Cuando Annie terminó su baño, Rosamund le tendió un lienzo para secarse.
– ¡Oh, milady, muchas gracias! -Se sorprendió la criada llena de júbilo-. No me preocupa tanto la higiene como a usted, pero después de todos estos viajes, el baño me sentó de maravillas.
– Ahora, Annie, debemos resolver otro problema. ¿Qué piensas vestir? -preguntó Rosamund riendo.
– Solo tengo una camisa, milady. Espero que Pietro pueda conseguirme una falda y una blusa. Cuando regrese Dermid, le pediré que averigüe. -Se envolvió en un lienzo y se sentó junto a su señora.
– Péinate -dijo Rosamund dándole su cepillo.
– Oh, no, milady, no debería usar su cepillo.
– Pero el cabello te quedará enredado.
– Me peinaré con los dedos, como lo hago siempre.
Mientras Annie se secaba el cabello, apareció Dermid con el equipaje. Al ver a las dos jóvenes envueltas en lienzos, se ruborizó.
– Dejaré su equipaje aquí, milady. El resto lo colocaré en las habitaciones.
Arrojó una de las alforjas sobre la cama y salió corriendo.
– Ji, ji. Ahora se acobardó, el muy tonto -bromeó Annie.
– Ponte la camisa. Yo me pondré la mía y luego dormiré una siesta en esa cama que parece tan mullida. Tú deberías hacer lo mismo, jovencita. No tenemos nada que hacer hasta que venga la modista.
– Le pediré a Dermid que llame a ese Pietro. No puedo andar desvestida todo el día -refunfuñó Annie, y luego de ponerse la camisa salió a buscar al mayordomo.
Cuando Patrick entró en la habitación, Rosamund dormía. Así, tendida en la cama y tapada con un lienzo que revelaba más de lo que cubría, la muchacha le resultaba muy tentadora. Paseó la mirada por la alcoba y al ver la tina en la terraza, decidió desvestirse y tomar un baño. Tras meterse en el agua tibia y, por cierto, bastante sucia, lavó bien todas las partes de su cuerpo usando el jabón perfumado que se hallaba en la repisa. Sintió el perfume y sonrió; la fragancia le recordaba épocas pasadas.
Annie regresó a la terraza vestida en camisa y lanzó un chillido al ver al conde sentado en la bañera.
– ¡Oh, milord, disculpe!
– Dame tu paño para secar, jovencita. Veo que ya no lo necesitas. Y sal de aquí, por favor -ordenó el conde amablemente.
– Sí, milord. Pietro vendrá con la modista después de la siesta. ¿Desea que despierte a la señora?
– No, Annie. Dejémosla dormir, debe de estar extenuada. Yo también me recostaré en un rato. ¡Vete ya, mujer! -repitió, mientras la doncella le tendía el paño.
– Sí, milord.
Patrick salió de la tina, se secó el cuerpo y se sentó en el banco de mármol, con el paño atado a la cintura. El sol le quemaba los hombros y una brisa cálida acariciaba su piel. Era una sensación maravillosa, un placer que había olvidado. Al rato, se dio cuenta de que el ajetreado viaje lo había dejado tan exhausto como a Rosamund. Se puso de pie, entró en la alcoba y se acostó a su lado. Ella murmuró algo incomprensible, pero no parecía haberse percatado de la presencia del conde. Patrick cerró los ojos y enseguida se quedó dormido.
Cuando despertó, varias horas más tarde, no vio a Rosamund en la cama, pero escuchó su voz en la sala de estar. Antes de levantarse e ir en busca de su amada, se desperezó y se tomó unos momentos para despejar su mente.
– Por fin te has despertado -lo saludó la joven, sentada a la mesa y comiendo con avidez-. Come algo y luego haremos otra siesta. -Se chupó los dedos para limpiar la grasa del ala de pollo que acababa de devorar. -Quiero disfrutar de los placeres de la vida meridional, mi amor.
Con una sonrisa de oreja a oreja, el conde tomó asiento frente a ella y acercó la cazuela llena de ostras. Fue abriéndolas una por una y tragándoselas enteras.
– Las dejé para ti, pues necesitarás vigor, milord. Tienes razón, el vino de San Lorenzo es exquisito -apuntó, levantando la copa. Luego, tomó la jarra y se sirvió una generosa cantidad de vino. -La modista vendrá más tarde.
– Eso dijo Annie.
– Es la hija de Pietro, una vieja amiga tuya, ¿verdad? El conde se atragantó.
– ¿Celestina? ¡Por Dios!
– Pietro dice que no la reconocerás porque ha engordado mucho a causa de la edad, los hijos y el excesivo trabajo. Estoy ansiosa por conocerla.
– Te portarás bien, señora.
– Oye, Patrick, es todo un acontecimiento que tu amante actual se encuentre con la amante de tu juventud.
– Eres una malvada -opinó el conde, entrecerrando los ojos verdes.
– Claro que lo soy, pero prometo portarme bien. ¿Quieres probar el delicioso carnero asado?
Le sirvió un enorme plato con varias rodajas de carne, alcauciles hervidos en vino, pan fresco y un trozo de queso blando.
– El cocinero del embajador es excelente -señaló.
– Si sigues comiendo así, terminarás como Celestina.
– Pasé dos semanas muerta de hambre. No me dijiste que la comida sería tan escasa, fría e insulsa durante el viaje. Comeré como un buey todos los días y también me bañaré todos los días.
– ¿Fuiste tú quien sugirió instalar la bañera en la terraza frente al mar?
– Me pareció mágico bañarme mirando las colinas, el mar y, allí abajo, la ciudad.
– Entonces no la moveremos de la terraza mientras permanezcamos aquí, mi amor.
– ¿Cómo fue la reunión con lord MacDuff?
– Al principio lo sorprendió nuestra visita, por supuesto, pero luego comprendió los motivos. Tenías razón: el embajador inglés es Richard Howard, un hombrecito que se muestra muy solícito y servil con el duque, cuando no le impone exigencias en nombre de su rey y lo trata con total arrogancia.
– ¿Sabe el duque que estás aquí y los motivos de tu visita?
– Traigo una misiva para el duque Sebastian y MacDuff se la entregará mañana. Creo que aún no han llegado los representantes de Venecia ni del emperador Maximiliano.
– ¿No es peligroso haber venido sin avisarle al duque?
– Antes de nuestro arribo, el duque recibió una carta diciendo que yo regresaría a San Lorenzo en algún momento del invierno, pero que la fecha de mi llegada debía permanecer en secreto. Es lo bastante inteligente para darse cuenta de que algo extraño está ocurriendo, y cooperará mientras le convenga. Sebastian di San Lorenzo es un gran político y un hombre sagaz. Jamás hace nada sin una razón y sin que redunde en su beneficio o en el del ducado. Debemos avanzar sin prisa, a diferencia de tu rey, que quiere todo de inmediato.
– Enrique Tudor es muy ambicioso. Dicen que se parece a su abuelo, el rey Eduardo IV, tanto en el aspecto físico como en la personalidad. Tiene planes grandiosos y sublimes para Inglaterra. Te repito las cosas que he escuchado, pues no opino lo mismo respecto de su carácter. Prácticamente me obligó a acostarme con él, pese a que no me agradaran sus insinuaciones. Es un hombre que sólo piensa en sí mismo y en satisfacer sus deseos. Tal vez eso sea una virtud en un rey, no lo sé.
– Es una virtud si el rey la usa para el bienestar de su reino. ¿Cuánto tiempo fuiste su amante?
– Unos pocos meses. Vivía aterrorizada de que la reina Catalina se enterara de mi traición, pues sentía un gran aprecio por ella. Nos habíamos hecho muy amigas cuando yo era niña y vivía en la corte. Owein y yo la ayudamos en la época en que el rey Enrique VII no se decidía a aceptarla como nuera y la trataba como a un perro. Fue ella quien me invitó a la corte tras la muerte de mi esposo. No sentía ningún deseo de ir, pero no podía rechazar la invitación de una reina.
– O de un rey -señaló Patrick con cierta amargura.
– Estás celoso -replicó sorprendida-. No hay ninguna razón para que lo estés, amado mío.
– Sí, siento celos de todos los hombres que conociste antes de que yo apareciera en tu vida, y de todos los que conocerás después de nuestra separación. Jamás amé a una mujer como te amo a ti. Cuando te alejes de mí, mi vida será desolada y fría. -Tomó la mano de Rosamund y la besó con ternura.