– ¿Tampoco tiene marido? -continuó sondeando.
– Es viuda. Tiene tres hijas y una gran propiedad atestada de ovejas ¿Satisfecha, señora?
La baronesa se ruborizó y las picaduras de viruela se hicieron más evidentes.
– Le ruego me perdone, milord. Mi tarea es obtener la mayor información posible y transmitírsela al emperador. Pero en el afán de cumplir con mi deber, me he portado como una grosera. Le pido disculpas.
– Sería imposible no aceptar sus disculpas, mi querida Irina.
El conde sonrió, espiando su abundante busto. Luego, le tomó la mano y se la besó.
– Es usted muy galante, milord -le dijo la baronesa retirando la mano, al tiempo que pensaba en la manera de seducirlo. No era un hombre joven; sin embargo, a juzgar por el semblante de la muchacha que lo acompañaba, sabía cómo satisfacer a las mujeres.
– Me siento halagado, señora, pero estoy perdidamente enamorado de la dama.
El rubor volvió a encender las mejillas de la baronesa.
– ¿Acaso lee la mente, milord? -dijo enojada consigo misma por haber sido tan transparente.
– No se enfade, mi querida Irina. Realmente me ha halagado usted.
Tras una graciosa reverencia, se alejó de la baronesa. Se sentó junto a Rosamund, se inclinó sobre su hombro y lo besó.
– Está ofendida. ¿Qué le hiciste?
– Ella se me insinuó y yo la rechacé.
– Mal hecho.
– ¿Qué dices? ¿Acaso querías que la sedujera?
– No, pero podías haberle dado algún motivo de esperanza para conservar su amistad, milord. -Hace demasiadas preguntas.
– Sobre mí, supongo. Me he enterado de que es amiga de lord Howard. O al menos eso cree él.
– Que lo siga creyendo. Mira, Rosamund, a esa mujer solo le importan el emperador y su propia posición. Seducir al embajador inglés no le reportará ningún beneficio a Maximiliano ni a ella. Aunque parece una mujer muy fogosa. -Soltó una risa estentórea cuando Rosamund lo fulminó con la mirada. -Fuiste tú quien sugirió que la sedujera -alegó en su defensa.
– ¡Yo no dije semejante cosa!
El conde la calmó prodigándole una tierna y amplia sonrisa.
– El gaitero de MacDuff tocará de un momento a otro, corazón mío.
Loredano dice que mi retrato está quedando espléndido, pero no me lo mostrará hasta que esté terminado -cambió de tema Rosamund.
– ¿Cómo te vistió?
Con una túnica color lavanda. Como ya me había visto desnuda y
Annie estaba conmigo, acepté posar como él quiso. Seré la diosa del amor. El conde no sabía si enojarse o reírse.
– ¿Muestras los senos?
– Sólo el izquierdo.
– ¿Y el derecho no?
– No, no. Sólo el izquierdo. Soy una diosa recatada, milord.
– ¡Qué alivio! ¿Pero qué voy a hacer con el retrato de una diosa con un seno al aire, mi paloma? No podré colgarlo en las paredes del castillo.
– Entonces, ¿para qué le encargaste un retrato mío, querido? -preguntó tomando una copa de vino.
– Quería que tuvieras un recuerdo de estos maravillosos días en San Lorenzo -respondió el conde dulcemente y le besó el hombro.
– De todos modos, el maestro lo está pintando para él y jamás te lo vendería. No obstante, le pedí que te hiciera un retrato para recordarte cuando ya no estemos juntos. No deseo un reflejo de mi propia imagen, Patrick, y tú no puedes colgar ese cuadro en Glenkirk. Por lo que me has contado, tu nuera, lady Anne, nunca aprobaría a la diosa del amor.
– Es cierto, sería un escándalo para la pobre Anne.
– ¿Qué debemos hacer ahora, milord? Supongo que la baronesa te habrá dicho que el emperador no cooperará con el rey Jacobo.
Ahora nos comportaremos como dos tiernos amantes que han huido de sus responsabilidades por un tiempo. Nos quedaremos en San Lorenzo un mes más. Además, el maestro todavía no ha terminado de pintar su diosa del amor. ¿Te molesta seguir alejada de Friarsgate? Sé lo mucho que amas tu hogar.
– Mi hogar eres tú, Patrick. Ya llegará la hora de volver a casa, y antes de eso debo acompañarte a la corte, porque prometí a la reina Margarita regresaría. Es una buena amiga y no deseo desilusionarla. Luego, Pasaremos el verano en Friarsgate para que conozcas a mis hijas y a mi familia. Quedarán encantados contigo, Patrick.
– Y en otoño viajarás a Glenkirk. -Rosamund meneó la cabeza.
– Lo dudo, querido. A tu hijo no le agradará saber que has encontrado el amor. Representaré una amenaza para él y no deseo causar encono entre tú y Adam.
– No estés tan segura.
– Estoy muy segura, Patrick. Si estuviera en el lugar de tu hijo, me molestaría que mi padre trajera a casa a una bella y joven amante, e incluso sentiría celos. Iremos en otro momento, cuando Adam comprenda que no soy una amenaza para él ni para Glenkirk. Te lo prometo. Ahora disfrutemos del sol de San Lorenzo, de sus cálidos días y noches, de los baños de mar y de nuestros retratos.
– Pasaremos las noches haciendo el amor -susurró el conde mirándola con ardor.
– ¡Viviré esperando la caída del sol!
– ¿Hablaste con Annie?
– No, pero hice algo más inteligente. Como el tema es muy delicado, en lugar de enfrentarla y darle un sermón, me pareció mejor que ellos acudieran a nosotros. Antes de la cena dejé el dibujo del maestro encima de la mesa de la sala, donde sabía que Annie lo vería. Supongo que en este momento ella y Dermid estarán fijando la fecha de la boda. No hemos sido un buen ejemplo para nuestros sirvientes, milord.
– Pero somos sus amos y tenemos más privilegios en estas circunstancias.
– Precisamente por ser sus amos, nuestro deber es enseñarles pautas de buena conducta.
– Entonces tendrías que casarte conmigo.
– No volveré a contraer matrimonio, pero tampoco traeré a un bastardo a este mundo, milord. En cambio, Dermid no puede garantizarle a Annie que no la dejará preñada. No me sorprendería que ya haya sembrado su semillita en los secretos jardines de esa tonta muchacha. Cuando Annie vea el dibujo, sabrá que hemos descubierto sus fechorías. Luego acudirán a nosotros y nos pedirán permiso para casarse, estoy segura, y se lo concederemos, Patrick. Es más, seremos los testigos de la boda.
– Posees una inteligencia perversa.
– Manejo a mis sirvientes desde que aprendí a caminar. En estos casos, hay que evitar los retos y las acusaciones, pues solo provocan resentimiento y amargura. Los sirvientes tienen sentimientos también, aunque muchos amos se nieguen a admitirlo. Quiero que Annie y Dermid sigan sirviéndonos con alegría y sin rencor.
– Eres sabia, además de astuta.
Al día siguiente, el conde tuvo que hacer un gran esfuerzo para no desternillarse de risa cuando Dermid, con cara seria y solemne, le solicitó permiso para pedirle a lady Rosamund la mano de Annie.
– ¿Deseas casarte? Es muy bueno que un hombre tenga una esposa. ¿No estás enamorado de ninguna muchacha de Glenkirk? ¿Amas a esta niña inglesa? Tal vez tengas que quedarte en Inglaterra, ¿lo sabes? ¿Lo has conversado con ella?
– Annie dice que irá a donde yo vaya. Si nos quedamos en Friarsgate, lady Rosamund me ofrecerá un puesto entre la servidumbre y tendremos una cabaña propia. Colm, mi hermano menor, estará encantado de servirlo en mi lugar, señor. Pero si usted lo desea, iremos a Glenkirk. Sé que le dará a mi Annie alguna tarea que hacer en la casa.
El conde asintió.
– La recibiría con sumo placer, pero no podrá lidiar con la esposa de mi hijo, Dermid. Es una decisión demasiado importante para tomarla ahora. Una última pregunta, muchacho: ¿qué harás si estalla la guerra entre Escocia e Inglaterra?
– Las guerras las pelean los hombres como yo y las inician los hombres como usted. Dudo que nuestro bondadoso rey Jacobo desee entrar en guerra. Son riesgos que deberemos asumir Annie y yo. Dado que Friarsgate se encuentra tan aislado como Glenkirk, tenemos la esperanza de que no nos afecte el caos de la guerra, milord.