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– No, milady. Mi familia está en el norte y no podrá venir. Me encantaría tener a nuestra vecina con nosotros en un día tan dichoso. ¡Por favor, no deje usted de asistir!

– Haz la reverencia a la reina, señorita Logan. Hablaré con lord Leslie del asunto -dijo Rosamund, y prácticamente empujó a la jovencita fuera del cuarto privado de la reina, murmurando en voz baja a Margarita-: Me las vas a pagar, criatura perversa.

Dios te bendiga, mi niña -dijo la reina y, con una sonrisa de oreja a oreja, cerró la puerta de la antecámara apenas transpusieron el umbral.

CAPÍTULO 04

El 5 de enero amaneció tormentoso. Fuera del castillo de Stirling la nieve se arremolinaba formando espirales que el viento ensordecedor arrastraba a lo largo de las callejuelas y por encima de las torres del palacio. En los aposentos del conde de Bothwell, el señor de Claven's Carn se vestía para la boda que se celebraría en la capilla real.

– Puedes usar mis aposentos para tener privacidad esta noche -dijo Patrick Hepburn-. Yo dormiré en otro sitio. No podrán marcharse de Stirling hasta que la tormenta haya amainado y se dirija hacia el sur.

– Gracias -respondió Logan, abatido. Su primo se echó a reír.

– Todos los hombres se sienten igual el día de la boda. Mil preguntas inundan su cabeza. ¿Hice lo correcto? ¿La amaré? ¿Mi esposa me dará hijos varones o solamente mujeres? ¿Aceptaré que tenga amantes? ¿Tendré que azotarla de vez en cuando? Sin embargo, y pese a todas esas dudas, nos casamos, Logan. Y te aseguro que tu joven Jeannie será una esposa excelente. Ya está medio enamorada de ti y deseosa de complacerte. Sigue así, jovencito, y tendrás una vida feliz.

– Rosamund asistirá a la boda. ¿Por qué diablos viene a la ceremonia, Patrick? Yo no la invité. ¿Es posible que se haya arrepentido de su apresurada decisión?

– Sácate esas ideas de la cabeza, muchacho. Rosamund vendrá a la boda porque la reina se lo ordenó. Y vendrá con lord Leslie. No está arrepentida en lo más mínimo. ¿Por qué desearía reemplazar a su amado conde por un humilde fronterizo? Jeannie no es ninguna tonta, pero si permites que hoy te gobierne tu dolorido corazón, correrás el riesgo de arruinarlo todo. Olvida a Rosamund y concéntrate en la encantadora jovencita que, en breve, será tu esposa. -Ajustó con esmero el cuello de piel de la casaca de terciopelo de Logan. Era una prenda a rayas forrada con la misma piel y de mangas acampanadas. Debajo de la casaca llevaba calzones de seda con rayas negras, doradas y bermellón, y medias también de seda. Una camisa de lino con volados se dejaba ver bajo del cuello de piel.

– Luces bastante apuesto, primo, si te interesa mi opinión.

– Me siento como el pato de la boda -refunfuñó Logan-. Supongo que ya tenías listo mi atuendo nupcial, Patrick.

– No te equivocas -admitió con una amplia sonrisa.

– También me animo a apostar que tenías planeado todo este asunto.

– Es cierto.

– ¿Qué hubiera pasado si Rosamund aceptaba casarse conmigo? ¿Qué hubieras hecho, en ese caso?

– Vamos, querido. Ya es hora de partir para la capilla -respondió el conde ignorando la pregunta. Lo tomó del brazo y salieron juntos de sus aposentos.

La reina y sus damas de honor tuvieron la gentileza de acudir al cuarto de la novia. Margarita Tudor le había regalado uno de sus vestidos, que fue preciso achicar de inmediato para que se ajustara a la extrema delgadez de la joven. Era un vestido de terciopelo color durazno por debajo del cual asomaba una enagua bordada con grandes flores doradas. El escote era bajo, cuadrado y le resaltaba los pechos. Las largas y ajustadas mangas tenían puños de piel. Una faja bordada envolvía la cintura de la novia.

– ¡Dios mío! -Murmuró Rosamund al oído de la reina-. Te juro que había suficiente tela para dos vestidos. No recordaba que fueras tan rolliza, Meg.

– A Jacobo le gustan las mujeres entradas en carnes -susurró la reina a manera de respuesta-. Por otra parte, esta niña es muy delgada. De todas maneras, flaca o rellena, su marido le pondrá un niño en el vientre. ¿Piensas que Logan es un buen amante?

– Ni idea, Meg. Cuida tu lengua porque la pobre Jeannie podría oírte.

– Entonces, retira lo que dijiste sobre mi silueta.

– Al parecer, la memoria me ha traicionado, señora. La reina sonrió satisfecha.

– Acepto tus disculpas -susurró-. Ahora, prosigamos. Niñas, ¿qué debería lucir nuestra novia en la cabeza?

– ¡Oh, señora! ¿No lo recuerda? Una virgen debe casarse destocada y con el cabello suelto para indicar su virtud. Así lo hizo usted el día de su boda y supongo que lo mismo habrá hecho la señora Rosamund -dijo Tillie, la doncella personal de la reina.

– Es cierto, Tillie.

– ¿Dónde están tus joyas, Jeannie? -preguntó Margarita Tudor.

– No tengo ninguna, señora.

– Entonces toma estas perlas. Es mi regalo de bodas, Jeannie Logan -dijo Rosamund, sacándose el largo collar y coleándoselo a la novia-. Ahora sí. Con las perlas, el vestido parece aún más bello.

– Gracias, lady Rosamund, pero no puedo aceptarlo -exclamó la joven, mientras jugueteaba con el collar de perlas.

– Por supuesto que puedes aceptarlo. Las perlas son tan perfectas como tú. Logan Hepburn es un hombre afortunado. Asegúrate de que se dé cuenta, Jeannie.

– Gracias, milady. Le diré cuan generosa fue usted conmigo -replicó la muchacha ingenuamente.

– Sí, puedes contárselo. Además, dile que les deseo la mayor de las felicidades, Jeannie. Tal vez me permitirás que te reciba cuando vuelva a Friarsgate -dijo, y le sonrió con calidez.

Mientras acompañaban a la novia a la capilla real, Margarita Tudor se acercó a su vieja amiga y le susurró:

– Tienes algo de arpía, Rosamund Bolton. Nunca dejas de sorprenderme.

– No tengo nada en contra de la muchacha, Meg. Mis palabras estaban dirigidas a su arrogante compañero. Ella se las repetirá y él se sentirá herido. Es mi venganza por lo que hizo el día de mi boda con Owein.

En la puerta de la capilla, el conde de Bothwell esperaba a la novia para escoltarla. La dejaron en sus manos y entraron en la iglesia. La reina se dirigió hacia el lugar donde la aguardaba Jacobo Estuardo, pues debían atestiguar los votos matrimoniales. Rosamund se sentó junto a Patrick.

– ¿No estás arrepentida, querida? -le preguntó con delicadeza, estrechando su mano.

– No -le respondió sonriendo.

El conde de Bothwell condujo a la joven hacia el novio, que la esperaba en el altar. El sacerdote balanceó el incensario por encima de los novios mientras las velas del altar oscilaban y afuera la se agitaba tormenta. La misa comenzó. Los ojos de Logan se dirigieron sólo una vez a Rosamund. Ella estaba de pie junto al conde de Glenkirk, a quien miraba con adoración. Logan se estremeció, como si un puño le estrujara el corazón. Luego, sintió la mano que se deslizaba en la suya y contempló el dulce rostro de su novia. Ella le sonrió con timidez y él, conmovido, le devolvió la sonrisa. Pobre muchacha. No era su culpa que él tuviera el corazón destrozado. No. La responsable era esa desvergonzada mujerzuela parada descaradamente junto a su amante. Le hubiera gustado arrancarla de su pecho y entregarle lo que quedara de su corazón a la dulce jovencita que estaba a punto de convertirse en su esposa.

La novia dio el sí en voz baja, pero clara. El novio lo hizo en voz bien alta, casi desafiante. Concluida la ceremonia, la fiesta se realizó en el gran salón del castillo de Stirling, donde toda la corte celebraba la Noche de Epifanía. Las largas vacaciones estaban por terminar y el invierno llegó con toda su crudeza. La corte en pleno brindó por los recién casados y les deseó salud y larga vida. No faltaron las bromas subidas de tono, que, por cierto, hicieron ruborizar a la novia.

Patrick llevó a Rosamund hacia un lugar apartado.

– Debemos partir en dos días -le susurró-. Recuerda que solo puedes llevar lo indispensable, mi amor.