– ¡Sí, sí! -Exclamó Loredano-. Tiene ojo de artista, milord. Tan concentrado estaba en dibujar su deliciosa figura, que no me había fijado en el cabello. Cuando finalice el trabajo de hoy, se lo mostraré, señor; pero usted, Madonna, tiene prohibido verlo hasta que esté definitivamente terminado.
– Como diga, maestro -replicó ella, fastidiada de que volviera a repetirle lo mismo. Luego, se subió a una plataforma colocada en la terraza y apoyó el brazo derecho en una falsa columna, girando ligeramente hacia un lado-. ¿Estoy en la posición correcta, maestro? No la recuerdo muy bien.
– Está perfecta.
Mientras pintaba en silencio, Rosamund y Patrick se lanzaban miradas ardientes que no pasaron inadvertidas a los ojos de Loredano. Era plenamente consciente de que no tenía derecho a sentirse celoso, pero no podía evitarlo, pues deseaba poseer a la subyugante dama inglesa como a ninguna otra mujer del planeta. Con la voluptuosa Von Kreutzenkampe no había tenido ningún inconveniente, pues al tiempo que pintaba su retrato gozaba de sus favores en la cama. Por cierto, la baronesa resultó ser una fiera apasionada en las lides amorosas. No obstante, ansiaba con locura revolcarse con Rosamund Bolton. Desde muy joven había sentido siempre un apetito insaciable. Al cabo de un rato, Rosamund protestó:
– El sol me está calcinando la piel, maestro. -Sin añadir palabra, bajó de la plataforma. -Vuelva mañana, pero le ruego que venga más temprano. Mi piel es muy delicada -declaró y regresó a sus aposentos.
– ¡Es magnífica! -exclamó, olvidando la presencia del conde.
– Si llega a faltarle el respeto y le pone una mano encima, me veré obligado a matarlo. ¿Está claro?
– Me asombra ver tanta pasión en un caballero del norte y de tan avanzada edad.
– También soy muy diestro con la espada gracias, precisamente, a mi avanzada edad. Usted es un hombre de gran talento, Paolo Loredano; no lo desperdicie ni desperdicie su vida por una mujer, fuera quien fuese. Pero sobre todo, olvídese de la mía. Los venecianos son caballeros honorables y, si me da su palabra, la aceptaré de inmediato.
Compungido, el artista negó con la cabeza.
– Ay, milord, no puedo asegurarle nada -suspiró-. Mi miembro no suele obedecer los mandatos de la razón. El conde soltó la risa.
– Yo era como usted en mi juventud. Pero amo a Rosamund como no he amado a ninguna otra mujer. Si usted la ofende, me ofenderá a mí también.
– Lo entiendo, milord, y prometo que trataré de comportarme» pero, le reitero, no puedo garantizarle nada. Además, las damas suelen sentir debilidad por mí y tratan de seducirme. No es mi culpa.
– Pues Rosamund no tratará de seducirlo, se lo aseguro. Si intenta deshonrarla, se vengará de una manera harto desagradable. Ahora, tenga a bien mostrarme lo que ha hecho hasta el momento. -Se acercó al caballete y abrió grandes los ojos-: Es extraordinario, maestro. La piel parece tan vívida que casi la siento en las yemas de mis dedos.
– ¿Qué virtudes tiene usted, milord, para haber conquistado a esa adorable criatura? -preguntó Loredano con franqueza.
– Estoy tan sorprendido de mi buena fortuna como usted. Lo único que puedo decirle es que lo supimos desde el momento en que nuestras miradas se cruzaron.
– ¿Qué cosa supieron?
– Que estábamos predestinados a amarnos.
– Pero no piensan casarse.
– Dije que estábamos predestinados a amarnos, no a casarnos. Lo supimos desde el primer momento.
Paolo asintió, dando a entender que comprendía la situación.
– ¡Qué trágico! Ser amado por una mujer como Rosamund y saber que algún día tendrá que dejarla. ¿Cómo lo soporta, milord? Yo, sinceramente, no podría.
– Agradecemos cada momento que vivimos juntos. Al fin y al cabo, nada es permanente en la vida, todo es un perpetuo devenir…
– ¡Pero es imposible vivir sin esperanza! -exclamó el artista con dramatismo.
– Se equivoca, maestro. Nosotros sí tenemos esperanza. Esperamos que cada día dichoso que compartimos juntos conduzca a otro día igualmente dichoso. Todo llega a su fin. He ahí una verdad que la mayoría de la gente se niega a admitir. Pero Rosamund y yo la aceptamos. Tal vez nos amemos durante varios años. Tal vez no. Cuando llegue el momento de separarnos, lo haremos con renuencia y aflicción. Sin embargo, nos sentiremos felices por lo que habremos vivido juntos y por los recuerdos que atesoraremos en nuestro corazón dondequiera que nos lleven los caminos que tomemos.
El artista lanzó un fuerte suspiro. Usted es un hombre más valiente y más noble que yo. No podría aceptar el destino con tanto optimismo. Sin embargo, le advierto que Seguiré intentando seducirla. Las mujeres terminan sucumbiendo a mis encantos más temprano que tarde.
– Entonces acabará muy mal, maestro, asesinado por un padre o un marido furioso. ¿Partimos?
Juntos salieron de la terraza, atravesaron la sala de estar, bajaron las escaleras y se detuvieron en el camino de entrada de la villa.
– ¿Cuándo empezará mi retrato?
– Mañana mismo. Primero pintaré a la hermosa dama y luego a usted.
Paolo Loredano montó el caballo que un mozo de cuadra sostenía de las riendas, y emprendió la retirada.
Mientras se encaminaba rumbo a la casa, el conde se encontró con Rosamund.
– ¿Adónde vas? -preguntó, celoso y suspicaz.
– Debemos ir a ver al obispo. Quiero que Annie y Dermid se casen de inmediato -respondió y, dirigiéndose al mozo de cuadra, ordenó-: Traiga nuestros caballos, Giovanni.
Patrick se avergonzó de su desconfianza.
– De acuerdo.
Rosamund lucía espléndida. Llevaba un hermoso vestido de seda verde, bordado con hilos dorados y verdes. Un tenue velo de encaje, que combinaba con los colores del vestido, cubría su graciosa cabellera. ¿Había mujer más bella que Rosamund Bolton?
Montaron los caballos, franquearon los portones de la embajada y descendieron la colina hasta llegar a la plaza principal de Arcobaleno, donde se hallaba la catedral. Las campanas de la vieja iglesia comenzaron a dar las doce. Se apearon de sus caballos e ingresaron en el edificio de piedra en el que el obispo estaba celebrando la misa del mediodía. Se unieron a los feligreses y se arrodillaron a rezar en los cojines de terciopelo destinados a la aristocracia. Un coro de niños cantaba dulcemente y sus voces cristalinas inundaban la silenciosa catedral. El aire olía a mirra e incienso que uno de los sacerdotes esparcía con su incensario. Los altares estaban decorados con altas velas blancas de pura cera de abeja y suntuosos candelabros de oro. Las delicadas llamas titilaban bajo la luz de la tarde que entraba por los grandes vitrales y formaba dibujos multicolores sobre la piedra gris del suelo. Alzando los ojos hacia los altos ventanales de la catedral, Rosamund recordó la primera vez que había visto vitrales y jurado en secreto que algún día pondría vidrios de colores en Friarsgate. Cuando finalizó la misa, la dama y el conde se acercaron al obispo. El anciano era el mismo clérigo que varios años atrás había oficiado la ceremonia de compromiso entre Janet y el hijo de lord Leslie. Patrick lo notó desmejorado y frágil de salud.
– Debería amonestarlos por el comportamiento pecaminoso de usted y la dama, milord, pero no lo haré. ¿En qué puedo ayudarlos?
– Quisiéramos que casara a nuestros criados, señor obispo. Y, si fuera posible, de inmediato.
– ¿Están esperando una criatura?
– Todavía no, que nosotros sepamos, señor obispo, pero más vale apresurarnos. El aire de San Lorenzo es demasiado propicio para el amor.
– De acuerdo, oficiaré la boda. Tráigalos mañana, y si lo desean, también podría casarlos a usted y a la dama.
– Ojalá pudiera -replicó el conde
El obispo miró a Rosamund.
– ¿Acaso se ha escapado de su esposo, hija mía? -le preguntó. -No, soy viuda, señor obispo.
– Entonces habrá otras razones que les impiden contraer matrimonio. Arrodíllense ante mí, hijos míos.