Él la tomó en sus brazos.
– Por supuesto que confío en ti. Pero no puedo saber quién está escuchando detrás de la puerta, amor mío. ¿Entiendes?
Sus ojos ambarinos se abrieron de par en par, mas luego comprendió y asintió en silencio.
Al cabo de un momento se abrió la puerta y entraron Dermid y un sirviente trayendo una bandeja. La apoyaron en una mesa y el sirviente se retiró tras echar una rápida ojeada al cuarto. No había allí nada interesante y, tal como le había dicho su patrón, se trataba de dos amantes que huían a tierras lejanas. Nadie daría una buena paga por esa noticia, salvo que fueran personas de importancia. Aunque estaban bien vestidos, su ropa no era extravagante y el caballero no llevaba el tartán ni el escudo escocés, lo que le hubiera permitido identificarlo.
– Ese hombre no se perdió detalle -señaló Annie.
– No hay mucho que ver aquí -la tranquilizó Dermid sonriendo.
Los dos jóvenes sirvieron la comida a sus amos, quienes los invitaron a compartir la mesa. La cena consistía en un trozo de carne asada, un gran pollo relleno con manzanas y pan remojado en leche, un tazón de mejillones cocidos al vino blanco, pan recién horneado untado con mantequilla, un trozo grande de queso y un cántaro de cerveza. Comieron en silencio y, cuando apenas habían terminado de cenar, oyeron unos suaves golpecitos a la puerta: era un jovenzuelo.
– Madame et monseigneur, les ruego tengan a bien acompañarme -solicitó el grumete y salió del cuarto, a fin de aguardarlos en el corredor.
Annie le puso a su ama la capa forrada en piel sobre los hombros y le llenó los bolsillos del abrigo con las manzanas y peras que acompañaban la comida. Luego, los cuatro siguieron al marinero y salieron de la posada por la misma puerta trasera por donde habían entrado el día anterior. Al final del muelle los esperaba el buque carguero, una embarcación de un tamaño respetable que parecía estar en buenas condiciones. Subieron a bordo y el jovenzuelo los condujo a través de una puerta hasta la popa del barco.
– Esta es su cabina -les indicó, y se retiró.
Rosamund miró a su alrededor y pensó con angustia que el espacio era muy reducido.
– Todavía puedes retractarte -le recordó el conde. -No, partiré contigo, mi amor.
En la cabina había una amplia litera empotrada en una pared y encima una más pequeña.
– Tú y Annie dormirán aquí -dijo el conde, señalando la litera más grande-. Dermid y yo nos turnaremos para dormir y hacer guardia.
– Hace frío -comentó Rosamund.
– Querida, no tendremos una habitación cálida durante varias semanas -le advirtió-. Nunca es placentero viajar en invierno, pero ya nos las ingeniaremos para que no sea demasiado incómodo. Tú y Annie métanse ya mismo en la cama, porque es el único lugar cálido. Sáquense solamente los zapatos, mi amor
Tras descalzarse, las dos jóvenes subieron a la cama y, para su alegría, encontraron sobre el lecho un edredón bien abrigado.
– Sí, aquí se está mucho mejor -corroboró Rosamund.
– Pueden dormir tranquilas. Dermid y yo velaremos por ustedes.
– Estoy demasiado animada para conciliar el sueño -le contestó Rosamund, pero al poco tiempo tanto ella como Annie roncaban suavemente.
– Descansa, Dermid. Yo me haré cargo del primer turno -le sugirió el conde. El sirviente, sin hacerse rogar, se acostó. Patrick se sentó frente a una pequeña ventana de la popa. Oyó cuando levaron anclas y sintió el movimiento del barco en cuanto comenzó a deslizarse por el fiordo de Forth. Alcanzó a ver el astillero real donde se destacaban los negros mástiles del Great Michael, el orgullo y la alegría del rey. La noche era clara. Mientras se alejaban del puerto, las estrellas empezaron a poblar el cielo que los protegía.
Patrick recordó la última vez que se había embarcado rumbo a San Lorenzo. Su hija Janet no tenía más de diez años y Adam, alrededor de seis. En esa ocasión había viajado en calidad de embajador del rey Jacobo en San Lorenzo. Aunque no quería partir, porque no deseaba abandonar Glenkirk, obedeció el llamado del monarca. Jacobo le había prometido que serían unos pocos años. Cuando volvió a Escocia, había perdido a su hija para siempre. Él, Adam y Mary Mackay, la abuela materna de Janet, regresaron a las tierras altas. Mary murió algunos años después en la misma casa donde había nacido Janet Mary Leslie. ¿Qué había pasado con ella? ¿Estaría aún con vida?
Ahora se hallaba de nuevo en camino a ese encantador ducado del Mediterráneo, viajando esta vez con una mujer más joven de lo que hoy sería su hija. Qué locura, pensó, con una sonrisa. Y qué increíble felicidad, una dicha como nunca había sentido en su vida. En silencio, agradeció al destino que le hubiese regalado a Rosamund. Era asombroso que ella estuviera tan apasionadamente enamorada de él. El viaje que acababan de emprender no era precisamente romántico. Tardarían varios días en llegar a la costa francesa y luego les aguardaba una larga y cansadora cabalgata. Había sido una locura aceptar ese viaje y más aún pedirle a Rosamund que lo acompañara. La misión estaba condenada al fracaso, pero Jacobo Estuardo haría todo lo posible por mantener la paz con Inglaterra.
El clima fue benigno mientras navegaban hacia el sur bordeando la costa inglesa, sin dejar de avistar tierra. Hacía frío y los impetuosos vientos facilitaban la navegación.
Una mañana, cuando Annie y Rosamund paseaban por la cubierta, el capitán Daumier se acercó a ellas y señalando con la mano les dijo:
– La France, madame. Cruzamos el canal de la Mancha al amanecer. Con suerte, y si el tiempo nos acompaña, mañana por la mañana estaremos en Le Havre.
– Qué buena noticia, capitán. ¿Ya lo sabe lord Leslie?
– Sí, señora. Fue él quien me pidió que le diera la buena nueva. Él se encuentra ahora al timón. Vayan a verlo.
Rosamund obedeció y, para su sorpresa, vio a su amante conduciendo el barco. Riendo, ella lo saludó y le aconsejó:
– Asegúrese, milord, de que no estemos regresando a Inglaterra.
A la mañana siguiente, La Petite Reine entró en Le Havre y ancló junto a un sólido muelle de piedra. Rosamund vio con asombro cómo los caballos salían de la bodega del barco y los conducían al embarcadero.
– Me había olvidado de los pobres animales desde que desmonté de mi caballo en la posada La Sirena.
– Por precaución, preferí traer nuestros caballos a comprar unos nuevos. Cuanta menos gente tratemos, menos gente nos recordará. Estos puertos y muchas de sus posadas son nidos de intriga. La compra y venta de información es una industria en auge -explicó el conde de Glenkirk. Luego, agradeció y felicitó al capitán Daumier por la travesía.
– Dé gracias a le bon Dieu, milord -respondió el marino-. Usted bien sabe que esta no es la mejor época para navegar desde Escocia. Tuvimos mucha suerte. Seguramente le bon Dieu bendice su misión, cualquiera que sea. -Luego, le estrechó la mano al conde y se retiró.
Rosamund, Annie y Dermid ya estaban listos para partir cuando el conde montó su caballo.
– Pongámonos en camino lo antes posible. Nos aguarda un largo viaje -dijo lord Leslie.
Los días siguientes cabalgaron desde el amanecer hasta el crepúsculo, circunvalaron París avanzando a través del campo para evitar las rutas principales. Los jinetes parecían cuatro caballeros, pues Rosamund y Annie llevaban ropa de hombre. Cuando Rosamund se trasladaba del palacio real a sus tierras del norte, sus viajes eran mucho más civilizados, porque solían pernoctar en monasterios y conventos. En Francia, por el contrario, se alojaban donde podían y, por deferencia hacia las mujeres, el conde elegía granjas con buenos establos y ofrecía dinero a cambio de hospitalidad. Por lo general, las esposas de los granjeros los convidaban con pan recién horneado, que ellos aceptaban agradecidos. Ocasionalmente, compraban comida en los pueblos situados a lo largo de la ruta.