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– Pasó su vida internada en un convento desde los ocho años. Hace muy poco tiempo apareció en el palacio bajo la protección de la reina. Primo, no conozco a nadie que la ame, te lo juro.

– ¿La conoces, Patrick?

– Sí, su padre y yo somos viejos amigos.

– ¿La joven ya sabe de tus planes?

– Le hemos dado algunos indicios. Por ejemplo, que esta noche conocería a un caballero en el palacio que podría resultar un buen candidato.

– ¿Qué habría pasado si Rosamund no se hubiese enamorado de otro y hubiese aceptado casarse conmigo?

– Le habría conseguido otro esposo a la bella Jean. Pero ya no tengo que hacerlo, ¿no es así, primo?

– No, ya no. Es bella, joven y se crió en un convento. Si no puedo poseer a Rosamund, esta muchacha es la mejor opción -se resignó.

– No parece un destino nada desdeñable, primo -insistió el conde.

– Vamos, entonces. Preséntame a mi futura esposa lo antes posible. Si es que nos quieren casados y en la cama para la Noche de Epifanía, debemos darle a la niña un poco de tiempo para que conozca al hombre que la importunará por el resto de sus días.

Los dos hombres se encaminaron hacia el final del salón y Patrick Hepburn se detuvo frente a la joven. Ella lo miró, se levantó inmediatamente y le hizo una reverencia.

– Milord Bothwell -saludó mientras miraba con curiosidad al acompañante del conde. Sus mejillas estaban arreboladas y su corazón latía con rapidez.

– ¿Qué dices, mi pequeña Jean? ¿No me llamabas tío Patrick la última vez que nos vimos? ¿Te tratan bien en la corte de la reina?

– Sí, tío Patrick.

– Bueno, jovencita, no permanecerás aquí mucho más tiempo ya que ha llegado el momento de desposarte. Tu padre ya te lo habrá anunciado, ¿verdad?

– Sí -respondió suavemente y se sonrojó aún más.

– Entonces, permíteme que te presente a mi primo, cuya madre, a quien Dios tiene en su santa gloria, formaba parte de tu clan. Él es Logan Hepburn, el señor de Claven's Carn, Jean. Te casarás con él durante la Noche de Epifanía, en Stirling.

– Señorita Jean -saludó Logan, inclinándose hacia la pequeña mano de la niña con el propósito de besarla. Su manecita tembló dentro de la suya y Logan sintió de inmediato la necesidad de protegerla.

– Milord -le respondió, sonrojándose nuevamente pero mirándolo a los ojos.

Él le sonrió y pensó en lo encantadora que era su timidez. Pobrecita, no tenía derecho a ninguna injerencia en su porvenir. Entonces, de pronto, entendió todo lo que Rosamund había tenido que soportar.

– Disponemos de poco tiempo y lo tenemos que aprovechar para conocernos lo mejor posible, señorita Jean.

– Tenemos toda la vida por delante, señor -respondió, sorprendiendo a Logan-. Por otra parte, muchas mujeres no conocen a sus futuros esposos hasta que están frente al altar.

– Lo que suele ser muy perturbador -agregó Logan.

Ella lanzó una risita y respondió con rapidez:

– Para ambas partes, milord.

En ese instante, se dio cuenta de que su futura mujer iba a gustarle. Ahora sólo esperaba que a ella le gustase él.

– Los dejaré solos para que se conozcan más.

Se produjo un largo e incómodo silencio. Luego, el señor de Claven's Carn tomó la mano de Jeannie y le propuso alejarse de la fiesta para conversar.

– Me encantaría -respondió Jean, caminando a su lado. Ella era muy pequeña y el hecho de estar junto a él acentuaba la considerable estatura de Logan.

– Permítame decirle, señorita Jean, que valoro la honestidad por sobre todas las cosas. Por lo tanto, me veo en la obligación de preguntarle si le satisface la idea de casarse conmigo.

– Sí, milord -respondió la pequeña dama. Su voz era suave, pero firme.

– ¿Su corazón no tiene dueño? Porque de ser así, no la forzaré a comprometerse conmigo.

– Mi corazón será suyo, milord, y de nadie más. -Él se alegró.

– Tengo dos hermanos. Claven's Carn está en la frontera. No somos ricos, pero tenemos un buen pasar. La casa es acogedora y su deber será gobernarla.

– ¿Ya ha estado casado, milord?

– No, señorita Jean.

– ¿Por qué no?

– Es una larga historia.

– Me gustan las historias -respondió la muchacha en voz baja. Él se echó a reír.

– Veo que seré incapaz de ocultarle mis secretos, señorita Jean. Pues bien, durante muchos años soñé con desposar a una dama inglesa. Su tutor no me consideraba un buen partido y tras haberla casado dos veces con otros candidatos -ella era una niña cuando se celebraron sus dos primeras nupcias-, pensé que había llegado mi hora. Pero el rey de Inglaterra la desposó con uno de sus caballeros. Fue un buen matrimonio. Tuvieron hijos y, luego, el marido murió en un accidente. Pasado un tiempo, pedí su mano, pero no me aceptó. Dado que ya pasé los treinta años, mi familia recurrió a lord Bothwell para que me buscara una esposa. Y así lo hizo.

– La dama inglesa debe de ser muy tonta, milord -comentó Jeannie. Luego hizo una pausa, lo miró y continuó hablando-: Ser su esposa no me convertirá en una mujer desdichada, sino todo lo contrario.

Logan le devolvió la sonrisa. Aunque él siempre lamentaría la pérdida de Rosamund, estaba dispuesto a ser un buen marido para esta dulce niña.

– Entonces, yo también estoy satisfecho, señorita Jean. Me siento un hombre muy afortunado por haber tenido la buena suerte de conocerla. -Se inclinó hacia ella y la besó en los labios con delicadeza. -Es solo para sellar nuestro pacto, jovencita.

Ella volvió a sonrojarse.

– Nunca me habían besado antes -dijo con inocencia.

– De ahora en más, estos son los únicos labios que han de besar los tuyos, Jean Logan. Ahora volveremos a la fiesta y le contaremos a lord Bothwell que la negociación ha llegado a un buen fin.

Tomó de nuevo su mano y atravesaron la multitud de huéspedes que invadía el vestíbulo. Logan buscó a Bothwell entre los invitados.

– Primo, la señorita Jean y yo nos hemos puesto de acuerdo. Puedes anunciar la boda.

– ¡Enhorabuena! Vamos a comunicárselo ya mismo al rey -exclamó el conde de Bothwell y los acompañó adonde se encontraba Jacobo Estuardo.

– Y bien, milord, ¿qué ha venido a decirme? Hoy se lo nota más encorvado que de costumbre -comentó el rey.

– Su Alteza, creo que no conoce a mi primo, Logan Hepburn, el señor de Claven's Carn. Esta dama es su prometida, la señorita Jean Logan, emparentada con él por la rama materna. Desean el permiso de Su Majestad para casarse aquí, en Stirling, la Noche de Epifanía.

Las oscuras cejas del rey Jacobo Estuardo se enarcaron. ¿No era este el hombre que deseaba desposar a la encantadora dama de Friarsgate? Estuvo a punto de formular la pregunta, pero se contuvo pensando que tal vez la dulce jovencita que lo acompañaba no estaba al tanto del deseo que su futuro esposo sentía por Rosamund Bolton. Fuera como fuese, la dama inglesa se había enamorado del conde de Glenkirk y, al parecer, el caballero de la frontera había decidido casarse con otra.

– Tienen nuestro permiso. La boda se celebrará en la capilla y la reina y yo seremos testigos de esta unión. -Luego, les dedicó una sonrisa y se deleitó contemplando los enormes ojos azules de Jean Logan, brillantes de entusiasmo. -Ven aquí, jovencita, y ahora besa a tu rey.

– ¡Gracias, Su Majestad! -exclamó aún más sonrojada y, tomando la mano extendida del rey, la besó con fervor. Luego, la soltó suavemente y le hizo una profunda reverencia-. Muchísimas gracias, milord, por el honor que acaba de concedernos.

– ¿Y usted, Logan Hepburn? ¿Está satisfecho con este asunto? -lo sondeó el rey. Su mirada era penetrante y muy directa.

– He seguido el consejo de mi primo y del resto de mi pequeño clan. Ellos consideran que ya es tiempo de que contraiga matrimonio, milord. La señorita Jean será una magnífica esposa -respondió el señor de Claven's Carn con mucho tacto.