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– ¿Piensa que no sé cómo vestirla? -protestó Annie, un poco molesta por la actitud de la modista.

– Es una verdadera artista, Annie, y debes admitir que el vestido es el más hermoso que he tenido.

– Sí. Hasta sir Thomas lo aprobaría, aunque el escote me sigue pareciendo muy bajo.

– Prepárame el baño. Ojalá fuera tan fácil llenar la tina como vaciarla.

En efecto, el llenado era una tarea ardua, pues había que volcar una cantidad interminable de baldes de agua; en cambio, el vaciado era una operación muy simple. En la parte inferior de la tina de roble había un tubo flexible que sobresalía del borde de la terraza y que tenía un corcho en el extremo. Al quitarlo, el agua de la bañera se iba por el tubo y caía sobre las rocas.

Mientras se llenaba la tina, Rosamund comió un plato de huevos revueltos con medio melón dulce, una fruta que probaba por primera vez y que le gustó tanto que pidió que se la sirvieran todos los días. Cuando el baño estuvo listo y perfumado con fragancia de brezo blanco, la favorita de Rosamund, la joven se levantó de la mesa llevándose la copa de vino. Annie le quitó el caftán y Rosamund, completamente desnuda, salió a la terraza, entregó la copa a la criada y se metió en la tina. Cuando su señora se sentó en el banquillo, Annie le devolvió la copa y le recogió el cabello.

– Déjame sola un momento. Luego me lavaré, pero ahora deseo quedarme sentada bajo el sol y contemplar el mar azul.

– Después querrá dormir una siesta, milady. Sacaré el vestido nuevo de la cama y lo guardaré en un sitio seguro.

Rosamund bebió un sorbo de vino y se puso a observar los movimientos del puerto de Arcobaleno. Un espléndido barco avanzaba majestuoso en dirección a la ciudad. Las velas tenían rayas de color oro y púrpura real, y el mascarón de proa era una sirena dorada con los pechos desnudos y trenzas rojas. Rosamund sonrió y pensó que solo una figura muy importante podía viajar a bordo de tan magnífico navío.

– En ese barco viene el artista Paolo Loredano -señaló Patrick al entrar en la terraza.

– Tal vez el barco pertenezca a los dux.

– O al propio maestro Loredano. Es un famoso retratista, como lo fue su primer maestro, Gentile Bellini. El duque pretende que le haga un retrato a él y a su familia, pero Loredano es muy quisquilloso y no acepta cualquier pedido. Ha ofendido a varias personas por esa actitud.

– ¿Qué aspecto tiene el duque?

– Es aun más viejo que yo, querida. De estatura mediana, un poco entrado en carnes por la buena vida. Antes tenía el cabello negro, pero ahora se le ha puesto gris. Será un excelente anfitrión y desplegará todos sus encantos para atraerte. Te advierto que es un hombre muy astuto, despiadado y un gran seductor.

– ¿Debo temerle?

– No. Muéstrate tal como eres y recuerda que es sólo un duque y tú, mi paloma, estás acostumbrada a tratar con reyes.

– Lo recordaré. ¿Quieres compartir el baño conmigo?

– Estaba esperando que me lo preguntaras.

Ella le ofreció un sorbo de vino, que él aceptó gustoso. Rosamund colocó la copa en la repisa, tomó un paño, lo frotó con el jabón y comenzó a lavar a su amado.

– Dicen que antiguamente la dama del castillo y sus doncellas lavaban a los huéspedes importantes, pero no aclaran si la señora debía meterse en la tina con los caballeros -comentó Rosamund. Luego le pasó el paño por la cara con mucha suavidad-. Te está creciendo la barba. Tendrás que pedirle a Dermid que te la corte antes de la fiesta -añadió y le dio un beso en la boca.

Patrick la atrajo hacia sí con fuerza y ella sintió cómo su virilidad anhelante hacía presión sobre sus muslos. Se miraron a los ojos con ardor y se fundieron en un beso. Sus lenguas se enroscaban como dos sierpes en celo. Los senos desnudos de la joven estaban aplastados contra el amplio pecho del conde. Él tomó su rostro con las manos, mientras continuaba besándola y sentía cómo ambos bullían de pasión.

– Deseo penetrarte aquí mismo, Rosamund -exclamó el conde con voz ronca.

Hundió las manos en el agua caliente y, empujando a la joven contra la pared de la tina, la levantó y la empaló con su vara enhiesta.

– ¡Oh, mi amor! -suspiró Rosamund, ardiente.

Loca de placer, cerró los ojos, lo abrazó y dejó caer su cabeza sobre el hombro del conde. Se amaron con pasión hasta que, juntos, estallaron de deseo. Quedaron exhaustos, pero satisfechos.

– Te adoro, Patrick Leslie -le susurró al oído-. Jamás amaré a nadie como a ti.

El conde le lamió la cara, el cuello, los pechos, los hombros, y comenzó a levantarse, con su virilidad aún rígida y dentro de ella.

– Me consumes. ¡No me canso de amarte, Rosamund!

La joven entrelazó sus piernas en las ancas del conde para que él pudiera penetrarla profundamente mientras la alzaba.

– ¡Quiero volar! -suspiró Rosamund lamiéndole la oreja.

Sus cuerpos enroscados se movían a un ritmo cada vez más vertiginoso hasta que, mareados por la excitación, intoxicados por la violencia del deseo, alcanzaron la cima del éxtasis y aullaron de placer.

Sin soltarse, Rosamund dejó caer sus piernas. -Si te suelto me ahogaré, Patrick, pues mis piernas están tan débiles como las de una criatura recién nacida. El conde rió.

– Eres una mujer increíble, amor mío. Jamás conocí ni conoceré a alguien como tú.

– Tenemos que salir de la tina.

– ¿Te gustó nuestro deporte acuático?

– ¡Claro que sí! Fue muy estimulante.

– Otro día te llevaré a un establo y lo haremos encima de una parva de heno, que tiene un olor muy dulce. Y también te atacaré dentro de un armario.

Se decía que cuanto más viejo era un hombre, peor era su desempeño en la cama. Sin embargo, ella había tenido un marido mayor y un joven amante en el rey Enrique, y ninguno de ellos le había hecho el amor con tan infatigable entusiasmo ni le había enseñado tantas formas de pasión como Patrick Leslie, conde de Glenkirk. Finalmente, se desprendió de su cuello y salió de la tina, con el agua chorreándole por su curvilíneo cuerpo. Tomó un lienzo para secarse.

El la observaba atento y satisfecho hasta que Rosamund lo invitó a salir de la tina; de pie y desnuda bajo el sol, comenzó a secarlo.

– Cuidado, señora, o volverá a despertar mis bajos instintos -le advirtió.

– ¡Oh, no! No tengo intenciones de ir a la fiesta, donde por fin conoceré al duque, exudando olor a lujuria, Patrick -lo retó sonriendo.

Te portarás bien, milord, pues no dejaré que me poseas hasta después de la fiesta. Además, tu mente debe estar despejada, pues es posible que esta noche te encuentres con alguno de tus contactos.

– ¿No te molesta que Escocia desbarate los planes de Enrique Tudor?

– Ya te he dicho, Patrick, que evitar una guerra no es una traición a Inglaterra. Tal vez lo sea para Enrique, quien condena todo lo que interfiera en sus planes, pero ningún hombre o mujer razonable lo consideraría una traición. Haz lo que debas. Si los escoceses atraviesan la frontera, la primera casa en peligro será la mía y no la de Enrique Tudor.

– Hablas como la práctica señora de Friarsgate -bromeó el conde y luego miró a su alrededor-. ¿Crees que alguien nos estará mirando?

– Lo dudo. Sólo hay una villa ahí arriba, hacia el este, pero parece deshabitada.

Tomándolo de la mano lo condujo al interior de sus aposentos. -Ve a tu cama y descansa -ordenó.

– Preferiría acostarme en la tuya.

– Sabes muy bien que ninguno de los dos podrá descansar si nos acostamos en mi cama. Celestina trajo unos hermosos ropajes para que uses esta noche. Ve a tu alcoba y fíjate que Dermid no los haya arrugado.

– Eres muy severa -refunfuñó el conde.

Cuando él se retiró, la joven se puso un camisón limpio y se tendió en el lecho. Estaba asombrada por los cambios que se habían producido en su vida en los últimos meses. Había encontrado el verdadero amor. Y, pese a hallarse a miles de kilómetros de Friarsgate, se sentía feliz. Extrañaba a sus hijas, ciertamente, pero le resultaba emocionante y maravilloso ser amada por un hombre como Patrick Leslie. Se amarían por toda la eternidad, aun cuando terminaran separándose y regresando a sus respectivas vidas. Este interludio no era sino una fantasía, un hermoso sueño. Le gustaría que todo fuera distinto, pero era imposible. Ninguno de los dos podía escapar de sus obligaciones ni abandonar sus tierras y sus familias.