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La juguetona lengua saboreó los jugos perlados que cubrían la carne rosada. Cuando tocó la cresta de su feminidad, comenzó a atizarla con la punta de la lengua. Se sentía embriagado por el ardor del deseo y el fuerte aroma que emanaba la joven.

– ¡No te detengas! -Suplicaba Rosamund-. ¡Oh, Dios! Es maravilloso, amor mío.

– ¡Eres tan lujuriosa! -exclamó, mientras ella abría aun más las piernas. Entonces introdujo la lengua en la cavidad de su sexo y la metió lo más hondo posible, como si la estuviera penetrando con su virilidad. Rosamund gemía y clamaba por más.

Casi inconsciente a causa del placer que él le brindaba, ella quiso hacerle lo mismo. Cuando el conde se incorporó para cubrir el cuerpo de la joven, ella lo tiró hacia delante de modo que él quedara arrodillado a la altura de sus pechos. Luego se acomodó, le tomó la virilidad y se la puso en la boca. Mientras se la succionaba suavemente, oía los gemidos de su amado. Aferrándola con los labios, le lamió la vara del amor, pasó su lengua por la punta y bebió las perlas de sus jugos.

– ¡Basta! -pidió el conde. Se soltó de ese ardiente beso, pues quería entrar en ella de otra manera. Rosamund lo envolvió con sus delgadas piernas y lo ayudó a penetrarla en su cuerpo anhelante e impaciente. El conde casi lloró de placer al sentir cómo lo recibía.

– ¡Oh, sí! -Susurró Rosamund con ferocidad-. ¡Oh, sí! Dios, estoy tan colmada de ti. -El amor y la dulzura que él le brindaba le producían una sensación similar al dolor. Lo aferró con fuerza entre sus brazos, como si no quisiera soltarlo jamás.

Ella lo apretaba. Estaba ardiente. Era una fuente inagotable de gozo. Subían y bajaban, subían y bajaban, al principio despacio y luego, a medida que su deseo iba en aumento, aceleraban el ritmo acompasadamente. El conde rugía de satisfacción y Rosamund gemía suavemente.

Patrick sentía que la cabeza le daba vueltas. Rosamund le arañaba la espalda con sus filosas uñas. La tomó de las muñecas con fuerza, la regañó y le levantó los brazos para que no lo lastimara más.

– ¡Bruja! -gruñó con la boca pegada a la de Rosamund.

– ¡Demonio! -replicó. Luego lanzó un grito, y su cuerpo comenzó a sacudirse con espasmos y temblores. -¡Ooooh, Patrick! -suspiró.

El conde alcanzó el éxtasis en el mismo momento que ella y la inundó con su manantial.

– ¡Rosamund, Rosamund! -exclamó, casi sollozando.

Yacieron inmóviles un rato, hasta que sintieron que la respiración recuperaba el ritmo normal. Entonces el conde tomó la mano de Rosamund y le besó cada uno de los dedos. Exultante, la muchacha cerró los ojos y suspiró. Desde el instante en que sus miradas se cruzaron, sabía que la pasión no duraría para siempre. Pero no quería pensar en el mañana, pues el presente era exultante. No le importaba morir esa misma noche mientras dormía, pues ya había recibido toda la dicha que podía pedir. Levantó la mano del conde que aferraba la suya, la besó y la puso sobre su corazón. Los dos permanecieron en silencio. Las palabras eran innecesarias.

Se quedaron dormidos, pero un golpe en la puerta los despertó.

– ¿Sí?

– El señor Pietro acaba de anunciar que la modista llegará en media hora, milady -anunció Annie.

– Ya vamos. -Dándole un codazo, le dijo al conde-: Tenemos que levantarnos, milord, y eliminar de nuestros cuerpos el olor de la lujuria. El agua de la bañera ya debe estar fría, pero servirá.

Salieron a la terraza y, para asombro de Rosamund, el agua no estaba helada pues el sol la había mantenido bastante tibia. Ella y Patrick se metieron en la tina de roble y tomaron su segundo baño. Al salir, Rosamund notó que tenía mojadas las puntas del cabello porque había olvidado recogérselo. Se secó rápidamente y luego secó a Patrick.

– Yo usaré una camisa, ¿pero qué te pondrás tú? Aunque imagino que la señora Celestina ya habrá visto todo lo que tienes para mostrarle, milord.

– Dermid le pidió a Pietro que me consiguiera un jubón y unas calzas y yo tengo una camisa limpia. Luciré muy respetable cuando me reencuentre con Celestina.

– Entonces ve a vestirte, milord. Causemos al menos una impresión de respetabilidad.

Patrick asintió y regresó a su alcoba. Rosamund buscó la alforja y la encontró en el piso junto a la cama. La abrió y sacó una camisa con ribetes de encaje. Estaba impecable y era de excelente calidad. Se la puso y se sentó en la cama para secarse el cabello y recogérselo en una trenza.

Oyó voces en la sala de estar y luego un golpe en la puerta. Ella y Patrick salieron de sus respectivas alcobas al mismo tiempo. La gruesa mujer de cabellera y ojos oscuros ignoró a Rosamund y pegó un alarido al ver al conde.

– ¡Patrizio! ¡Santa María Bendita! Jamás pensé que volvería a verte. -Lo rodeó con sus robustos brazos y lo estrujó hasta casi sofocarlo.

Patrick tuvo que contenerse para no lanzar una carcajada. Esa mujer era Celestina, la joven seductora y de labios sedosos que había sido su amante dieciocho años atrás. Logró liberarse de sus brazos y, tomándola de los hombros, le estampó un beso en sus labios rojos.

– ¡Celestina! ¡Santa María! Eres tres mujeres en una. ¡Has cambiado un poco, querida!

– Cambié mucho -replicó con una risa sincera-. Por cada gramo de grasa que acumulé en mi cuerpo, añadí un gramo de oro en mi bolsa. Además, he parido seis hijos

– ¿Y a cuántos maridos has enterrado?

– ¿Maridos? -Se rió con ganas-. ¿Quién tiene tiempo para ocuparse de los maridos, Patrizio?

Luego paseó la mirada por la habitación y la clavó en Rosamund.

– ¿Y esta hermosa jovencita es tu última amante? Tendremos que alimentarla bien, pues se la ve famélica. ¿Conoce algún idioma en el que podamos comunicarnos? -preguntó. El conde y ella habían estado hablando en italiano todo el tiempo.

– Francés, Celestina, pero háblale muy despacio y no trates de engañarla. Es dueña de una importante propiedad que ella misma administra, y con mucho éxito, por cierto.

– ¿Es escocesa?

– No, inglesa. Tu padre te habrá explicado que vine a San Lorenzo para visitar en privado a mi viejo amigo el duque. No andarás despertando rumores por ahí, ¿verdad?

– Ahora hay un embajador inglés aquí -dijo, estudiando la reacción del conde.

– Lo sé. Pero ella no es una persona que le interese al embajador, pues no tiene ninguna relación con la corte real. Celestina asintió.

– Señora -dijo en francés acercándose a Rosamund-, le he traído un vestido que le servirá hasta que le confeccione la ropa nueva.

– Gracias -replicó Rosamund-. ¿Puedo verlo?

– ¡María, deprisa! -le gritó a la muchacha que la acompañaba.

Tras abrir el paquete donde estaba envuelto, Celestina lo desplegó y lo mostró, expectante. Era un vestido verde de seda lavada, con escote bajo, mangas largas abullonadas y puños de suntuoso encaje color crudo. La modista y su ayudante lo extendieron sobre una silla.

– El color es perfecto, considerando que no la conocía -se ufanó Celestina.

– Es muy sencillo -replicó el conde.

– Es encantador. Y Celestina hizo muy bien en no perder tiempo y materiales en adornar un vestido sin que antes lo viera el comprador -intervino Rosamund sonriendo a Celestina-. ¿Puedo probármelo?

La modista asintió y sonrió.

– Se nota que, como me dijo el conde, es usted una mujer inteligente y con talento para el comercio, señora. Fue muy atinada su observación acerca del vestido.

– Mis labradoras hilan la lana de las ovejas que yo crío en mis tierras. Mis tejidos son célebres por su excelente calidad.

– ¿Por qué no manda hilar la lana cruda a las tierras bajas? -preguntó Celestina sorprendida.

– ¿Por qué pagar buen dinero a personas extrañas por una tarea que mis campesinas pueden hacer perfectamente? Además, las mantiene ocupadas en los meses de invierno, cuando no se cultivan los campos. Por otra parte, esa forma de trabajo me permite controlar mejor la calidad del producto. ¿Podrías agregar algún adorno en el corpiño? Un discreto bordado con hilos de oro, quizás.