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– ¡Que Dios y la Virgen los bendigan y les den muchos hijos! -exclamó.

Evidentemente, el impulsivo Logan había notado la pasión que existía entre Rosamund y lord Leslie, y había terminado por ceder a las súplicas de su familia. La joven era hermosa y bien educada. Sin duda, Logan se llevaría mejor con ella que con la encantadora inglesa, aunque él todavía no se diera cuenta.

El soberano les dio permiso para retirarse. El trío le hizo una última y profunda reverencia y volvió a sumergirse en la multitud.

Jacobo Estuardo se inclinó y le murmuró a la reina que el señor de Claven's Carn se casaría con una joven prima, en la capilla real.

– ¿Con quién? -preguntó Margarita Tudor.

– Con una jovencita llamada Jean Logan -replicó en voz baja.

– La conozco. Fue una de mis damas de honor durante dos semanas. Bothwell me la presentó. Es una niña muy dulce.

– Supongo que deberás contarle a tu amiga inglesa…

– Sí, se lo diré. Pero está tan entusiasmada con lord Leslie, tan sumergida en esa loca pasión, que no creo que le importe. Cómo ha cambiado desde la época en que reinaba mi padre. ¡Era tan joven y tan ingenua! Ahora es una dama orgullosa, decidida a vivir a su manera.

– Tú tampoco eres la niña que fuiste, mi reina -dijo el rey, divertido por la aguda observación de su mujer respecto de su amiga-. Muchos años han pasado desde entonces, Margarita. Muchas cosas han sucedido en nuestras vidas a partir de entonces.

La reina asintió.

– Sí. Rosamund tuvo tres hijas y perdió otro marido. En cambio, yo perdí cuatro hijos. Pero no perderé al que llevo ahora en mi vientre, Jacobo. Me siento distinta esta vez. Este niño es fuerte. Lo siento saltar en mi útero. -Lo miró con su bello rostro que irradiaba seguridad y esperanza.

– Sí. Este niño vivirá, Margarita. Yo también lo sé.

El rostro de la reina resplandeció al escuchar las palabras de su esposo. Tomó sus manos y se las besó ardientemente. -Gracias, mi adorado Jacobo. ¡Gracias!

– Ahora, jovencita, si continúas comportándote así, tendrás a toda la corte diciendo que la reina está enamorada de su esposo -bromeó el rey gentilmente, mientras trataba de librarse de sus besos y caricias.

– Pero es que te amo profundamente -protestó la reina-. De veras, Jacobo.

– Lo sé, Margarita. Yo también te adoro -respondió, acariciándole la mejilla, al tiempo que se daba vuelta para hablar con un cortesano que trataba de acaparar su atención.

La velada se acercaba a su fin. La reina le hizo una seña a un paje, quien se acercó de inmediato.

– Ve en busca de la dama de Friarsgate y dile que deseo hablar con ella en mis aposentos privados.

– Sí, Su Alteza -respondió el niño, y salió a toda prisa.

Tan pronto como la reina se puso de pie, sus damas de honor la rodearon.

– No, ustedes sigan divirtiéndose. Yo estaré en mi alcoba, aunque no pienso meterme en la cama todavía. Quédense aquí, por favor.

Atravesó el corredor que la conducía a sus aposentos. Al entrar, le dijo a su doncella:

– En cuanto llegue la dama de Friarsgate, hazla pasar. La estoy esperando.

– Sí, Su Alteza -replicó la doncella haciendo una reverencia.

Margarita Tudor se sentó junto al fuego, se sacó los zapatos y flexionó los dedos de los pies con enorme placer. Se abrió la puerta y Rosamund entró.

– Trae un poco de vino -dijo la reina-y luego ven a sentarte a mi lado. Tengo que darte una noticia de lo más interesante.

Rosamund obedeció y, después de sentarse frente a su vieja amiga, se desembarazó de los zapatos.

– ¡Ah! Qué alivio -suspiró, y bebió un sorbo de vino. ¿Sientes algo por Logan Hepburn?

No. ¿Qué demonios quieres decir, Margarita? Lo encuentro tan arrogante e irritante como siempre. Logan está aquí, en Stirling. Lord Bothwell, su primo, me rogó que fuera a verlo. Le repetí que no me casaría con él. Que estaba enamorada de Patrick Leslie.

– ¡Se casará la próxima Noche de Epifanía!

– ¿Quién se va a casar? -preguntó Rosamund, perpleja.

– ¡Logan Hepburn! Se va a desposar con esa dulce niña, Jean Logan, que formó parte de mi séquito estos últimos quince días.

– ¿Te refieres a esa jovencita tímida, pequeña y de grandes ojos azules que casi no habla? ¡Por el amor de Dios! Bothwell no perdió el tiempo. Estoy segura de que ya lo tenía planeado de antemano.

– ¿Entonces no te importa? -Margarita Tudor parecía desilusionada.

– No, querida amiga. No me importa. Ya era hora de que Logan Hepburn abandonara esa fantasía infantil respecto de mí y se casara de una buena vez. Él necesita un heredero y debe cumplir con la obligación impuesta por su familia. Me alegra que finalmente haya entrado en razón.

– ¿Estás realmente enamorada de Patrick Leslie?

– Me muero de amor por él.

– Yo me siento responsable de lo ocurrido. De no haberte invitado a Stirling, jamás hubieses conocido a Patrick Leslie. ¡Y Logan Hepburn te habría llevado al altar por la fuerza, Rosamund! Te he salvado una vez más, como te salvé de mi hermano hace muchos años.

Rosamund sonrió.

– Es verdad, Margarita. Si no fuera por tu invitación, no hubiera conocido a Patrick Leslie. Pero créeme que Logan Hepburn jamás me hubiera llevado al altar. Si alguna vez decido volver a casarme, será por amor, y la elección será mía y solo mía.

– ¿Recuerdas los consejos de la abuela?

– Sí, la Venerable Margarita fue una gran mujer y yo la admiraba profundamente.

– Me pregunto qué pensaría ella de nosotras si nos viera en este preciso momento. Creo que aprobaría tu elección, aunque el conde de Glenkirk sea mayor que Logan Hepburn. Siempre pensó que una mujer debería buscar su propia felicidad, su propio bienestar. Entonces, ¿te casarás con lord Leslie?

– No. Antes de que me preguntes por qué, Margarita, o trates de interferir, déjame explicarte. Patrick y yo nos debemos a Glenkirk y a Friarsgate, respectivamente. Ninguno de los dos dejará de cumplir con sus responsabilidades. Los dos lo entendemos así y somos felices. Sé que no lo comprenderás, pero no debes entrometerte, querida amiga. Prométeme que no te involucrarás en este asunto.

La reina suspiró.

– Yo solo quiero verte feliz.

– Ya somos felices.

– Pero algún día tendrán que separarse.

– Lo sé. Y eso hace que cada momento que pasamos juntos sea tan maravilloso, Meg. Nadie es feliz todo el tiempo. Prefiero compartir estos días con el conde de Glenkirk a vivir para siempre con cualquier otro hombre. Prefiero conocer esta felicidad perfecta, aunque breve, a no haberla conocido nunca. No le temo al sufrimiento. Hemos forjado recuerdos inolvidables, Meg; recuerdos que nos acompañarán toda la vida, cuando ya no estemos juntos.

– Eres más valiente que yo, Rosamund. Nunca te imaginé tan osada. Yo necesito la seguridad del matrimonio. Necesito saber que mi marido estará siempre allí, aunque de vez en cuando tenga alguna aventura. Tú, en cambio, estás realmente sola y no te da miedo.

– Hasta ahora, siempre estuve sola.

– Pero tú me escribiste que Owein te amaba -protestó la reina.

– Sí, él me amaba, Meg, y en ese aspecto fui muy afortunada, pues era un buen marido. Pero fue educado para servir a sus superiores y se sentía algo intimidado por el hecho de que yo fuera la señora de Friarsgate. Siempre posponía sus deseos y me consentía, ¡que Dios lo tenga en la gloria! Ni una sola vez trató de menoscabar mi autoridad, imponiendo la suya. Además, adoraba Friarsgate.

– ¿Tú también lo amabas, verdad? Parecía el candidato perfecto Para ti.

– Sí, aprendí a amarlo y por eso sé que cuanto siento por Patrick Leslie es infinitamente más profundo. Mi amor por lord Glenkirk no es algo que ocurra todos los días, querida Meg. Por esa razón no lo dejaré ir hasta que el destino disponga lo contrario. -Rosamund sonrió. -¡Pero qué conversación tan seria! Y todo porque querías contarme que Logan Hepburn se casará dentro de unos días. Le deseo buena suerte.