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– ¿Por qué no puede aceptar mi rechazo? -se quejó. Luego dirigió su mirada al conde-. ¿Todavía no le consiguió una esposa? Sus hermanos quieren que se case lo antes posible, milord y él debería hacerlo.

– Tengo una o dos en vista, señora, pero él es muy testarudo. Le va a costar convencerlo de que no se casará con él.

– Pero lo convenceré, con la ayuda de Dios. Estoy tan enamorada de Patrick Leslie que no soporto estar alejada de él, ni siquiera cuando debo acompañar a la reina -dijo Rosamund.

– Entonces vaya, señora, y trate de iluminar con esa verdad a mi primo.

Rosamund pasó delante de Patrick Hepburn, abrió la puerta y entró en un pequeño cuarto revestido en madera.

– Buenos días, Logan. ¿No me creíste cuando te dije que no me casaría contigo?

– Desde luego que no -contestó con tono beligerante-. ¿Se puede saber qué te pasa? Soy un hombre rico, dispuesto a ofrecerte un honorable matrimonio y mi buen nombre. Darás a luz a mis hijos y serás la madre del próximo amo de Claven's Carn, Rosamund. Friarsgate siempre te pertenecerá, si eso es lo que temes. Philippa es su heredera. Ya hemos hablado de eso.

Sus maravillosos ojos azules estudiaron el rostro de Rosamund en busca de una señal que le permitiera albergar alguna esperanza.

Ella suspiró profundamente.

– Tú no entiendes, Logan, y me pregunto si alguna vez lo harás -le señaló, pensando que era un hombre apuesto pero demasiado simple para su gusto

– ¿Entender qué? ¿Qué tengo que entender?

– A mí. Tú no me entiendes, Logan. No entiendes cómo me siento luego de enviudar por tercera vez en veintidós años. ¡No quiero otro marido! Al menos no por ahora. Y si algún día decido casarme, seré yo quien tome la decisión. Mi tío Henry no decidirá por mí. Margarita Tudor no decidirá por mí. Nadie decidirá por mí, sino yo. Siempre cumplí con mi deber, hice todo cuanto se esperaba de la abnegada dama de Friarsgate. Ahora haré lo que me plazca.

– ¿Y lo que te place es hacer el papel de ramera con un anciano escocés? Si es así, Rosamund, me siento obligado a cuestionar tu decisión -opinó Logan con dureza.

– Patrick Leslie ya ha vivido medio siglo, es verdad -respondió con calma-, pero no es un anciano en ningún sentido y me ama. Tú jamás me has dicho que me amas, Logan Hepburn. La vieja historia de que me viste cuando era niña en Drumfie y que desde entonces te obstinaste en casarte conmigo porque era bella me la has contado mil veces. Siempre has repetido lo mismo: que me darías tu nombre y me concederías el honor de ser tu esposa. Que me querías para parir a tus hijos. Pero ni una sola vez me dijiste que me amabas. Solo me sentí deseada. Pues bien, Patrick me ama y yo, a él. Cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez, fue como si nos hubiese partido un rayo. En ese preciso instante supimos que estábamos locamente enamorados.

– ¡Pero claro que te amo profundamente, tonta mujer! ¿Cómo es posible que no lo sepas?

– ¿Cómo me iba a enterar si sólo hablabas de tener hijos?

– Pero podías haberlo adivinado, Rosamund. Lo nuestro era algo más que una simple amistad entre vecinos.

– No había nada entre nosotros -sostuvo ella con firmeza-. Apenas te conozco, Logan Hepburn. Y lo poco que conozco de ti no me gusta. Eres un hombre arrogante y descarado que no vaciló en cortejarme el día de mi boda con Owein Meredith. Luego, cuando quedé viuda de ese buen hombre, me comunicaste que nos casaríamos y que sería la madre de tus hijos. Nunca se te ocurrió preguntarme si estaba de acuerdo: te limitaste a informarme tus deseos, que son distintos de los míos. Ya me casé tres veces para complacer a los demás. Ahora soy una mujer libre y rica, decidida a complacerse y a complacer a Patrick Leslie. ¡Y a nadie más! ¡Búscate otra mujer, Logan! Debe existir alguna dama en Escocia, además de mí, que satisfaga tus deseos. Tu deber como lord de Claven's Carn es procrear un heredero y una nueva generación, que en un futuro te sucederán a ti y a tus hermanos. Eres un buen hombre y mereces una mujer que te ame. Pero yo amo a Patrick Leslie.

– Entonces pretendes ser una condesa -dijo con crueldad.

– No tengo intenciones de casarme con el conde de Glenkirk, Logan. Ni él quiere abandonar Glenkirk ni yo Friarsgate. Con lord Leslie encontré la felicidad y pienso disfrutarla mientras dure. Te repito, tu deber como señor de Claven's Carn es casarte y tener herederos. Yo cumplí con mi deber. Tú no.

– Mis hermanos tienen hijos legítimos -insistió Logan.

– Pero tú eres el señor de Claven's Carn -replicó Rosamund tratando de hacerlo entrar en razón-. Son tus hijos quienes deben heredar. No compliques las cosas, Logan. Te estás comportando como un niño hambriento a quien se le ofrecen gachas de avena y se niega a comerlas porque prefiere carne. Come la avena, Logan. Cómela y sé feliz.

– No puedo ser feliz sin ti -gimió.

– Entonces, nunca serás feliz -le contestó sin piedad-. Por otra parte, no me corresponde a mí convertirte en un hombre feliz. Cada uno debe buscar y encontrar su propia felicidad. Yo ya encontré la mía. Ve en busca de la tuya, Logan Hepburn. Ahora, solo me resta decirte adiós. -Rosamund se dio vuelta con la intención de salir del cuarto.

– El no puede amarte como lo haría yo -reprochó con amargura.

La joven se volvió. Su cara irradiaba tanta felicidad que él se quedó estupefacto.

– Logan, no tienes idea de cuánto me ama, ni de cómo me complace el ser tan amada.

– Algún día te llegará el turno de hacer comparaciones, Rosamund. Y entonces veremos lo que opinas al respecto.

Rosamund se tragó la sarcástica réplica que estaba a punto de salir de sus labios y prefirió sonreír.

– ¿Hasta cuándo seguirás siendo tan orgulloso, Logan Hepburn?

– Un hombre joven ama a una mujer de otra manera que un anciano. Tu marido era un anciano y tu amante también lo es. Pienso que temes a los hombres jóvenes.

– No le temo a ningún hombre, Logan Hepburn. Y a ti menos que a nadie -respondió y salió de la habitación, no sin antes hacerle una profunda e irónica reverencia.

– Querida prima, ¿lo aniquilaste? -le preguntó Tom en tono jocoso, mientras ella entraba en la sala del conde de Bothwell. Era evidente que el buen whisky de su anfitrión lo había encendido.

– Salió bastante indemne. Sólo su orgullo está herido.

– ¿Se convenció de que usted no se casará con él? -inquirió Bothwell.

– Para mí, Logan es un enigma, milord. No pude ser más clara y, sin embargo, creo que aún alberga la esperanza de casarse conmigo. Mi consejo es que le consiga lo antes posible una joven bella y complaciente a quien desposar de inmediato. Si se le permite insistir en esta inútil persecución de mi persona, algún día los hijos de sus hermanos se convertirán en los herederos de Claven's Carn. Pero ese es un asunto que solo les incumbe a los Hepburn. Por cierto, le agradezco su intervención, milord -Rosamund le hizo una reverencia y luego de desearle un buen día y de indicarle a su primo que la siguiera, se retiró de la sala de Bothwell.

Lord Cambridge se levantó rápidamente.

– Muchas gracias por el whisky, milord -se despidió y partió detrás de Rosamund.

Cuando salieron, Logan salió del pequeño cuarto donde se había reunido con Rosamund y se sentó en la silla que había dejado vacía Thomas Bolton.

– ¿Y bien? -Preguntó el conde de Bothwell-. ¿Estás convencido ahora de que la dama de Friarsgate es una causa perdida?

– Según ella, no se casará con el conde, de modo que todavía no pierdo las esperanzas. Pronto se cansará de este amorío y volverá nuevamente a su tierra.

– ¿Has perdido el orgullo, primo?

– La amo. Y debo reconocer que cometí un grave error, Patrick. Nunca se lo dije ni la convencí de que así era. Di por sentado que Rosamund era consciente de mi devoción por ella. Pero nunca logré convencerla. Y, según parece, las mujeres deben oír esas palabras para darse por enteradas. ¿Cómo pude ser tan tonto?