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No obstante, el presente les pertenecía, y solo pensarían en el mañana cuando ya hubiera pasado.

Al caer la tarde, Annie le llevó una cena liviana. Tras varias horas de sueño, Rosamund sentía la mente fresca y despejada. Esa noche se comportaría como la bella amante de lord Leslie y también estaría atenta a la información que pudiera escuchar. Gracias a la práctica, su francés había mejorado notablemente desde la llegada a San Lorenzo. Recordó cómo Owein, con cariñosa paciencia, le había enseñado francés para que no pareciera una ignorante cuando visitara la corte por primera vez. Todo eso parecía haber ocurrido cientos de años atrás.

Annie la ayudó a vestirse. Le puso una camisa, medias de seda de color crema y el corpiño forrado de perlas, que era aun más escotado de lo que parecía. Los senos de Rosamund sobresalían peligrosamente del reborde de encaje. Los hombros y la parte superior de los brazos estaban desnudos y las mangas abiertas eran casi transparentes. Luego de colocarle varias enaguas de seda, Annie trajo la falda.

– ¿Dónde está el miriñaque?

– Celestina dice que con las enaguas es suficiente. Que así la tela cae con más gracia y resalta la belleza del vestido y de su dueña -repitió Annie como un loro.

Ató las cintas de las enaguas, le puso la falda y la ajustó bien. Luego retrocedió unos pasos para contemplar a su ama.

– ¡Oh, milady, es tan hermoso y elegante! Y un poco atrevido, he de decirle también. Pero Celestina asegura que es la moda de aquí.

– Ella jamás mentiría. Su pasión por el conde se apagó hace mucho tiempo, y sabe que su padre perdería el trabajo si me perjudicara.

Dio varias vueltas para ver cómo se movía el vestido y quedó encantada.

– Ahora ocupémonos del peinado.

– Martina, la hija de Celestina, ha venido para peinarla, milady. Yo me limitaré a observar y aprender.

– Hazla pasar, entonces.

Martina no se parecía físicamente a su madre. Era alta y flaca, pero franca y directa como Celestina. Con pasos ligeros atravesó la alcoba y se colocó detrás de la joven.

– Veo que la señora ya está lista. Primero debo analizar su tipo de cabello -sentenció cepillándole los mechones rojizos-. ¡Ah, es excelente! -y siguió cepillando con vigor-. Tengo entendido que usará una joya en la frente. Hay un peinado que a mí particularmente me gusta mucho y que le sentará de maravilla, señora. Se llama chignon es muy sencillo y acentuará la hermosura de su rostro. Le recojo el cabello así y lo sujeto con unas horquillas. ¡Tú, niña, trae un espejo para que pueda verse!

Encima del chignon colocó una medialuna de delicadas flores de seda, y ajustó la cinta de modo que el óvalo verde pálido quedara en el medio de la frente. Luego, sostuvo un segundo espejo detrás de Rosamund para que pudiera observar el efecto completo.

– ¡Es increíble! Nunca vi algo igual. En Inglaterra nos cubrimos la cabeza con tocas y capuchas. Gracias, Martina. Por favor, enséñale a Annie a hacer este peinado.

– Es muy fácil, señora, y su criada no parece tonta.

– ¿Qué dijo? -preguntó Annie.

– Que estará encantada de enseñarte el peinado, Annie. Debes aprender el idioma de una buena vez -la retó Rosamund amablemente.

Se oyó un golpe en la puerta entreabierta y Dermid asomó la cabeza.

– Mi señor desea saber si milady está lista para partir. El carruaje del embajador está esperándolos afuera.

– ¡Los zapatos, deprisa! ¡Gracias a las dos!

Salió corriendo de la alcoba y entró en la sala de estar donde la aguardaba el conde de Glenkirk.

– ¡Oh, mi Dios! -gritó azorada al verlo.

Vestía unos calzones de terciopelo con rayas doradas y verde oscuras, medias de seda verde, y en una de sus torneadas piernas se había atado un cordón dorado. La casaca de brocado de seda y ribeteada con piel de marta marrón oscuro tenía hombreras y mangas abullonadas. Debajo de la casaca llevaba un jubón con flores bordadas en hilos de oro y mangas abiertas que mostraban una camisa de seda clara. El sombrero era de copa blanda, con el ala rígida y levantada, y estaba engalanado con una pluma blanca de avestruz. Los zapatos eran de fino cuero marrón. De su cuello colgaba una gruesa cadena de oro y sus manos estaban adornadas con anillos. En la cintura portaba una daga cubierta de piedras preciosas.

– ¿Puedo devolverte el cumplido? -dijo el conde deslumbrado por la belleza de Rosamund.

– Sí, milord.

– Debemos marcharnos, señora. Lord MacDuff nos está esperando abajo. Ha llegado la hora de conocer a tu anfitrión.

Tomados del brazo, salieron de sus aposentos y descendieron las escaleras. Abajo estaban lord MacDuff y Celestina que al verlos no dijo una palabra, solo hizo un gesto de aprobación con la cabeza.

El embajador escocés abrió los ojos de par en par ante la espléndida pareja, dio un paso adelante, tomó la mano de la joven y la besó.

– Señora, me siento orgulloso de tenerla como huésped. Es un honor para mí agasajar a la gran amiga de la reina.

– Lamentablemente, la reina no sabe que estoy aquí. Me temo que, de saberlo, se enfadaría conmigo.

– Entonces, guardaremos el secreto, milady. Pero la reina posee un corazón generoso y, sin duda, querrá ver feliz a su amiga. ¿Partimos?

Afuera los esperaba un carruaje abierto.

Evidentemente, lord MacDuff no conocía muy bien a Margarita. La reina hacía siempre su voluntad y le importaba un rábano lo que ella quisiera. No obstante, se notaba que el hombre era un buen diplomático.

Un lacayo ayudó a la joven a subir al vehículo. Nunca había visto carruajes abiertos, pues en Inglaterra y Escocia carecían de sentido. Pero en San Lorenzo, donde brillaba el sol y las noches eran cálidas, resultaban perfectos.

Descendieron la colina donde se hallaba la residencia del embajador Por una callejuela que conducía a la plaza de la catedral. Cruzaron la plaza y desembocaron en una amplia avenida flanqueada por casonas elegantes. Luego, atravesaron una calle arbolada y comenzaron a subir el monte en cuya cima se encontraba el palacio del duque. Franquearon los grandes portones de hierro y anduvieron por un camino de grava blanca perfectamente rastrillado. A medida que avanzaba el carruaje, salían sirvientes de entre los arbustos y volvían a rastrillar sendero para el siguiente vehículo.

El palacio era de mármol. Se detuvieron delante del pórtico de entrada, sostenido por elegantes columnas de mármol con manchas verdes. Delante del palacio había una gigantesca fuente con una estatua de bronce que representaba a un niño montado en un delfín del que brotaban chorros de agua.

Lacayos de librea azul y oro ayudaron a los invitados a descender del carruaje. Los dos caballeros escoltaron a Rosamund hasta el interior del palacio, donde un mayordomo los recibió obsequiosamente.

Fueron anunciados por un segundo mayordomo, pues el primero volvió a su puesto en el vestíbulo después de dejarlos en la entrada del salón.

– Su excelencia, el embajador de su nobilísima y católica majestad el rey Jacobo de Escocia, lord Ian MacDuff. Lord Patrick Leslie, conde de Glenkirk. Lady Rosamund Bolton -vociferó en un tono monocorde.

Descendieron varios escalones de mármol y, finalmente, ingresaron en un hermoso salón con columnas doradas. Rosamund nunca había visto nada igual. Para empezar, no había chimeneas y un gran ventanal daba a una terraza. En uno de los rincones se hallaba el trono ducal y hacia allí se dirigieron.