Los ojos de Rosamund se llenaron de lágrimas.
– Si mis hijas no fueran unas niñas, abandonaría Friarsgate por ti, y es la primera vez que me atrevo a decir una cosa semejante, porque amo mi tierra con todas las fibras de mi ser.
– Soy demasiado viejo para que se me rompa el corazón.
– No te romperé el corazón, milord.
– Un día volverás a casarte, Rosamund.
– ¿Por qué? Friarsgate ya tiene sus herederas y yo no quiero ni puedo amar a nadie después de haberte conocido, Patrick Leslie.
– Una mujer necesita a un hombre que la proteja y la ame.
– Tú me amas e incluso seguirás amándome cuando nos separemos. El verdadero amor sobrevive al tiempo y la distancia. En cuanto a mí, soy capaz de defender lo que es mío.
Él meneó la cabeza.
– Eres una mujer sorprendente.
– No es la primera vez que me lo dicen -respondió provocativa, y la risa con que él acogió sus palabras fue la prueba de que había logrado aventar los lúgubres pensamientos del conde.
Ahora la música inundaba el salón, de modo que salieron del provisorio escondite para observar el baile, pues Rosamund aún no se sentía dispuesta a unirse a la diversión. Los músicos del duque tocaban muy bien. Los invitados se veían hermosos en sus atuendos coloridos y magníficos. Aunque el diseño de su vestido era mucho más osado de los que solía usar en Inglaterra o Escocia, Rosamund advirtió que su estilo difería notablemente de las vestimentas de las damas allí presentes. Incluso en el verano, el clima de Cumbria no era tan delicioso como el de San Lorenzo a fines de febrero. Nunca había estado en un clima tan cálido, y si bien no hubiera soportado vivir todo un año con tan altas temperaturas, por ahora se encontraba a gusto.
Finalmente se unieron a la danza, girando y entrelazándose con los otros bailarines. En un momento dado, Rosamund se encontró bailando con Rodolfo, el heredero del duque.
– Todavía me odia -le espetó su compañero.
– No puede esperar que lo perdone. Después de todo, fue usted quien entregó a Janet Leslie al moro que la traicionó.
– Pero jamás hubiera previsto semejante traición por parte de esa criatura.
– Tal vez no lo previó usted. Sin embargo, ocurrió y le costó a lord Leslie su amada hija. No puede pretender que lo perdone. Hasta este invierno, el conde jamás había dejado sus tierras. Si no nos hubiéramos conocido en la corte del rey Jacobo, él no estaría aquí.
– ¿Por qué está aquí? -Las palabras de Rosamund despertaron la curiosidad del muchacho.
– Porque quisimos escapar de las murmuraciones de la corte. ¿No es acaso San Lorenzo un lugar maravilloso donde compartir una pasión? -dijo y, con una sonrisa pasó al siguiente compañero, el embajador inglés.
– ¿De dónde nos conocemos, señora? Yo nunca olvido un rostro.
– Jamás nos han presentado hasta esta noche, milord -respondió Rosamund con honestidad, mirándolo directamente a los ojos.
– Pero usted es inglesa, estoy seguro.
– Sí, soy inglesa. ¿Entonces qué está haciendo usted con un conde escocés?
– Vamos, milord, usted seguramente ha evaluado la naturaleza de mi relación con lord Leslie. ¿Quiere que se lo deletree? Soy su amante. No hay nada de siniestro en ello.
– Pero ¿cómo lo conoció?
– ¡Realmente, milord, su curiosidad me resulta de lo más extemporánea y totalmente indecorosa! -protestó Rosamund, mientras tendía la mano a otro bailarín: el duque mismo.
– ¿Se está divirtiendo? -murmuró Sebastian di San Lorenzo, clavando la vista en las turgentes redondeces que emergían del escote del vestido.
– ¡Muchísimo, milord! La corte del rey Jacobo es deliciosa, pero la suya no solo es deliciosa, sino encantadora. Nunca había gozado de un clima tan cálido ni de un aire tan suave.
– Su hermosura, señora, embellece mi corte aun más.
– Usted me halaga, milord.
– Las mujeres bellas merecen ser halagadas.
– Tal vez debería haber venido antes a San Lorenzo -replicó Rosamund con una sonrisa y pasó al siguiente compañero de baile, el conde de Glenkirk.
– Jamás he conocido hombres que parlotearan tanto en una danza -se quejó, risueña.
Cuando la música finalmente cesó, se alejaron de la pista en busca de una copa de helado vino dulce.
– ¿Alabaron tus encantos, mi amor?
– El heredero del duque se siente culpable por lo que le sucedió a tu hija y piensa que lo detestas. Por alguna razón, el asunto lo angustia. El embajador inglés está seguro de haberme conocido. Yo fui honesta y le contesté que eso era imposible, pues acababan de presentarnos. Sin embargo, terminará por recordar dónde me vio, es solo cuestión de tiempo. El duque, por su parte, me miró el busto y tras comérselo con los ojos, me dijo que era bella y digna de ser alabada.
La breve crónica de Rosamund le causó gracia y se rió de buena gana.
– He estado en la corte de Inglaterra y en la de Escocia, pero nunca lo pasé tan bien como en San Lorenzo. ¿Cuál será la razón? ¿El clima soleado, la informalidad de las costumbres? Es como una maravillosa fiesta que uno diera en la propia casa, exenta de todo protocolo.
– La razón es muy simple: estamos enamorados y a los enamorados todo les parece perfecto.
– ¿Es preciso que nos quedemos?
– No. Podemos escabullimos y regresar a la villa.
– En ese caso, déjale el carruaje a MacDuff. Las calles están bien iluminadas y hay luna llena. Volveremos caminando, al fin y al cabo no es tan lejos.
– De acuerdo. Conozco bien las calles de Arcobaleno y son muy seguras -contestó Patrick y, tomándola de la mano, abandonaron discretamente el salón del duque, atravesaron el vestíbulo de mármol y salieron al aire libre.
– Regresaremos a pie -le dijo el conde al cochero del embajador, tras agitar una mano en señal de despedida. El cochero asintió y les sonrió.
Después de cruzar el camino de entrada perfectamente rastrillado y las verjas de hierro del palacio, llegaron, finalmente, a la calle. La noche era cerrada, pero las antorchas alumbraban el camino y, de tanto en tanto, se veía alguna ventana iluminada por el amigable resplandor de una candela. Entraron en la plaza principal de Arcobaleno y Patrick se detuvo a contemplar la imponente catedral que flanqueaba uno de los lados de la plaza.
– ¿Recuerdos? -le preguntó con suavidad Rosamund.
– Sí. Recuerdos -admitió el conde, meneando la cabeza-. Yo no deseaba que se comprometiera ni que se casara tan joven, pues temía que su destino fuera tan desdichado como el de su madre o el de mi esposa. Pero ella se había empecinado en casarse con el hijo de Sebastian. El compromiso se celebró en la catedral. Aún puedo ver a mi hija en lo alto de la escalinata, junto a Rudi, ataviada con un vestido blanco bordado en oro. Formaban una pareja de una belleza deslumbrante y la gente no dejaba de alabarlos.
– ¡Amor mío, corazón mío, lo siento tanto!
– Si al menos supiera lo que le pasó, si al menos supiera que está bien, que está viva. Mi hijo continúa buscándola. Sabemos que fue vendida en un gran mercado de esclavos en Candía a uno de los representantes del sultán otomano. Sebastian envió a uno de sus primos para comprarla de nuevo, pero no aceptaron la oferta. Mientras tanto, el duque había comenzado a acariciar la idea de casar a su hijo con una rica heredera de Toulouse. Dadas las circunstancias, la boda de Janet y Rudi no hubiera podido llevarse a cabo. Todo lo que yo quería era recuperar a mi hija sana y salva. Entiendo que el duque debiera velar por el buen nombre de su familia, pero ni una sola vez su maldito y cobarde vástago salió en defensa de Janet. ¡Ni una sola vez! Creí que los años habían atenuado el dolor, pero ahora, frente a la catedral, veo que sigue intacto.
– El pasado es el pasado y es preciso superarlo por penoso que sea, mi amor. Además, te debes a tu rey. Cumple con la misión que te encomendó y luego nos iremos de San Lorenzo.