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– Gracias, Meg -dijo Rosamund y abrazó con ternura a la reina.

El día amaneció claro y muy frío. Les llevaría dos jornadas llegar a Leith, el puerto más importante de Escocia, situado en el fiordo de Forth. Podían hacer el viaje a Edimburgo en un solo día, pensó Logan, pero tal vez lord Leslie consideraba que la señora Hepburn no iba a soportar semejante trajín.

– Ella es joven y de contextura delicada -opinó el conde-. Me temo que le resultará muy duro.

Pasaron la noche en una pequeña posada cerca de Linlithgow. Las dos mujeres y Annie durmieron en una habitación junto con otra viajera. Y los hombres compartieron el dormitorio con otros varones. Para Rosamund, la situación resultó muy divertida hasta que la novia la tomó de confidente.

– Señora -comenzó a decir Jeannie-, usted es una señora con experiencia y espero no faltarle el respeto, pero necesito que me aconseje de mujer a mujer.

– ¡Dios mío! -pensó Rosamund. Luego respiró hondo y preguntó-: ¿Estás segura de no violar ninguna confidencia? Algunos asuntos íntimos deben quedar dentro del matrimonio.

– No, no creo que vaya a contarle nada indebido. Simplemente quería saber si todos los hombres son tan entusiastas en las lides amorosas. Y con cuánta frecuencia se considera apropiado que el marido le haga el amor a su mujer. -Mientras hablaba, sus pálidas mejillas enrojecían.

– Debes sentirte afortunada por el entusiasmo de tu marido. Quiere decir que disfruta de tu compañía. Puede requerir tus favores siempre que lo desee, a menos que tengas la menstruación o un embarazo avanzado. Los hombres y las mujeres disfrutan de los placeres conyugales de manera distinta. Así lo dispuso Dios.

– Sí, tiene razón. Gracias por su consejo. Mi madre murió cuando yo tenía diez años y entonces me enviaron a un convento. Las monjas desconocen esos asuntos y si los conocen prefieren no hablar del tema.

– ¿Te dio pena dejar el convento?

– No. Pero no tengo hermanas ni amigas, ni mujeres con quienes hablar de estas cosas, y hasta mi noche de bodas era una perfecta ignorante. Por suerte, mi marido fue muy amable y paciente conmigo.

– ¡Qué bien! Los hombres a veces no comprenden la inocencia y pueden ser brutales, pero no lo hacen a propósito. Es su naturaleza.

– ¡Oh, gracias, señora! -dijo Jeannie conmovida-. No sabía qué pensar. ¿Puedo hacerle otra pregunta?

"Dios mío, sálvame de este angelito" -pensó Rosamund.

– Por supuesto -asintió sonriendo.

– ¿Es indecente que goce cuando mi marido y yo hacemos el amor? -preguntó la ingenua recién casada.

– ¿Lo disfrutas?

– Sí, mucho -admitió Jeannie ruborizándose una vez más.

– Es absolutamente decente. De verdad, no tiene nada de malo. -Ahora deberíamos tratar de dormir un poco. Supongo que nos espera un largo viaje.

– ¿Queda lejos Claven's Carn?

– Si el tiempo lo permite, tardarán varios días después de llegar a Edimburgo. Tu casa está en la frontera, más cerca de Inglaterra que de cualquier otro lugar de Escocia.

– Me dijeron que los ingleses son muy violentos, señora. ¿Es cierto? -Los ojos azules de Jeannie brillaban de curiosidad.

– Yo soy inglesa, señora Hepburn. ¿Me encuentras violenta? -preguntó Rosamund burlándose con ternura de la niña.

Jeannie sonrió.

– No, señora.

– Entonces, ve a dormir, jovencita, y no te preocupes tanto. Te has casado con un buen hombre y serás muy feliz en Claven's Carn.

A la mañana siguiente partieron antes del alba y viajaron varias horas hasta llegar a una encrucijada donde había dos carteles. Uno decía "Edimburgo" y el otro "Leith". El conde de Glenkirk se detuvo en el cruce y Tom se le acercó.

– Aquí debemos separarnos, Tom -dijo Patrick en voz baja y llamó con un gesto a Logan-. Hazles compañía a las damas y despídete de tu prima, mientras yo converso con el lord.

– ¡Ve con Dios, Patrick! Espero verte pronto.

Se dieron la mano y lord Cambridge fue al encuentro de Rosamund y Jeannie Hepburn.

– ¿Qué sucede, milord? -preguntó Logan, que no estaba para nada contento de haber compartido el viaje con ese hombre y Rosamund.

– Lo que le voy a decir, Logan Hepburn, no debe salir de aquí. Le digo esto en nombre del rey de Escocia. ¿Me entiende?

El señor de Claven's Carn asintió. Ahora estaba intrigado.

– Comprendo, milord. Tiene mi palabra de que no saldrá de mi boca nada de lo que usted me cuente.

– A la reina le gustan las bromas. Como ignora la verdadera razón Por la cual nos fuimos del palacio, le pareció gracioso obligarnos a emprender el viaje a los cuatro juntos. La reina cree que la hija de Rosamund está enferma y que ella se dirige a Friarsgate a cuidarla, acompañada por mí. También sabe perfectamente qué tipo de relación quería usted entablar con ella y juzgó divertido que usted y su novia viajaran con nosotros. Pero ni la hija de Rosamund está enferma ni vamos a Friarsgate. El rey me ha encomendado una misión diplomática. Durante dieciocho años no he pisado el palacio ni salido de mis tierras en las Tierras Altas. Soy un hombre sin importancia y, por consiguiente, nadie sospechará que el rey me ha llamado a mí para llevar a cabo una empresa de tanta responsabilidad. Nadie más que el soberano y yo sabemos hacia dónde me dirijo y cuál es mi cometido. Ni siquiera se lo puedo contar a usted, Logan Hepburn. Le dije al rey que sólo aceptaba la misión si Rosamund me acompañaba.

– ¿Y si ella se hubiese negado? -preguntó el señor de Claven's Carn. Pese a todo, seguía sintiendo celos del hombre que le había robado a su amada-. Ella adora Friarsgate y detesta estar lejos de su tierra durante mucho tiempo.

– No obstante, aceptó partir conmigo.

– ¿Cómo pueden amarse tanto en tan poco tiempo? -preguntó Logan sin poder evitar su indiscreción.

– No lo sé. Hasta que conocí a Rosamund yo me había limitado a sobrevivir, aunque no era consciente de ello. Desde el momento en que nuestros ojos se encontraron, sólo deseamos estar juntos.

– Ella nunca abandonará Friarsgate.

– Ni yo abandonaré Glenkirk. Pero hasta que llegue la hora de retornar a nuestros deberes, hasta que no lo disponga el destino, no nos separaremos.

– ¿La ama? -le preguntó con una mirada que denotaba angustia.

– Siempre la he amado -fue la extraña respuesta.

– Ella lo ama -reconoció Logan con amargura.

– Sí, lo sé.

– El hecho de que nos separemos aquí significa que se dirigen a Leith.

– En efecto. Embarcamos esta noche.

– Rosamund nunca fue una mujer dada a las aventuras, pero ha cambiado tanto y tan súbitamente que ni siquiera la reconozco. ¿Acaso la ha hechizado, milord?

El conde de Glenkirk se echó a reír.

– No, aunque los dos pensamos lo mismo cuando nos conocimos.

– En efecto, Rosamund me ha dicho que no es una aventurera. Sin embargo, esta noche nos haremos a la mar. Y no se trata de brujería, sino del poder del amor, Logan Hepburn. Ahora bien, Thomas Bolton viajará con ustedes hasta Claven's Carn y Rosamund desearía que los hombres de su clan lo escoltaran hasta Friarsgate. Él lleva una autorización de milady para evitar problemas con el tío Henry, pues en caso de enterarse de su ausencia, el viejo no vacilará en hacer de las suyas. Ella está preocupada por la seguridad de sus hijas. ¿Podría usted hacerle ese favor?

– Jamás dejaría de hacer algo que ella me pidiera.

– Ay, muchacho -respondió el conde sacudiendo la cabeza-. Bothwell le consiguió una dulce esposa. Sea justo con ella y olvídese de mi bella Rosamund. Ella no se habría casado con usted aunque no nos hubiésemos conocido. No está lista para un nuevo matrimonio y me consta que trató de explicárselo, pero usted no quiso escucharla. Usted necesitaba una esposa que le diera herederos. Ahora ya tiene una. Llévesela a Claven's Carn y póngale un hijo en el vientre. Mientras tanto, Rosamund y yo estaremos muy lejos de Escocia.