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– Deséale buena suerte a la novia -bromeó la reina-. Si le das tu bendición, ella se lo contará a Logan y, de ese modo, podrás demostrarle que, a diferencia de él, que no dudó en importunarte el día de tu boda con Owein, eres capaz de comportarte como una persona de bien. Una pequeña venganza, digamos. Además, estoy segura de que todavía te ama, Rosamund. Logan se casa por complacer a su familia.

– Cuando nos encontrábamos, de lo único que hablaba era de su futuro heredero. Me hacía sentir como una yegua o una vaca. Incluso cuando hablé con él por última vez en la residencia de lord Bothwell, dijo que yo debería haber comprendido que él me amaba profundamente aunque nunca me lo hubiera dicho -respondió Rosamund y sacudió la cabeza.

– Una conducta típicamente masculina -exclamó la reina, soltando una carcajada.

– Sí. Una conducta típicamente masculina. -Luego sorbió un poco de vino con aire pensativo. -Espero que sea tan feliz como yo. No puedo sino desearle la misma suerte.

– Siempre has tenido un buen corazón Me alegra que hayas venido a visitarme. ¿Sigues extrañando Friarsgate?

– No tanto como cuando era jovencita. En realidad, echo de menos a mis hijas. Después de la muerte de Owein, la reina Catalina insistió en que fuera al palacio y no pude negarme. Pero fue muy duro. Philippa, mi hija mayor, comprendió la razón de mi viaje, pero fue la que más me extrañó. Según Maybel, se parece a mí. Sin embargo, las dos pequeñas no lo comprendieron. Cuando regresé, yo era prácticamente una extraña para ellas.

– Y luego, llegó mi invitación.

– No debí aceptarla, Meg, pero somos tan buenas amigas que no pude rehusarme. Además, no es un viaje tan largo como ir a Inglaterra -respondió Rosamund con una sonrisa.

– Por otra parte, mi invitación era una buena excusa para huir del señor de Claven's Carn -argumentó la reina riendo con malicia.

– Sí, es cierto -admitió Rosamund-. El sacerdote de Friarsgate es pariente suyo, pero se habría abstenido de presionarme si yo me oponía a la boda. De todas formas, hubiese sido una situación difícil. Aquí en Stirling, Logan está bajo la influencia del conde de Bothwell. A Patrick Hepburn no le agradaba la idea de que su primo se casara con una inglesa. Cuando le dije que no pensaba contraer matrimonio con el señor de Claven's Carn, le pregunté si tenía en vista alguna joven para Logan. El muy demonio me contestó que una o dos, aunque lo único que tenía en la cabeza era a la pequeña y tímida señorita Jean.

– Hepburn es un hombre muy inteligente. Apoyó a mi marido incluso antes de la ruptura con el difunto rey. Jacobo nunca olvida a quienes le son leales. Él era simplemente un Hepburn de Hailes hasta que Jacobo lo convirtió en el primer conde de Bothwell. Ha escalado posiciones en este reino, lo que ha redundado en beneficio de su familia. Es un gran amigo de mi marido, Rosamund. Si Patrick le hubiera pedido a Jacobo que aceptaras a Logan Hepburn, tendrías que haberte casado y acostado con él, lo quisieras o no.

– Pero yo soy inglesa -exclamó Rosamund consternada.

– Eso no importa. Si el conde de Bothwell se lo hubiese pedido, sus deseos se habrían visto satisfechos. De no haberte enamorado tan apasionada y tan públicamente, no te hubieses escapado de Logan Hepburn aquí en Stirling. Te lo juro. Habrías terminado a los empujones en sus brazos. Sin embargo, el destino, el hado o como quieras llamarlo intervino para salvarte. Nunca creí particularmente en el destino, pero en vista de lo que te ocurrió, voy a reconsiderar mi posición.

Rosamund había empalidecido. No obstante, se las ingenió para esbozar una débil sonrisa.

– Tal vez yo también comience a creer en el destino de ahora en adelante, Meg.

En ese momento, alguien golpeó discretamente a la puerta.

– Entra -dijo la reina. Cuando la puerta se abrió, apareció su camarera-. Sí, Jane, ¿qué sucede?

– La señorita Logan quisiera hablar con usted, señora. Dice que no le robará mucho tiempo.

Los ojos azules de Margarita Tudor centellearon de malicia, mientras observaba a Rosamund.

– Dile a la señorita Logan que puede pasar, Jane.

La camarera se hizo a un lado y Jean Logan entró en la habitación. Le hizo una profunda reverencia a la reina, pero no pudo ocultar su sorpresa al ver quién acompañaba a Su Majestad.

– Señora, he venido a decirle que el rey me ha dado su permiso para contraer matrimonio con Logan Hepburn, el señor de Claven's Carn. Espero contar también con el permiso y la bendición de Su Alteza -expuso Jeannie Logan, de pie frente a Margarita Tudor, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas.

– ¡Qué decisión tan intempestiva, querida! -Exclamó la reina-. Espero que no te hayas visto forzada a tomar una decisión imprudente.

– ¡Oh, no, señora! Estoy más que contenta de casarme con el señor Hepburn. Estaba a punto de entrar en el convento donde me educaron cuando el tío Patrick, señora… quiero decir, el conde de Bothwell, le pidió mi mano a mi padre en nombre de su primo, pues buscaba una buena esposa para su pariente. Aunque venero a Dios y a su Santa Madre, debo admitir que no tengo una auténtica vocación religiosa. Pero como mi dote no es grande y nadie me había solicitado en matrimonio, mi padre pensó que el convento era el mejor lugar para mí. Cuando mi padre le dijo que mi dote era escasa, tío Patrick no vaciló en aumentarla con una buena suma de dinero. En un primer momento, mi padre protestó, pero tío Patrick alegó que yo era su ahijada y que apenas me había visto en los últimos años, de modo que era lo menos que podía hacer por mí. Luego, le contó a mi padre que Logan, además de ser su primo, era un hombre muy bueno que se había sacrificado siempre por los suyos y había antepuesto el bienestar de la familia a sus deseos personales, pero que ahora estaba decidido a casarse. Y, dadas las circunstancias, mi padre no pudo negarse. Además, tío Patrick le comunicó a mi padre que la madre de su estimado pariente pertenecía al clan Logan, pero que la relación no es cercana ni tenemos lazos de consanguinidad que nos impidan casarnos, por lo tanto, la Iglesia nos ha concedido la dispensa.

– Ya tienes mi permiso, niña.

– ¡Qué alivio! Tío Patrick me dijo que su primo estaba ansioso por casarse lo antes posible.

– Qué afortunada eres de tener a tu tío Patrick. El conde de Bothwell es famoso por su bondad. Pero disculpa mi descortesía, querida. Debo presentarte a mi amiga, lady Rosamund Bolton, de Friarsgate.

– Ya sé quién es -sonrió Jeannie con inocencia.

– ¿Sí? -Intervino Rosamund-. ¿Y quién soy, señorita Logan?

– Usted es la amiga de lord Leslie, milady.

– Así es.

– Y, además, serán vecinas -dijo la reina con picardía-. Friarsgate está justo en la frontera de Inglaterra, muy cerca de Claven's Carn. Rosamund, ¿conoces a Logan Hepburn?

– No mucho -respondió Rosamund, apretando los dientes-. Creo que él y sus hermanos asistieron a la fiesta de bodas cuando me casé con mi difunto esposo. -Si Meg no hubiese sido la reina, pensó Rosamund, le habría dado una bofetada-. Pero ya es tarde, señora, y en su estado le conviene descansar -añadió, poniéndose de pie-. La dejo, pues, y me llevo a la señorita Logan. Por favor, concédale su permiso y su bendición, pues para eso ha venido. ¿No es así, señorita Logan?

– Sí, milady.

– Tienes mi permiso y mi bendición, dulce niña. Mi esposo y yo seremos testigos de la boda. Rosamund, ¿tú también vendrás con lord Leslie? -Los ojos de la reina brillaban como los de un niño feliz de haber cometido una travesura.

– Si usted me lo pide, señora. Pero su capilla es pequeña y la señorita Logan preferirá tener allí a toda su familia.