– Advierto que te está gustando el juego, Patrick.
– Creo que sí. Hace tanto tiempo que no tengo diversiones. Siempre he sido esclavo del deber, pero ahora me siento como un niño liberado de sus obligaciones escolares. Recuerdo cómo me deleitaban las caricias del sol invernal en mi espalda y la fragancia de las mimosas en febrero. No había olido su perfume desde mi partida de San Lorenzo.
– ¿Siempre fuiste tan romántico, Patrick, o es que estás enamorado?
– No lo sé. Pero sí, estoy locamente enamorado.
– Ansío conocerla. ¿Te casarás con ella?
– Si me acepta -respondió el conde. No quería que el astuto duque supiera la verdad acerca de su relación con la joven. Además, esa mentirilla podría disuadirlo de seducir a Rosamund, a quien, de todos modos, advertiría sobre el carácter fogoso y fácilmente excitable del duque.
– ¿Quién está haciendo la ropa? ¿Celestina?
– La misma.
– Recuerdo muy bien cómo me la robaste. ¿Sabías que soy el padre de su hija mayor? La entregamos a la Iglesia para expiar nuestros pecados.
– Celestina era una mujer muy generosa -recordó el conde con una sonrisa.
– Lo sigue siendo. Por desgracia, ahora estoy muy viejo para complacerla, pero somos buenos amigos. Me ocuparé de que sus mozas apuren la tarea para que tú y Rosamund puedan asistir a una fiesta que daré dentro de tres días. Será una recepción de bienvenida al artista Paolo Loredano de Venecia, quien pasará el invierno pintando en San Lorenzo. Su visita es un gran honor, y le pediré que haga un retrato mío y de mi familia. Pertenece a la familia de los dux y ha estudiado con Gentile Bellini y también con su hermano Giovanni. Sera un gran evento.
– ¿El embajador inglés está invitado a la reunión?
– Desde luego. Pero no puedes dejar de venir; de lo contrario, despertarás sospechas. Como bien lo sabes, es muy difícil guardar un secreto en San Lorenzo. Lord Howard ya debe de estar enterado de tu visita y, sin duda, sentirá curiosidad. Si tú y lady Rosamund concurren a la fiesta y actúan en público como tiernos amantes, alejarás los temores del embajador.
– No has perdido la afición por la intriga, Sebastian. Sólo te suplico que no reveles el verdadero propósito de mi viaje. Como el ducado se encuentra entre Francia y los estados italianos, sé que no querrás que ninguna de las dos partes te considere desleal.
– Los dieciocho años pasados en las tierras altas de Escocia no han menguado tus notables habilidades para la conspiración, Patrick -bromeó el duque-. En lo que a mí concierne, el motivo de tu visita no es sino lo que parece ser: un hombre mayor que huye con su joven amante.
– ¿Soy tan viejo, Sebastian? -preguntó el conde con tristeza.
– Eres un poco menor que yo. No puedes ser tan viejo si has logrado conquistar a una joven amante. ¿O anda a la caza de tu fortuna?
– No. Ella posee su propia fortuna. Por alguna extraña razón, nos hemos enamorado.
– ¿Tu hijo sabe del romance? ¿Cómo era su nombre? ¿Adam?
– Sólo sabe que estoy cumpliendo una misión por orden del rey. De todos modos, pienso que no le molestaría mi amor por ella. Pero su mujer es muy distinta. Él creyó que la amaba cuando se casó, y la familia era respetable, así que yo no tuve ningún motivo para oponerme a su matrimonio.
– ¿Cuántos matrimonios se contraen por amor? Uno se casa por el dinero, las tierras y el poder. Si además recibe amor, es un hombre afortunado. Mi difunta esposa, Dios se apiade de su alma -dijo el duque persignándose-, no era una mujer apasionada. Pero comprendía y aceptaba su destino. Era una esposa leal y devota, y cumplía con su deber. No podía pedir más de ella, y a cambio le brindé mi respeto y mi lealtad. Encontré el amor en otra parte, aunque me pregunto si era amor o lujuria.
– Por lo general, es lujuria. Pero esta vez es distinto. Soy lo bastante viejo y sabio para conocer la diferencia.
– Entonces te envidio, Patrick Leslie. Ahora bebamos un buen vino y brindemos por los viejos y los nuevos tiempos. -Golpeó las palmas y al instante aparecieron los sirvientes.
Más tarde, mientras caminaba ociosamente por la ciudad rumbo a la embajada, el conde de Glenkirk se detuvo en la plaza del mercado y compró a una florista un enorme y colorido ramo de mimosas. Luego se metió en una callejuela, entró en una joyería y compró un collar de oro filigranado con incrustaciones de cristal de roca verde. Pensó que sería un precioso adorno para el vestido de seda. Era la primera joya que le obsequiaba a Rosamund y esperaba que le gustara. La tarde era cálida y, ansioso por entregar el collar, apuró el paso hasta llegar a la cima de la colina donde se hallaba la embajada escocesa.
Lord MacDuff lo saludó cuando entró en la residencia.
– ¡Has estado en el palacio! Cuéntame cómo ha sido el reencuentro con el duque, ese viejo zorro.
El conde llamó a una de las criadas.
– Lleve esto a lady Rosamund -ordenó, tendiéndole el ramo de mimosas-, y dígale que la veré enseguida.
Sonriente, la mujer hizo una reverencia, tomó el tributo floral y subió las escaleras corriendo.
– No ha cambiado -comentó, mientras tomaba asiento y su anfitrión le servía vino en una pequeña copa de plata.
– ¿Qué le dijiste?
– Lo que tenía que saber. El duque se encuentra en una posición muy delicada, milord, ya que San Lorenzo está situado entre Francia e Italia. Si llega a descubrirse la verdad, dirá que no sabe nada, manifestará su estupor e indignación y protegerá a San Lorenzo a cualquier precio, lo que es su derecho y su obligación. Si lord Howard siente curiosidad por mi visita y te hace preguntas, limítate a responder que vine aquí para estar con mi amante. En todo lo demás, demuestra la más absoluta ignorancia.
– ¿Crees que podremos debilitar la alianza?
– No, y tampoco lo cree el rey, pero piensa que debemos intentarlo. Aun cuando Venecia y el Sacro Imperio Romano insistan en mantenerse fieles a la Santa Liga, tendrán ciertas dudas, que me ocuparé de aumentar. Perderán el entusiasmo y actuarán con más cautela que antes. Eso es lo máximo que podemos hacer, y lo haremos. Enrique Tudor no ha vencido todavía.
– ¿Sabes quiénes son los caballeros que se reunirán contigo?
– No, aunque presumo que uno de ellos es el artista que vendrá de Venecia en un par días y que será agasajado por el duque con una gran recepción. Es miembro de la familia Loredano y goza de cierta fama por haber sido alumno de los hermanos Bellini. Nadie pensará que un artista se dedica a las intrigas políticas. Pero no estoy seguro; tendré que esperar y ver. Sebastian insiste en que Rosamund y yo asistamos a la fiesta. Está impaciente por conocerla, como es lógico, pero sospecho que también quiere seducirla con sus dotes de gran amante.
– En los últimos años sus aventuras no han trascendido públicamente. Como está más gordo y más lento de piernas, se cuida mucho de que no lo descubra un marido o un padre furioso.
– Imagino que su hijo habrá ocupado su puesto.
– ¡En absoluto! -Exclamó, y agregó-: Lord Rodolfo tiene una amante, pero es bastante discreto.
– Siempre pensé que sería igual a su padre, y se lo advertí a Janet en una ocasión. Me enteré de que tiene muchos hijos.
– ¡Sí! ¡Y para colmo, diez mujeres!
– Quiero agradecerte tu hospitalidad, Ian MacDuff. Fuera de su breve visita a la corte de Escocia, Rosamund jamás había salido de Inglaterra y se siente agasajada como una reina.
– Es una joven encantadora. Además, es muy amable y atenta, según Pietro, quien, como recordarás, valora los buenos modales. Los sirvientes están felices de que haya una mujer en la casa y no tener que soportar todo el día a un viejo solterón malhumorado.
– Me gustaría quedarme hasta la primavera.
– ¡Quédate todo el tiempo que desees!
Patrick se despidió del embajador y subió corriendo las escaleras. Cuando entró en su apartamento, vio a Rosamund probándose un vestido. Saludó a Celestina inclinando la cabeza, se sentó y se puso a observar la escena.