– Entonces se acercará la hora de separarnos -la interrumpió el conde, ahogando un gemido.
– Vuelve a casa conmigo, Patrick. Tu hijo es capaz de hacerse cargo de Glenkirk. Te agradará Friarsgate, estoy segura. Las colinas descienden hasta el lago y en las praderas pastan las ovejas y las vacas. Es un lugar pacífico y te sentirás confortado, mi amor. Perdiste a tu adorada hija, pero yo tengo tres niñas que te amarán como a un padre. No tienes por qué dejar Glenkirk para siempre. Puedes volver cuando quieras y quizás algún día te acompañe. Una vez que hayas cumplido con tus deberes para con Escocia, ven a Friarsgate conmigo, Patrick, ven conmigo y sé mi amor.
Habían llegado a la cima de la colina donde estaba situada la embajada. El se detuvo y ella percibió que estaba considerando seriamente sus palabras.
– Podría ir contigo. Pero ¿nos casaremos, Rosamund?
– No. Nuestro amor no depende del matrimonio. Y sospecho que no le haría ninguna gracia ni a tu hijo ni a tu nuera. No es preciso casarnos. Resultaría más sencillo si todos creen que tú me visitas o que yo te visito de vez en cuando.
– Me gustaría acompañarte a Friarsgate -replicó el conde con aire pensativo-. No es necesario que permanezca en Glenkirk todo el tiempo.
– Además, siento que no es el momento propicio para separarnos, Patrick.
– También yo siento lo mismo, Rosamund.
– Pues entonces no hay más que hablar. Vendrás conmigo a Friarsgate después de ver al rey y de entregarle tu informe. -De acuerdo.
Durante los siguientes días se dedicaron a demostrar, pública y privadamente, que eran amantes y nada más. Luego, varias mañanas después de la fiesta del duque, partieron a caballo rumbo a la villa en la que se hospedaba el pintor veneciano. Rosamund dejó al conde y se encaminó a la residencia, donde la recibió un sirviente.
– Dígale al maestro que lady Rosamund Bolton está aquí para visitar su estudio, tal como habíamos convenido.
El sirviente hizo una ligera reverencia y desapareció para volver a aparecer al cabo de unos segundos.
– Si tiene la deferencia de seguirme, la llevaré al estudio del maestro -dijo, inclinándose y conduciéndola hasta una enorme habitación llena de luz donde Paolo Loredano estaba pintando el paisaje que se veía desde la ventana. Vestía calzas y medias oscuras, y cuando se volvió para darle la bienvenida, Rosamund vio que la camisa abierta de lino le dejaba gran parte del pecho al descubierto. No pudo menos que admitir que su apariencia traslucía una potente virilidad.
– ¡Madonna! -la saludó efusivamente, arrojando el pincel para tomarla de las dos manos y besárselas-. ¡Por fin ha llegado!
– Buenos días, maestro -respondió Rosamund liberando las manos del interminable beso del pintor-. De modo que este es el estudio de un artista. Llegó usted hace apenas una semana y ya no cabe aquí ni un alfiler, de tan abarrotado.
– Sé exactamente dónde está cada cosa. Cario, biscotti e vino, subito! -Luego, tomándola de la mano, la condujo a una silla de respaldo alto. -Siéntese, comenzaré a hacer un bosquejo ahora mismo.
Rosamund retiró la mano por segunda vez.
– Pero yo no le he dicho que posaré para usted, maestro. Dígame, ¿la baronesa ya ha estado aquí?-Loredano lanzó una carcajada.
– ¿Está celosa, Madonna?
– Celosa no, maestro. Simplemente siento curiosidad. ¡Usted me romperá el corazón! Lo sé. Soy muy intuitivo -exclamó con aire dramático.
Ahora fue Rosamund quien se echó a reír.
– Creo que usted es un perfecto farsante.
– ¿Ha venido a torturarme?
– He venido a ver su estudio y a averiguar si me sentiré cómoda posando para usted. Tal vez hasta lo disfrute.
– ¿Y qué ha decidido? -inquirió-. Ah, aquí está Cario de nuevo. Deja la bandeja y sal de aquí -ordenó a su sirviente en lengua materna-. ¿Cómo puedo continuar seduciendo a esta dama si estás tú alrededor?
– Sí, maestro -le contestó Cario con una sonrisa forzada y se fue sin más trámite.
– ¿Se puede saber qué le dijo? Estoy aprendiendo su idioma, pero aún me cuesta entenderlo.
– Pues le dije que dejara la bandeja y se fuera de una buena vez. De otro modo, no podré hacerle el amor -replicó Loredano con descaro. Luego la obligó a levantarse de la silla, la tomó en sus brazos y la besó apasionadamente mientras una de sus manos se deslizaba dentro del escote y le acariciaba el busto.
– ¡Maestro! -Gritó Rosamund, y de un tirón lo forzó a retirar la mano del interior del vestido-. ¡Usted es un insolente y un desvergonzado! ¡Si desea que el conde de Glenkirk le encargue mi retrato, compórtese como es debido!
– ¡Debo poseerla! -gimió, abalanzándose sobre ella nuevamente.
Rosamund evitó la embestida y le dio una sonora bofetada.
– ¿Cómo se atreve a comportarse de una manera tan deshonrosa?
– Sus labios son la más dulce de las mieles y su piel es sedosa al tacto. ¿Cómo puede negarme y negarse este placer? Se me considera un amante incomparable. Y su conde no es precisamente un joven -dijo, al tiempo que se frotaba la mejilla.
– No es un joven, pero tampoco un anciano. Y en cuanto a su habilidad en las lides amorosas, es vigoroso, tierno y apasionado. Ahora sírvame un poco de ese exquisito vino de San Lorenzo, maestro. Lo perdonaré siempre y cuando me prometa que no volverá a ocurrir.
– No puedo hacer una promesa semejante. Pero, por ahora, mantendré a raya mis pasiones.
– ¿Todos los artistas son locos? -inquirió ella, mordisqueando una galleta y bebiendo un sorbo de vino.
– Solamente los grandes -le aseguró con una sonrisa triunfal. Rosamund se incorporó y se dirigió al gran lienzo apoyado en el caballete.
– Me gusta el paisaje del puerto que está pintando. Usted lo ha captado perfectamente… hasta puedo sentir el olor del mar.
– Quiero mostrarle algo.
Loredano se encaminó a una mesa, retiró varios bocetos y se los entregó. Ella los fue mirando uno por uno con detenimiento, los ojos abiertos de par en par por la sorpresa y la conmoción.
– ¿Qué significa esto?
Paolo Loredano se limitó a sonreír y tomándola de la mano, la condujo a la terraza.
– No me negará que el panorama es maravilloso y que desde aquí se pueden ver muchas cosas. Por ejemplo, la tarde que llegué a Arcobaleno tuve la dicha de observarla mientras se bañaba. Desde entonces la he dibujado varias veces. Tiene usted un cuerpo magnífico, por eso quiero pintarla como la diosa del amor. Sus senos, en particular, son exquisitos.
– Pensé que prefería el busto de la baronesa -le respondió Rosamund.
Los bocetos en carbonilla de su desnudez, aunque magistrales, la encolerizaban. ¿Qué derecho tenía el maldito veneciano a invadir de ese modo su privacidad?
– El busto de la baronesa es excelente para una mujer de su edad, ¡pero el suyo -agregó, besándose la punta de los dedos con entusiasmo-é magnifico!
– A lord Leslie no le gustará, maestro.
Por toda respuesta, el pintor le alcanzó otros bocetos donde aparecía Patrick e incluso ellos dos en actitudes fogosas.
Rosamund sintió que le faltaba el aire y comenzó a jadear. “Es usted un descarado, maestro. ¿Cómo se atreve a franquear los límites que impone la decencia y a inmiscuirse en nuestras vidas? Milord no se sentirá muy feliz por lo que ha hecho, me temo.
– Pero se las arreglará para superar su rencor. Soy el representante e Venecia y él necesita tratar ciertos asuntos conmigo.
– No lo comprendo, maestro -dijo, pensando que Patrick tenía razón en sospechar que el artista hablaba en nombre del dux. No obstante, logró aparentar inocencia.
Con sólo un dedo él le contorneó el rostro desde la frente hasta la mandíbula.
– Tal vez no. Si yo fuera su amante no compartiría ningún secreto con usted, excepto los relativos a nuestro mutuo placer. Pero no quiero angustiarla. Guarde estos bosquejos como recuerdo de su visita a San Lorenzo, o destrúyalos, si la ofenden.