– Además, es muy hermosa.
– Si te gustan las mujeres de senos grandes, cabello rubio, ojos celestes y una invitante sonrisa… -contestó el conde con aire travieso.
– Pues esta noche no te ha quitado el ojo de encima. Ahora dime, ¿no la encuentras un poco, cómo decirlo, grandota?
– Las alemanas suelen tener huesos grandes. Según me han dicho, son muy fogosas. ¿Acaso tienes celos, mi amor?
– ¿De la baronesa? No más que tú del veneciano, milord.
Pero antes de que el conde pudiera contestarle, la dama en cuestión se deslizó a su lado.
– Lord Leslie, creo que debemos discutir algunos asuntos lo más pronto posible. ¿Cuándo podemos hablar?
Al mirarla de cerca, Rosamund descubrió que el rostro de la baronesa estaba ligeramente picado de viruela. También advirtió que en ningún momento se había dignado dirigirle la palabra.
– Mi embajador dará una fiesta en unos pocos días y usted está invitada señora. La embajada es un lugar ideal para hablar en privado sin despertar sospechas -respondió el conde.
– Sí, es el sitio más conveniente.
– No veo la hora de volver a encontrarme con usted -murmuró lord Leslie, besando la mano rolliza.
– No sabía que lord MacDuff diera una fiesta -comentó Rosamund.
– Ni tampoco MacDuff. Pero preferiría hablar primero con el veneciano. Escúchame bien: le dirás al artista que estás considerando su propuesta, pero que antes de tomar una decisión desearías ver su estudio. Yo te acompañaré. Si es nuestro hombre, aprovechará la oportunidad para hablarme. Nuestra visita o, para el caso, la visita de la baronesa a la embajada, no despertará suspicacias.
– Si me acompañas, el veneciano se pondrá en guardia y creerá que has venido porque no confías en él y no deseas dejarnos solos. Incluso puede pensar que soy la emisaria del rey Jacobo. Iré sola y tú me recogerás con la excusa de que quieres conocer su estudio y quizás encargarle mi retrato. Cuando llegues, fingiré un mareo o algo parecido y saldré a la calle en busca de aire fresco. Si él es tu contacto, no vacilará en hablarte. Pienso que es lo más sensato.
El conde le sonrió con admiración.
– Tienes un talento innato para la intriga, mi amor. Le hubieras sido muy útil al rey Enrique, de ser su aliada.
– Enrique supone que las mujeres solo sirven para fornicar. Según él carecen de inteligencia. No lo comprendo, pues su abuela, la Venerable Margarita, era inteligentísima. Su padre, Enrique VII, le tenía un gran respeto. En realidad, todos la admiraban, salvo su nieto. Creo que, en el fondo, le tenía miedo.
– Me gusta tu plan, pero lo llevaremos a cabo juntos. El maestro Puede malinterpretar las cosas y pensar que estás interesada en sus galanteos. Ahora vayamos a buscarlo.
Cruzaron el salón y se encaminaron hacia donde estaba Loredano, rodeado por un grupo de mujeres jóvenes. Rosamund estuvo a punto de soltar una carcajada al percibir el embeleso con que contemplaba a cada una de las damas. Un niño a quien se le obsequiara una bandeja con sus golosinas favoritas no mostraría mayor deleite.
Ya estaban a unos pocos metros del veneciano cuando alguien les impidió el paso. Era lord Howard, el embajador inglés.
– ¿Qué está haciendo usted aquí? Me parece extraño que Jacobo Estuardo lo haya enviado de nuevo a San Lorenzo después de tantos años.
Patrick le lanzó una mirada de desprecio.
– Ya no soy un hombre joven, milord, y me resulta difícil soportar los inviernos de las tierras altas. Lo que estoy haciendo aquí no es de su incumbencia, pero aun así se lo diré, pues ustedes, los ingleses, son desconfiados por naturaleza. Esta dama es mi amante, y decidimos abandonar la corte de Stirling para evitar el cotilleo y gozar de nuestra mutua compañía sin interferencias.
– ¿A quién le importa lo que usted haga, milord? -Contestó lord Howard con mordacidad-. Excepto por el breve lapso en que sirvió a su rey como embajador en San Lorenzo, usted no tiene la menor importancia.
– La señora es amiga íntima de la reina, milord. ¿Eso satisface su curiosidad? Ahora apártese de mi camino, si es tan amable. Deseo hablar con el artista para encargarle el retrato de mi dama.
Lord Howard se hizo a un lado sin decir una palabra. La mujer que acompañaba a lord Leslie le era vagamente familiar, aunque no podía ubicarla. ¿Sería una de las damas de honor inglesas de Margarita Tudor? No. Habían regresado todas a Inglaterra varios años atrás. Sin embargo, había visto a la compañera del conde en otra época y en otro lugar. Tendría que pensar en el asunto. Ni por un momento había creído que Patrick estuviese en San Lorenzo para escapar del frío invierno de las tierras altas, si bien era cierto que los inviernos escoceses solían ser insoportables.
Además, ningún barco procedente de Escocia había arribado al puerto de Arcobaleno, al menos no en los últimos tiempos. ¿Cómo se las ingeniaron lord Leslie y su amiga para llegar hasta San Lorenzo? ¿En un barco francés? Desde luego, los escoceses y los franceses mantenían relaciones muy cordiales. Fuera como fuese, lo tendría en cuenta, pues su instinto le decía que algo extraño estaba sucediendo.
– Creo que me ha reconocido -dijo Rosamund cuando dejaron atrás al embajador-. No sabe quién soy, pero sí que me ha visto antes, nunca nos presentaron formalmente, lo que es un punto a mi favor.
– Pero incluso si te reconoció, pensará que eres una bella mujer que ha escapado con su amante. No es nada del otro mundo -la tranquilizó Patrick, mientras se acercaban al veneciano y sus admiradoras-. ¡Maestro! Quiero que pinte el retrato de la dama, pero ella aún se muestra dubitativa. ¿Podemos visitarlo uno de estos días?
– Por supuesto. Tengo por costumbre recibir a las visitas entre las diez de la mañana y la siesta; y luego otra vez por la noche. Avíseme cuándo piensan venir. -Sus negros ojos acariciaron las facciones de Rosamund. -Ah, Madonna, le juro que la inmortalizaré.
Se apoderó de su pequeña mano y la besó largamente, antes de decidirse a soltarla.
– Me está halagando de nuevo, maestro Loredano. Estoy ansiosa por visitar su estudio; en cuanto a mi retrato, aún no he tomado ninguna decisión. ¿Es usted un pintor famoso en Venecia?
Él se rió ante lo que consideraba una deliciosa ingenuidad de su parte.
– Solamente mis amigos, II Giorgone y Tiziano, me superan. Aunque se dice que mis retratos son mejores que los suyos. Si la pinto, su belleza será imperecedera, incluso si envejece y se arruga como una pasa.
– Supongo que usted quiere tranquilizarme. Pero primero deseo ver cómo se las ingenia un artista para pintar un retrato.
– Ven, mi amor -invitó el conde-. El baile está a punto de comenzar. Gracias, maestro Loredano. Le haré saber cuándo lo visitaremos.
Tomó a Rosamund del brazo y se alejaron, perdiéndose entre los invitados del duque que comenzaban a aglomerarse en la pista de baile.
– ¿Tenías necesidad de coquetear con él?
– Desde luego. Si voy a mantenerlo intrigado el tiempo suficiente como para que averigües si representa o no al dux de Venecia, entonces debo flirtear con él. No es un hombre que acepte un rechazo a la ligera. Se sentirá ofendido, milord, pero si le coqueteo, pensará que a la larga terminará por seducirme. Loredano no significa nada para mí. Es Un Petimetre y no lo soporto. He conocido a muchos como él en la corte de Enrique y en la de tu rey Jacobo. No tienes por qué estar celoso, Patrick. Jamás arrojaría por la borda nuestra felicidad por ese veneciano fanfarrón.
Él se detuvo y la condujo hasta un recoveco del salón. Sus manos rodearon tiernamente el rostro de la muchacha.
– No soy un hombre joven y, con el correr del tiempo, nuestra diferencia de edad te resultará una pesada carga. Mis sentimientos no han cambiado desde que te conocí, pero a veces temo perderte demasiado pronto.