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Sebastian, duque de San Lorenzo, vio que se acercaban y trató de disimular su asombro. Cuando se enteró de que su viejo amigo lord Leslie viajaba en compañía de una bella mujer, no imaginó que fuera tan joven y apetitosa. No esperaba semejante sorpresa de un señor del norte. Durante su estadía en el ducado como embajador de Escocia, lord Leslie siempre se había comportado con la mayor corrección. Un hombre de su edad no viajaba con una amante tan joven y deliciosa a menos que estuviera profundamente enamorado. Sebastian di San Lorenzo nunca creyó que el conde fuera capaz de enamorarse.

Se levantó del trono, descendió del estrado y estrechó las manos del conde de Glenkirk. Cualquiera que los observara diría que acababan de reencontrarse.

– ¡Patrick! -gritó para que todos lo oyeran-. ¡Bienvenido de nuevo a San Lorenzo! -Giró despacio la cabeza y clavó la mirada en su heredero, Rodolfo, quien de inmediato se puso de pie y saludó al conde con una reverencia. -¿Te acuerdas de mi hijo, verdad?

– Desde luego -contestó lord Leslie devolviendo la reverencia.

– Esta es su esposa, Enrietta María -dijo el duque empujando a su nuera.

– Señora -El conde se inclinó sobre la mano extendida. Tal vez fue bonita alguna vez, pensó, pero después de haber criado a tantos hijos quedó flaca y consumida.

– Le doy mi más calurosa bienvenida, milord -replicó Enrietta con voz suave. Sus cálidos ojos marrones transmitían compasión.

– Muchas gracias -contestó Patrick con una sonrisa. Sin duda,

Enrietta sabía de su tragedia.

– MacDuff -saludó el duque al embajador.

– Señor duque.

– ¿Quién es esta dama? -ronroneó Sebastian, hundiendo sus lascivos ojos negros en el pecho de la joven.

– Permítame presentarle a la dama de Friarsgate, Rosamund Bolton -dijo el embajador.

Rosamund se agachó para saludarlo, ofreciendo al duque una visión privilegiada de sus abundantes encantos.

– Mi querida señora, es un inmenso honor recibir a una flor tan hermosa. -Tomó su mano para besarla y no la soltó.

– El honor es mío, milord -dijo Rosamund en perfecto francés y retirando muy suavemente la mano.

Luego les presentó a su heredero y a la esposa de su heredero y, finalmente, dejó que se mezclaran con los otros invitados.

– ¿Qué le sucedió a su esposa? -preguntó la joven.

– Murió unos cinco años después de la desaparición de mi hija.

– ¿Y el duque no volvió a casarse?

– Ya tenía un heredero, Rudi, que entonces ya era mayor de edad y padre de un hijo y tres hijas. Supongo que no le pareció necesario y, además, siempre le gustó recibir las atenciones de varias damiselas. La duquesa María Teresa era una mujer paciente y de gran corazón. ¿Dónde está el invitado de honor? En ese preciso momento, el segundo mayordomo vociferó:

¡Señoras y señores, el maestro Paolo Loredano de Venecia! Todas las miradas se dirigieron al hombre parado en lo alto de la escalera.

CAPÍTULO 07

Paolo Loredano, un hombre alto, esbelto, de cabello brillante y rojizo, estaba vestido con un atuendo de lo más elegante y a la moda: calzones de seda a rayas plateadas y púrpuras; medias confeccionadas en una fina malla de plata con una liga de carey adornada con una roseta de oro en una de las piernas; un jubón de satén dorado y lavanda, bordado en ricos tonos violáceos; una chaqueta corta de seda con amplias mangas abullonadas, en cuya trama brillaban hilos de oro y de plata. El sombrero de terciopelo púrpura remataba en una pluma de avestruz. La cadena de oro, que colgaba del cuello y descansaba sobre su pecho, estaba tachonada de resplandecientes gemas preciosas. Los zapatos, de punta redonda, eran de seda púrpura, y en cada uno de los dedos tenía un anillo diferente. En una de las manos sostenía un guante plateado y llevaba en la cintura un espadín de gala con una empuñadura en forma de cruz.

Luego de detenerse un momento en lo alto de la escalera que conducía al salón, comenzó a descender con pequeños pasos remilgados, mientras el duque se acercaba para recibirlo.

– Mi querido maestro, bienvenido a San Lorenzo. Nos complace y nos honra que haya decidido establecer aquí sus cuarteles de invierno.

– Grazie. Cualquier sitio es preferible a Venecia en febrero, mi querido duque. Su pequeño enclave, sin embargo, tiene todo cuanto deseo. Un clima soleado, el mar y una luz abundante y diáfana. En suma, el lugar ideal para un pintor. Y al parecer tiene usted una buena provisión de mujeres bellas y de jóvenes caballeros. Pienso que me sentiré de maravillas en San Lorenzo, mi querido duque. El dux me ha encargado que le transmita sus saludos.

– Espero que esté bien de salud.

– Considerando su edad, está estupendo. Deseamos que continúe reinando por lo menos otros diez años, o incluso más.

– ¡Excelente, excelente! Venga y le presentaré a mi hijo y a algunos de nuestros invitados.

Lo tomó del brazo y lo condujo hasta donde se encontraban su hijo y su nuera e hizo las presentaciones. Uno por uno, los otros huéspedes se fueron acercando para conocer al veneciano.

– Aquí hay otra enamorada de mi ducado. Nos visita todos los inviernos. ¿Me permite presentarle a la baronesa Irina von Kreutzenkampe, de Kreutzenburg?

– Baronesa -dijo el artista, inclinándose para besar la mano rolliza y enjoyada de la bella mujer, mientras sus brillantes ojos negros evaluaban su opulento busto-, Debe posar para mí, baronesa. La pintaré como una reina guerrera y bárbara, como la reina de las amazonas.

Los ojos azules de la baronesa miraron directamente al pintor.

– ¿Cómo tendré que vestirme? -su voz, aunque serena, no dejaba de ser provocativa.

– Pues llevará un yelmo, una lanza, y una discreta túnica. Pero el pecho debe estar al desnudo. Las amazonas siempre llevaban los senos al aire -respondió sonriendo.

La baronesa lanzó una breve y sugestiva carcajada.

– Lo pensaré.

– Sería un magnífico regalo para su esposo.

– Soy viuda, maestro -replicó Irina von Kreutzenkampe, al tiempo que se alejaba.

– Este es lord MacDuff, el embajador del rey Jacobo de Escocia -continuó el duque, lamentando que la conversación previa hubiese terminado-. El conde de Glenkirk, quien fue el primer embajador del rey Jacobo en San Lorenzo, hace muchos años, ha vuelto este invierno con su compañera a fin de escapar del frío. Le presento a lady Rosamund Bolton, de Friarsgate.

El conde se inclinó, pero los ojos del artista lo ignoraron para clavarse en los de Rosamund.

– Quanto é bella, Madonna! -susurró.

– Grazie tante, maestro-respondió Rosamund. Había comenzado a aprender italiano y lo hablaba bastante bien.

– Haré también su retrato. A usted me la imagino como la diosa del amor. No me diga que no -Rosamund se rió con malicia.

– Me está adulando, maestro.

– ¡Pero no me ha dicho que sí!

– Tampoco le he dicho que no -replicó en tono pícaro; luego tomó al conde del brazo y ambos se alejaron.

– Le coqueteaste -comentó lord Leslie, ligeramente molesto por la actitud un tanto atrevida de Rosamund.

– Sí. Pero no le dije que le permitiría pintarme con los pechos desnudos o de cualquier otra manera -contestó ella, echándose a reír.

– Si eso me ayudara a conseguir lo que deseo de Venecia, ¿lo harías?

– ¡Sí, lo haría, Patrick! Es evidente que él quiere seducirme, aunque no sé si lo hará antes o después de haber obtenido los favores de la baronesa.

Los dos lanzaron la carcajada.

– Hablando de la baronesa, es la hija de uno de los allegados del emperador Maximiliano; viene todos los inviernos a San Lorenzo. Según MacDuff, ella es los ojos y oídos del emperador aquí, o sea, una espía. El duque goza de gran popularidad entre los alemanes, cuyos barcos visitan regularmente el puerto de Arcobaleno. ¿Y quién habría de sospechar de una mujer?