La dama eludió la embestida poniendo la mesa entre los dos.
– ¿Ah, sí? ¿Se considera lo bastante hombre para aplicarme ese correctivo, milord?
– Por supuesto, señora. Azotaré su pequeño y redondo trasero hasta que admita su injustificable falta -amenazó el conde con los ojos entrecerrados. Luego pegó un salto derribando la mesa.
Rosamund se asustó y lanzó un grito, pero logró escudarse detrás de una silla.
– Es muy lento, milord.
Y usted, señora, es muy confiada. -Dando fuertes zancadas, la hizo retroceder hacia un rincón de la sala, y la acorraló contra la pared. -¿Y ahora, señora, cómo se las ingeniará para escapar del castigo?
Con los ojos desorbitados, Rosamund vio cómo Patrick le arrancaba silla y la arrojaba a un lado. Trató de escabullirse pasando por debajo de su brazo, pero él la atrapó y, sentándose en la misma silla que le había arrebatado, la acostó de un tirón sobre su regazo. Mientras le levantaba cuidadosamente las faldas para desnudar sus pequeñas y redondas posaderas, le espetó en tono amenazante: -Ahora, señora, le azotaré el trasero.
Acto seguido, una pesada mano cayó sobre las nalgas de la joven haciendo bastante ruido.
– ¡Ay! -Gritó Rosamund y, tras un segundo manotazo, preguntó-: ¿Eso es todo lo que le dan sus fuerzas, milord?
Cuando sintió un intenso ardor en la carne, se dio cuenta de que había sido un error burlarse de él.
– Pida perdón por haberse mofado de mí -rugió el verdugo.
– ¿Qué me hará si lo hago? -inquirió Rosamund desde su ignominiosa posición, tendida boca abajo sobre el amplio regazo del conde.
Patrick soltó una carcajada y, deslizando la mano debajo del cuerpo de la joven, buscó sus labios íntimos. Sonrió al sentirlos mojados.
– El castigo ha sido tan eficaz para mí como para ti, amorcito -dijo, y asestó un tercer golpe al desventurado trasero-. ¿Me pedirás perdón ahora?
– ¡Sí! -exclamó Rosamund. Estaba ansiosa por que él la penetrara y sorprendida de que los azotes le hubiesen provocado una pasión tan abrasadora.
Patrick la paró frente a él y, hurgando entre sus prendas, logró liberar su lanza amorosa. Rosamund se sentó encima, dándole la espalda. El conde le desató el corpiño y corrió su cabellera hacia un lado para descubrir su cuello. Colocó sus manos en los pechos y le pellizcó los pezones, al tiempo que le acariciaba las nalgas con sus seminales esferas. Le besó la nuca y luego clavó los dientes en su delicioso cuello. Rosamund cabalgaba sobre él con una habilidad que nunca dejaba de asombrarlo y que lo hacía gemir de placer.
– ¡Bruja! -le susurró al oído, mientras lamía el perfumado lóbulo de la oreja.
– ¡Demonio! -replicó ella, arqueándose para que Patrick la penetrara hasta lo más hondo de su ser. Apretó las nalgas aún enrojecidas por la golpiza contra el cuerpo de su amado. Cuando sintió que todo él estaba dentro de ella, su cabeza empezó a girar y girar. Ningún hombre la había amado tan plenamente como Patrick Leslie. Ningún hombre le había brindado el goce supremo que estaba experimentando.
– ¡Oh, por Dios! -jadeó-. ¡Oh, Patrick! ¡No te detengas, por favor! ¡No te detengas! -Se estremeció de placer, como si fluyera miel hirviendo por sus venas. -¡Aaah, aaah! -Se estremeció una vez más al sentir cómo el tributo de la pasión la inundaba. -¡Aaah, Patrick! -gritó y se desplomó.
– ¡Rosamund, Rosamund! -gimió el conde en su oreja, el aliento cálido y húmedo-. Nunca conocí una mujer como tú. ¡Lo juro! Si muriera dentro de un minuto, estaría contento, amor mío. -Permaneció un rato con los labios pegados a su nuca y saboreando el aroma de la joven. -Te amo con locura y siempre te amaré.
Rosamund suspiró, pero aún no quería abrir los ojos. Se reclinó contra el amplio pecho del conde, con su virilidad aún dentro de ella.
– Yo nunca amaré a nadie como a ti, Patrick.
Se paró sobre sus temblorosas piernas, respiró profundamente, y luego acomodó y alisó sus faldas.
– Debes ponerte presentable, milord, o asustarás a nuestros lascivos sirvientes -dijo riendo al notar que el tamaño de su virilidad aún era bastante considerable-. Estás muy ardiente hoy.
– ¿Disfrutaste de la tunda que te di, amorcito?
– ¡Sí! Fue muy excitante -asintió ruborizada.
– No pude resistir la tentación. Tus burlas atizaban mi deseo.
– Preferiría que no me azotaras tan a menudo, pues tienes una mano muy pesada y todavía me duele el trasero.
Es normal que los amantes jueguen de vez en cuando, pero no es necesario hacerlo todo el tiempo -explicó el conde. Quizá deje que me des palmadas algún otro día.
– Si las circunstancias lo justifican…
Por el momento prometo ser una buena niña, milord.
– Me alegro, aunque debo reconocer que tienes un trasero de lo más apetitoso.
– ¿Más apetitoso que otros que has azotado? -preguntó con candor.
– ¡Muchísimo más, Rosamund!
– ¡Ojalá nunca tuviéramos que regresar a casa! -exclamó ella súbitamente.
Patrick la estrechó entre sus brazos.
– Tendremos que hacerlo en algún momento, mi paloma. Sé que deseas volver a Friarsgate y prometo llevarte y quedarme contigo todo el tiempo que pueda. Pero ahora ponte contenta porque estamos juntos y porque, pasara lo que pasase, siempre nos amaremos, Rosamund. ¡Siempre!
CAPÍTULO 09
Annie y Dermid se casaron un día cálido y soleado de marzo. Fue un evento auspicioso para la humilde pareja, un cuento de hadas que alguna vez les contarían a sus hijos. Presidido por el anciano obispo, el oficio religioso se celebró frente al altar de la Virgen, en una imponente catedral de piedra con grandes vitrales. Después de la ceremonia, el conde de Glenkirk y Rosamund los llevaron a una pequeña posada donde brindaron por la buenaventura de los recién casados y bebieron vino dulce. Glenkirk le había pedido al posadero que los alojara en el mejor cuarto y les sirviera una opulenta cena en un salón privado. Los novios pasarían allí su noche de bodas y Patrick, por supuesto, pagaría todos los gastos.
Cuando el conde y Rosamund regresaron a la villa, los estaba esperando lord MacDuff.
– Tengo un mensaje de Su Majestad. Llegó hace apenas una hora. Debes partir de San Lorenzo el 1 de abril y regresar por tierra a París, donde tendrás una audiencia con el rey Luis. Le ratificarás de manera contundente que Escocia no romperá su vieja alianza con Francia.
Le entregó una carta sellada.
– Esto es para ti.
– Gracias -dijo Patrick abriendo el mensaje.
– Así que sus sirvientes ya se han convertido en marido y mujer -le comentó MacDuff a Rosamund
– Sí, los casó el propio obispo. ¡Y sospecho que en el momento justo! Los dos son muy jóvenes y están llenos de pasión.
Es usted muy generosa, milady. Otras mujeres en su situación le hubieran dado una tunda a su sirvienta y la hubieran despedido.
Annie y Dermid son excelentes criados, milord. Solo necesitaban que alguien los guiara por la buena senda. ¿Regresará a la corte?
Se lo prometí a la reina, y siempre cumplo mis promesas. Extraño Friarsgate y a mis hijas, pero le debo ese pequeño favor a Margarita Tudor. Éramos muy amigas cuando fui pupila de su padre y gracias a ella tuve un matrimonio feliz. Desea con desesperación darle un varón sano y fuerte a su marido. Si bien supongo que a mi regreso ya habrá nacido el niño, me quedaré un tiempo para animarla y ayudarla a cuidarlo. El ojo clarividente del rey previo que tendría un hijo saludable, pero Margarita no se tranquilizará hasta que vea a la criatura en sus brazos y confirme que su salud es perfecta. Las reinas tienen muy pocos amigos, milord, y yo me considero una verdadera amiga de la reina Margarita.
– Es muy cierto. La amistad es una mercancía que no abunda entre los gobernantes. Me asombra su sentido moral y su inteligencia, jovencita, cualidades que un hombre no suele admirar en una mujer. Aunque también admiro su belleza y, luego de conocerla en estas pocas semanas, comienzo a sentir envidia por mi viejo amigo Patrick Leslie.