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– Destruir su obra sería un sacrilegio, maestro, pues su arte es maravilloso. Sin embargo, procuraré que mis impresionables hijas no los vean.

– ¡Entonces tiene bambine! Sí, su cuerpo posee esa exuberancia que solamente confiere la maternidad, aunque los partos no lo han arruinado. ¿Cuántas?

– Tres.

– ¿Son de lord Leslie?

– No, de mi difunto esposo. ¿Usted tiene hijos, maestro?

– Al menos quince, que yo sepa -respondió como al pasar-. A veces las damas no están seguras de que sean míos, o se enojan conmigo y se niegan a decírmelo, e incluso en algunos casos no quieren que sus maridos se enteren. Tengo diez varones, pero ninguno de ellos ha mostrado el menor talento para la pintura, lo que me apena. Una de mis hijas, sin embargo, podría llegar a ser famosa, si no fuera por su sexo. En Venecia una mujer puede ser tendera, cortesana, monja o esposa, pero nunca artista.

– ¡Qué infortunio!, sobre todo si su hija tiene talento, y evidentemente usted piensa que lo tiene.

En ese momento se oyó un discreto golpe en la puerta del estudio. Era Cario.

– Maestro, un tal lord Leslie está aquí y desea verlo.

– Hazlo pasar.

– Supongo que querrán hablar en privado -dijo Rosamund, recogiendo los bocetos y encaminándose a la puerta-. Los dejaré solos, entonces.

– De manera que lo sabe -exclamó Loredano, con aire divertido.

– No sé nada, maestro. Recuerde que él es escocés y yo soy inglesa.

– Es mejor dejar las cosas tal como están -luego pasó graciosamente delante del artista y le sonrió a Patrick, que acababa de entrar-. Te esperaré abajo, milord. -Patrick cerró la puerta.

– Buenos días, Paolo Loredano. Creo que usted y yo debemos discutir algunos asuntos.

– Siéntese, milord y tome primero un poco de vino -dijo el artista alcanzándole una copa y sentándose luego en una silla, frente al conde-. Ya habrá inferido usted que estoy aquí en nombre de mi primo, el dux. Dejemos de lado los fastidiosos preámbulos y dígame qué quiere Escocia de Venecia.

– De modo que no es usted el tonto que pretende ser.

Paolo Loredano soltó la carcajada.

– No, en absoluto. Pero pasar por cabeza hueca me reporta más ganancias que demostrar cuan sagaz soy realmente.

– Su Santidad, el Papa, ha puesto a mi soberano en una situación difícil.

– El papa Julio siempre ha favorecido a Jacobo Estuardo.

– Sí, pero ahora exige algo que mi rey no puede darle. Como todos saben, Escocia e Inglaterra nunca han estado en buenos términos. El rey Jacobo se casó con una princesa inglesa con el propósito de asegurar la paz entre ambos reinos. La paz contribuyó a la prosperidad de Escocia y, por ende, al bienestar del pueblo. Jacobo Estuardo es un hombre bueno, inteligente y sabe gobernar. Los escoceses lo aman. Además, es un católico ferviente y siempre se ha mostrado fiel a la Santa Madre Iglesia. Pero sobre todo, Jacobo es el más leal y honorable de los hombres. Mientras su suegro gobernó Inglaterra, las cosas anduvieron bien. Ahora es su cuñado, Enrique VIII, quien se sienta en el trono. Enrique es joven e imprudente. Está celoso de Jacobo y desea ser considerado el mayor monarca de toda Europa. Piensa que mi rey, quien durante tanto tiempo gozó de los favores del Papa, no es sino un obstáculo en su camino. El año pasado, el papa Julio II se alió con Francia contra Venecia. Ahora, instigado por el rey Enrique, quiere aliarse con Venecia y otros países contra Francia. Le ha pedido a Jacobo Estuardo que se sume a lo que él llama la Santa Liga.

– Es muy inteligente este rey inglés.

– Es despiadado -contestó el conde de Glenkirk-. Inglaterra sabe que Escocia tiene una vieja alianza con Francia. Mi rey no puede romperla sin una causa justificada, y esa causa no existe. Ante la insistencia de Inglaterra, el Papa no ha vacilado en pedirle a Escocia que se uniera a la Santa Liga contra Francia, lo que nos resulta imposible.

– ¿Y Venecia?

– Mi soberano pretende debilitar la Alianza y me envió aquí para hablar con los representantes de Venecia y del Sacro Imperio Romano. Francamente, no creo que el plan tenga éxito, pero Jacobo Estuardo desea impedir a toda costa la guerra entre Escocia e Inglaterra, una guerra inevitable si nos negamos a traicionar a los franceses y a unirnos a la liga. El rey Enrique utilizará nuestro rechazo como una excusa para atacar Escocia. Nos declarará traidores a la Cristiandad. Como bien sabe, maestro Loredano, la guerra no beneficia a nadie. Venecia es un gran imperio comercial. ¿No deberían ustedes mirar al este y protegerse de los otomanos? Si permiten que sus tropas se unan a las de la liga, ¿no debilitarán el poder de Venecia?

Paolo Loredano chasqueó la lengua.

– Defiende muy bien a su rey, milord, y su argumento no solo es válido, sino excelente. Sin embargo, el dux está decidido a apoyar al papa Julio en este asunto.

– ¿No podrían permanecer neutrales o alegar que la ciudad corre peligro de ser invadida por los otomanos y prometerle al Papa que respetarán los designios de ambas partes?

– Eso sería lo más sensato, estoy de acuerdo, aunque el dux no opina lo mismo. Piensa que si los otomanos nos atacaran, la liga acudiría en nuestra ayuda. Francamente, no puedo imaginar al rey de Inglaterra, al de España o al emperador, enviando tropas para liberarnos, pero yo no soy el dux. Está viejo y a veces, cuando lo visito, creo que ni siquiera me reconoce. No tengo la menor influencia sobre él. Solo soy su mensajero: escucho y le transmito cuanto escucho. En lo que a su misión respecta, está condenada al fracaso, como usted bien lo sabe. Lo siento, milord.

– El rey Jacobo tampoco lo ignora, pero considera que, como soberano de Escocia, deber hacer lo imposible por evitar la guerra. ¿Podría usted enviar un mensaje a Venecia comunicándole al dux cuanto acabamos de hablar?

– Desde luego. Cuento con suficientes palomas entrenadas para ese propósito. Debo permanecer aquí todo el invierno para no despertar sospechas, lo que no es una tarea desagradable. ¿Piensan quedarse también en Arcobaleno?

– Sí. Los inviernos de San Lorenzo siempre me resultaron muy saludables -el conde hizo una pausa y cambió de tema-. ¿Realmente quiere pintar a Rosamund? En ese caso, le encargaré a usted su retrato.

– Ay, es demasiado bella y está muy enamorada de usted, milord -suspiró el veneciano.

– En otras palabras, intentó seducirla y ella lo rechazó.

– Así es. Y aunque parezca extraño no me sentí ofendido, a diferencia de lo que me ocurre cuando las mujeres se niegan a mis requerimientos. Me dio una bofetada y me regañó, pero no hubo lágrimas ni recriminaciones. Luego continuamos como si nada hubiera ocurrido.

– Rosamund es una mujer práctica, como toda campesina.

– ¿No piensa usted retarme a duelo?

– Si Rosamund no está ofendida, entonces tampoco lo estoy yo, maestro Loredano. Por otra parte, no tengo intención de batirme con un hombre tan joven -concluyó con una sonrisa.

– Comienzo a percatarme de que la vejez tiene ciertas ventajas. Usted puede hablar libremente y hacer cuanto le plazca. Tiene una amante joven y encantadora, por añadidura. Siempre me ha espantado la idea de envejecer, milord, pero gracias a su ejemplo le estoy perdiendo el miedo.

Patrick se puso de pie y su compañero lo imitó. Su estatura superaba la del veneciano en por lo menos quince centímetros.

Acepto sus conclusiones como un cumplido, maestro Loredano. Puede venir mañana a la villa del embajador para empezar el retrato de Rosamund Bolton -el conde se inclinó ligeramente, aunque de un modo cortés-. Tenga usted un buen día.

– Lo mismo digo -replicó el veneciano, acompañando sus palabras con una reverencia más profunda y respetuosa.

Una vez fuera de la villa del artista, el conde de Glenkirk se encontró con Rosamund. Montaron los caballos y emprendieron el regreso a la embajada de Escocia. Hacía cada vez más calor y Patrick sugirió, con un brillo malicioso en los ojos, que quizá deberían sumergirse en la tina y gozar de la tarde juntos. Rosamund se echó a reír.