas, nos resultaría más fácil cabalgar y atraeríamos menos la atención.
– Tienes razón, mi dulce muchacha, pero ¿sabes montar a horcajadas, como un hombre?
– Por supuesto que sí. E incluso con faldas, milord. ¿Crees que pareceré un joven guapo en calzas y jubón?
– Sí, tal vez demasiado guapo. Ahora duérmete de una vez, Rosamund. No tardará en amanecer y debes concurrir a misa con la reina.
Ella apoyó la cabeza en su pecho y acunada por el corazón del conde, cuyos latidos sonaban acompasadamente bajo su oído y por su respiración rítmica y tranquila, se quedó dormida.
Cuando se despertó, él no estaba y Annie revoloteaba por la habitación. Miró hacia la ventana y vio que afuera aún estaba oscuro; eso significaba que tenía tiempo de sobra. Luego de bostezar, estiró su entumecido cuerpo con la gracia de un felino.
– Buenos días, Annie.
– Buenos días, milady. El conde ya se ha ido y dice que la verá más tarde. También, me dijo que usted quiere hablarme. ¡Oh, milady, espero no haberlos disgustado otra vez! -el rostro de Annie mostraba todos los signos de la angustia más extrema.
– No, no has disgustado a ninguno de los dos -replicó Rosamund, incorporándose en la cama-. Ahora pon más leña en el fuego y alcánzame la jofaina.
Hizo a un lado las mantas, se sentó en el borde del lecho y, temblando, apoyó los pies en el frío piso de piedra. No era grato abandonar el cálido nido.
Annie le trajo la bacinilla. Rosamund tomó un paño de franela, lo sumergió en la jofaina y se lavó lo mejor que pudo. Extrañaba su baño diario, pero a los sirvientes de Stirling les molestaban incluso sus abluciones semanales y a regañadientes traían el agua para llenar la pequeña tina de roble. Sin embargo, nunca se atrevieron a negarse, pues sabían que la inglesa era una antigua y querida amiga de la reina.
– ¿Qué vestido se pondrá hoy, milady?
– El de terciopelo anaranjado. A Tom le encanta. Aunque me pregunto si los bordados en oro no son demasiado llamativos.
– Es un vestido hermoso, señora. Lo sacaré del baúl y le alisaré las arrugas.
Rosamund volvió a meterse en la cama.
– Annie, como bien sabes, nunca me gustó que los demás tomaran decisiones con respecto a mi vida. Pero esta vez he decidido viajar con el conde y me gustaría que me acompañaras. No es mi intención imponer mi voluntad y puedes optar por lo que mejor te parezca. Eso sí, nadie debe enterarse. En la corte pensarán que hemos regresado a nuestros respectivos hogares. Si prefieres no acompañarme, volverás a Friarsgate con lord Cambridge, sana y salva. Y, por cierto, no albergaré rencor alguno contra ti. Pero fuera cual fuese tu decisión, no puedes repetir nada de lo que acabo de decirte. A nadie. ¿Comprendes, Annie?
La muchacha, más que sorprendida por las palabras de su señora, inspiró una buena bocanada de aire, antes de preguntar:
– ¿No volveremos jamás a Friarsgate, milady?
Sintió que el vestido de terciopelo que sostenía entre las manos pesaba ahora como si fuera de hierro. Rosamund se echó a reír.
– Annie, jamás dejaría a mis hijas y mucho menos con tío Henry rondando por ahí -la reprendió, medio en broma, medio en serio-. Si las abandonase, el muy ladino se las ingeniaría para casarlas a las tres con sus odiosos hijos. Además, adoro Friarsgate. Siempre volveré a casa, Annie, tenlo por seguro.
La doncella asintió lentamente.
– ¿Y cuándo regresaremos?
– No lo sé, pero supongo que en unos pocos meses. Deseamos pasar un tiempo juntos antes de separarnos.
– ¿Y por qué no se casa con el conde? Perdone, señora, no fue mi intención meterme donde no me corresponde, pero la verdad es que no lo comprendo.
– Es muy sencillo: el conde no puede abandonar Glenkirk y yo no puedo abandonar Friarsgate. Si mis hijas fueran más grandes consideraría la posibilidad de unirme a él en sagrado matrimonio, pero son demasiado jóvenes y aún necesitan de mi cuidado.
Annie volvió a asentir, comprendiendo, aunque no del todo, cuanto decía su ama.
– ¿Y adonde iremos?
– Allende el mar.
– ¿Allende el mar? ¡Jamás he pisado un bote, milady!
– Tampoco yo -replicó Rosamund, echándose a reír-. ¡Será toda una aventura!
– ¿Y cuánto durará el viaje por mar? -Unos pocos días, a lo sumo.
– ¿Y volveremos a casa después de todas esas aventuras? Júreme por la Bendita Madre de Dios que así será.
– Te lo juro -replicó Rosamund con la mayor seriedad-. Es probable que regresemos en otoño, o incluso antes.
Annie inspiró profundamente y luego dijo:
– Iré con usted, milady. Pero ¿qué dirán la señora Maybel y el señor Edmund? ¿Y quién les comunicará la noticia? -Lord Cambridge, Annie.
– ¿Y ya lo ha puesto al corriente? -insistió, mientras desenrollaba dos pares de medias.