– Todavía debes hablar con la baronesa, mi amor.
– Pero es harto improbable que el emperador coopere con Escocia. Sin la bendición del Papa, no puede reinar en absoluto. El supuesto imperio no es sino un grupo de estados alemanes, cada uno de ellos gobernado por su propio príncipe, conde o barón y unificados a duras penas por Maximiliano I. Lo intentaré, aunque no tengo la más mínima esperanza.
– ¿Qué piensas del maestro?
– Es mucho más inteligente de lo que había pensado. Además, el hecho de aparecer sólo como un artista, e incluso como un cabeza hueca, no despierta suspicacias y le permite obtener más información y servir mejor al dux. Le he encargado pintar tu retrato.
– ¿Con ropas o sin ellas? -inquirió Rosamund maliciosamente
– Con ropas. El "sin ropas" prefiero guardarlo en mi memoria, amorcito. El artista vendrá mañana y siento curiosidad por ver cómo se comportará en esta ocasión.
– Annie estará conmigo cuando pose para él.
– Así lo espero. Annie y Dermid deben casarse de inmediato. El dibujo de Loredano deja traslucir una pasión tan entusiasta que no me sorprendería si se produjera un desafortunado incidente. Ya sabes a qué me refiero. Se lo dije a Dermid. No me cabe duda de que el muchacho la quiere, pero no pudo controlarse y la sedujo.
– Y yo se lo dije a Annie. Sí, deben casarse lo antes posible -suspiró, tendiéndose otra vez sobre el mantel-. Bésame Patrick, pues aún no he saciado mi hambre de ti.
– Con gusto, señora -replicó el conde, dispuesto a complacerla nuevamente.
CAPÍTULO 08
En la villa del embajador escocés estallaron sonoras carcajadas cuando el domador hizo bailar a sus perros. Era una noche cálida y agradable. La gran terraza, donde habían instalado la enorme mesa de roble para la cena, estaba iluminada por graciosos faroles que colgaban por todas partes y por candelabros de pie distribuidos alrededor del piso de baldosas rojas. Los invitados habían comido muy bien y ahora se divertían mirando a unos actores ambulantes que cantaban, bailaban y proporcionaban todo tipo de entretenimiento a su auditorio. Sin llamar la atención, el conde abandonó la mesa, seguido, instantes más tarde, por la baronesa von Kreutzenkampe. Con discreción y sigilo, la dama ingresó en el interior de la villa.
– Por aquí, señora -indicó el conde. Guiándose por el sonido de su voz, la baronesa cruzó el salón y salió a un corredor donde la aguardaba lord Leslie-. Venga conmigo, mi querida señora.
La tomó de la mano, la condujo a la biblioteca privada del embajador y le acercó una silla para que se sentara.
– Es usted un hombre muy precavido, milord. Pero debo advertirle que el artista estuvo observándonos todo el tiempo.
– Pierda cuidado, milady. Loredano es el representante del dux de Venecia, así como usted es la emisaria del emperador Maximiliano.
– Gott im himmel! ¡Ese payaso parlanchín!
– Esa es la imagen que le gusta dar en público, pero créame, señora, es un hombre muy inteligente.
– ¿O sea que sus bufonadas son una mera pose? No sabía que al viejo dux le seguía funcionando el cerebro. Dicen que su mente desvaría Gracias por la información, milord. De ahora en más, actuaré con cautela frente al veneciano. ¿Qué pretende de mi emperador?
– Vengo de parte del rey Jacobo de Escocia, baronesa. Mi soberano Teme que la alianza que Maximiliano ha forjado con el rey de Inglaterra lo perjudique.
Irina von Kreutzenkampe se echó a reír con ganas.
– Su soberano ha sido el favorito del papa Julio durante años. ¿Acaso su rey está celoso porque el sumo pontífice hace tratos con Enrique Tudor? Conozco muy poco a Jacobo Estuardo, pero dicen que es un caballero noble y devoto de la Iglesia.
– Es un hombre en extremo honorable, baronesa, y precisamente por ser honorable no puede formar parte de la Santa Liga. Francia ha sido siempre aliada de Escocia y Jacobo jamás traicionará al rey Luis sin un motivo de peso. Enrique lo sabe y se vale de ese conocimiento para sembrar cizaña entre Escocia y la Santa Sede. El rey de Inglaterra es ambicioso y temible. Su emperador no tiene idea de las traiciones de las que es capaz su actual aliado, baronesa.
– ¿Qué desea que haga mi emperador? Maximiliano también es un caballero honorable y está comprometido con la causa del Santo Padre. Además, no le queda otra opción, pues es prácticamente un títere del Papa.
– Sé que el emperador jamás romperá su palabra. Mi rey quiere advertirle a Maximiliano que se cuide del rey de Inglaterra. Es un hombre despiadado que sólo busca su propio beneficio. ¿Acaso cree que Enrique Tudor enviará sus tropas para combatir en el continente? Tal vez lo haga, tal vez no. Lo único que le interesa es contar con el pleno apoyo del Papa, España, Venecia y el emperador cuando decida declararle la guerra a Escocia. Una guerra que, además, en nada favorecería a su imperio, baronesa. Mi país es próspero y pacífico y no desea pelear con nadie.
– ¿Su reina no, es la hermana de Enrique Tudor?
– Así es, pero eso no significa nada para el rey de Inglaterra. Le contaré una historia que tal vez usted ya haya escuchado. Antes de morir, la abuela de la reina Margarita pidió que sus joyas se dividieran en partes iguales entre sus dos nietas y la esposa de su nieto, la reina Catalina. Pero Enrique, contrariando la voluntad de la difunta, se negó a entregarle a Margarita la parte que le correspondía. Finalmente, y muy a su pesar, mi reina le dijo a su hermano menor que podía quedárselas. Fue una forma galante de liquidar el asunto, pues a Margarita no le importaba en lo más mínimo el valor comercial de las gemas, sino el sentimental. Ella sentía adoración por su abuela, cuyo nombre llevaba con amor y orgullo. Ese es el rey Enrique Tudor de Inglaterra.
– Me ha revelado una información de lo más interesante, y le agradezco la gentileza, milord. Sin embargo, debe comunicarle a su rey que el emperador Maximiliano no romperá la coalición que ha formado con el Papa y sus aliados. Lo siento -se lamentó con una sonrisa de resignación.
– El rey Jacobo jamás pediría a un honorable caballero que cometiera un acto de deslealtad. Pero espera que el testimonio que le he ofrecido induzca al emperador a tomar sus recaudos cuando trate con Enrique Tudor.
– Le haré saber al emperador todo cuanto me ha dicho, señor. Deberíamos volver a la terraza con la mayor discreción posible, o empezarán a rumorear sobre nuestra relación. No quisiera disgustar a su amante. Es muy hermosa, pero no es escocesa.
– No, es inglesa -replicó Patrick, divertido. La baronesa no ocultaba su deseo de sonsacarle información-. Rosamund es la mejor amiga de mi reina.
– Ah, entonces se conocieron en la corte del rey Jacobo.
– Exactamente.
– ¿Lord Howard la conoce?
– Según ella, no.
– ¿Y usted le cree?
Si la amante del conde de Glenkirk era amiga íntima de la reina Margarita, seguramente había conocido al embajador en la corte de Inglaterra, razonó la baronesa.
– ¿Por qué no habría de creerle?
– ¡Pero no sea ingenuo, milord!
Patrick comprendió las sospechas de la noble dama y se echó a reír.
– Cuando niña, Rosamund pasó un tiempo en la corte inglesa y se hizo amiga de Margarita Tudor. Pero vive en Cumbria, cerca de la frontera con Escocia, y no tiene ninguna vinculación con la corte de Enrique.