Rosamund y Patrick se arrodillaron y el anciano los bendijo haciendo la señal de la cruz.
Los dos amantes lloraron de emoción. El anciano les prodigó una cálida sonrisa y pidió que se pusieran de pie. Tras darle las gracias, salieron de la catedral, montaron sus caballos y subieron la colina donde se hallaba la embajada escocesa. No dijeron una sola palabra en todo el trayecto.
Mientras subían las escaleras rumbo a sus aposentos, Rosamund anunció:
– Hablaré con Annie. Tenemos que ocuparnos de los preparativos. La niña necesitará un lindo traje de novia. ¡Pietro!
– ¿Señora?
Por favor, haga venir de inmediato a Celestina. Annie y Dermid se casarán mañana y el obispo presidirá la ceremonia en la catedral. Precisa con urgencia un vestido de boda.
¡Enseguida, señora! Pietro se retiró y ordenó a un sirviente que fuera a buscar a su hija a la tienda.
– ¡Annie, Annie! ¿Dónde estás? -preguntó Rosamund al entrar en la sala de estar.
– ¡Acá estoy, milady!
– Mañana es el día de tu boda, Annie de Friarsgate. Los casará el mismísimo obispo.
– ¿En la catedral? -se asombró la criada.
– En la catedral. Celestina te confeccionará un hermoso vestido.
– ¡Oh, milady, qué emoción! Usted es tan bondadosa conmigo y yo he sido tan mala. -Se enjugó las lágrimas con el delantal.
– Admito que no te di un buen ejemplo, pero tú no debiste seguirlo. De todos modos, sé que los dos se aman, pues, de lo contrario, se habrían apartado del camino de la virtud. Sécate las lágrimas, jovencita, tenemos muchas cosas que hacer.
– ¡Ay, milady! ¿Y si Dermid y yo dejáramos de amarnos luego de la boda?
– Es muy improbable que eso ocurra. Toda mujer debe casarse, Annie, o ingresar al convento. Dermid es un buen hombre y le prometió a su amo que te trataría con respeto. Además, se nota que está enamorado de ti y que jamás dejará de amarte. Eres una mujer encantadora y sé que serás una buena esposa.
– Es usted muy entendida en el amor, milady.
– Sí -replicó la dama con una sonrisa-. Soy muy entendida en el amor.
Celestina llegó en estado de arrobamiento, y tras ella apareció María, agobiada por el peso de los vestidos que su madre la había obligado a cargar.
– ¡Una boda! ¡María, pon los vestidos sobre las sillas! Ojalá fueran para usted, signora, y no para su doncella. ¿Está esperando un bambino?
– ¡Dios quiera que no! -exclamó Rosamund, preocupada por la reputación de Annie.
– ¡Entonces es un milagro! En Arcobaleno es imposible guardar un secreto, no hace falta que se lo recuerde, signora. Varios han visto a la apasionada parejita besándose en la plaza por las noches. Y ambas sabemos dónde terminan los besos -señaló, y se echó a reír a mandíbula batiente. Luego se puso seria y le dijo a Annie-: Ven a ver lo que te traje, niña.
– ¡Oh, no, milady, elija usted! -replicó, abrumada por la indecisión. Rosamund observó los tres vestidos desplegados en la mesa y en las sillas de la sala, y dio su veredicto:
– El rosa es muy escotado y el amarillo es demasiado audaz. Como ¿icen en España, hay que ser una mujer muy valiente para casarse de amarillo. No es tu caso, Annie. El azul, en cambio, es encantador y resaltará tu belleza. ¿Te gusta?
– ¡Es hermosísimo, jamás tuve algo parecido! -El vestido de brocado celeste tenía un ceñido corpiño, mangas largas ajustadas y puños bordados con un gracioso motivo que se repetía en la faja de la cintura. Sutiles pliegues de lino rodeaban el escote bajo y cuadrado.
– ¡Pruébatelo, entonces!
Celestina y María ayudaron a la criada a quitarse la ropa y ponerse el nuevo atuendo. Para su asombro, le quedaba perfecto. Annie tocó la falda de seda y una sonrisa beatífica iluminó su rostro.
– No hay que modificar nada -señaló Celestina, aliviada-. Llevarás el cabello suelto con una corona de flores. Serás una hermosa novia, y como las mangas son largas podrás usar el vestido en tu helada Inglaterra.
– ¿Te gusta, Annie?
– ¿Que si me gusta, milady? Nunca imaginé que tendría algo tan hermoso. Solo espero no despertar nunca de este mágico sueño.
– ¡Quítate el vestido -ordenó Celestina con impaciencia-, o lo arruinarás antes de la boda! Veo que estás a punto de llorar y las lágrimas son muy difíciles de limpiar.
Ella y María se apresuraron a quitar el vestido de la delgada figura de Annie.
Por favor, envía la cuenta al conde, que es el amo del novio -dijo Rosamund.
– Me parece muy bien que Patrizio pague por las travesuras de su aviente. Espero que se ocupe de que haya vino suficiente para brindar s novios y augurarles una larga vida y muchos bambini.
– Gracias por tu amabilidad. El conde y yo estamos en deuda contigo una vez más.
– Cuelga el vestido en el armario, jovencita, antes de que se arrugue -instruyó la modista a Annie-. Ciao, signora, veo que su italiano ha progresado bastante. Parece que le sienta bien la vida de San Lorenzo, ¿verdad?
Luego llamó a María, que había guardado las otras prendas, y partió saludando.
– Olvidó preguntarle por el precio del vestido, milady.
– Es un atuendo sencillo, Annie. Celestina va a cobrar lo justo y se ofendería si le regateara el precio. Además, lord Leslie desea que luzcas espléndida para Dermid. Eso sí, no se te ocurra contarle del vestido, pues trae mala suerte. Hoy dormirás conmigo. La abstinencia y la ansiedad harán que tu noche de bodas resulte mucho más excitante.
– Sí, milady -aceptó Annie, sumisa.
– Ahora ve a buscar a Pietro, que lo necesito.
La joven salió corriendo para obedecer la orden de su ama.
Al rato apareció Pietro y, haciendo una reverencia, preguntó:
– ¿En qué puedo servirle, señora?
– Las alcobas de los criados no tienen una cama apropiada para un matrimonio, Pietro. ¿Habrá algún cuarto donde puedan alojarse Annie y Dermid? Sé que los malcrío, pero están muy enamorados.
– Sí, señora, hay un cuarto vacío junto a su apartamento. La residencia casi nunca se llena de huéspedes y por el momento no esperamos visitas. La cama es cómoda e ideal para recién casados. Además, usted podrá recurrir a sus criados cuando lo desee. ¿Le parece bien?
– Me parece muy bien, Pietro. Gracias por ser tan cortés con Annie y Dermid.
– Le diré al ama de llaves que ventile la habitación y la arregle para recibir a los novios. Luego, ellos mismos deberán ocuparse de mantenerla limpia y en orden.
– Annie será una buena ama de llaves -prometió Rosamund.
El mayordomo se inclinó en una reverencia y se retiró.
– ¿Qué está pasando aquí? -inquirió Patrick al entrar en la sala de estar-. Annie dice que va a dormir contigo esta noche.
– Pienso que es lo mejor. Debemos guardar el decoro, al menos en apariencia, milord. Pietro abrirá el cuarto contiguo a nuestro apartamento para que, a partir de mañana, Annie y Dermid gocen de privacidad en sus ratos libres.
– ¿Y dónde dormiré yo esta noche?
– En tu alcoba, mi amor -replicó Rosamund con una sonrisa-. Le dije a Annie que la ansiedad excita el deseo. Pues bien, ¿por qué no averiguamos cuánto lo excita, milord?
El conde entrecerró sus ojos verdes.
– Eres muy indulgente con los criados y mi paciencia tiene un límite. Son un par de sinvergüenzas que no merecen tu bondad, pero yo, que te adoro, sí la merezco. ¿Han de negárseme mis legítimos derechos por culpa de unos sirvientes lujuriosos?
– Dime, Patrick Leslie, ¿desde cuándo te importan los horarios? Eres un demonio mil veces más lujurioso que tu pobre sirviente, ¿o acaso te agoto demasiado?
– Creo, señora, que su conducta necesita un correctivo -advirtió el conde acercándose a ella.