– ¿Me está cortejando, milord? -bromeó Rosamund.
– Me temo que sí, pequeña -admitió MacDuff.
– Cállate, perro viejo y baboso -dijo el conde asiendo a su amada de la cintura-. La dama es mía y no se la cederé a nadie.
– ¿Puedo saber qué dice el rey? -preguntó el embajador.
– No mucho más de lo que me has dicho. Me pide que informe al rey Luis de mis gestiones en San Lorenzo. ¿El mensajero sigue aún aquí? Quiero enviar un comunicado a través de él. ¿Es escocés?
– Sí, y finge ser una suerte de factótum del gremio de comerciantes de Edimburgo, lo que no es cierto, naturalmente. Es un papel que representa para que sus viajes no llamen la atención. Ya ha venido en otras oportunidades. Se quedará a pernoctar aquí. Mañana le daremos un nuevo caballo y lo mandaremos de regreso.
– Envíalo a mis aposentos para que le dé las instrucciones.
Patrick escribió una carta a Jacobo Estuardo contándole en detalle sus entrevistas con Paolo Loredano, el representante del dux de Venecia, y con la baronesa von Kreutzenkampe, la emisaria del emperador Maximiliano. Por fortuna, el conde tenía una memoria prodigiosa. Recordaba a la perfección las conversaciones con el artista y la noble alemana, y las reprodujo casi textualmente para que su rey tuviera la impresión de haber asistido en persona a esas reuniones. En la carta lamentaba no haber podido convencer a los delegados de cambiar su posición, pero reconocía que al menos había logrado que Venecia y el Sacro Imperio Romano comenzaran a sospechar de Enrique Tudor. A partir de ese momento, desconfiarían de Inglaterra y actuarían en consecuencia.
– Tan pronto como arribe a Escocia, vaya directamente a ver al rey dondequiera que se encuentre y entréguele esta carta en sus manos. No se la dé a ningún secretario o paje. Sólo al mismísimo rey. ¿Ha comprendido?
– Sí, milord.
– Dígale a Su Majestad que seguiremos sus instrucciones en lo referente a nuestro regreso y que nos reuniremos con él a principios de junio, aproximadamente.
– Sí, milord.
Patrick tendió al mensajero una segunda carta y una pequeña bolsa con tintineantes monedas.
– Luego de ver al rey, quiero que viaje a Glenkirk y le entregue esto a mi hijo, Adam Leslie. Dígale que estoy muy bien.
– Sí, milord. Gracias. Glenkirk está en el noreste, ¿verdad?
– Sí, lo encontrará con facilidad. Muchas gracias por sus servicios.
– ¿Qué le escribiste a Adam? -preguntó Rosamund cuando se retiró el mensajero.
– Que tendrá que seguir ocupándose de Glenkirk por un tiempo más, pues antes de regresar a casa visitaré a un amigo en Inglaterra.
– San Lorenzo ha sido un sueño maravilloso… ¡Y ahora conoceré París! Antes no me gustaba viajar o alejarme de Friarsgate, pero desde que estoy contigo, me encanta. Él le sonrió y la besó en los labios.
El artista me está esperando, corazón. Tu retrato está casi listo, Pero el mío no. Quiero que lo termine antes de nuestra partida para Poder enviar por barco los cuadros a Escocia.
El maestro no te dará mi retrato. Sólo trabaja para sí mismo. Te lo he advertido antes, Patrick.
– Veremos qué pasa -dijo sonriendo y se marchó. Cuando le contó al artista lo que le había dicho Rosamund, Paolo Loredano se echó a reír.
– Tiene y no tiene razón. Sea paciente, milord. No se sentirá defraudado y me pagará muy bien, se lo garantizo. Usted es un excelente modelo. ¿Dónde colgará la pintura cuando sea suya? -preguntó asomando la cabeza por un costado de la tela.
– Encima de la chimenea del gran salón del castillo de Glenkirk, frente a un retrato de mi hija. Rosamund le encargó este cuadro para regalármelo a mí.
– Sí, la dama me explicó que ese era su deseo. Pero también me pidió que hiciera para ella un retrato de usted en miniatura.
El conde se quedó atónito y conmovido. Rosamund no le había dicho nada.
– No esté tan serio, milord. Ha perdido la expresión de felicidad. Piense en su amada y póngase contento.
Patrick se echó a reír y el aire taciturno que ensombrecía su semblante se disipó.
– ¡Ah, así me gusta! -gritó Paolo Loredano.
La primavera reinaba en San Lorenzo. Las vides florecidas trepaban por los muros y los campos que flanqueaban los caminos enceguecían los ojos con sus deslumbrantes colores. El aire era cada día más cálido y el mar tan tibio como el agua de la tina. La dama y el conde salían a cabalgar entre los verdes viñedos, nadaban y hacían el amor cuando y donde les viniera en gana. Marzo llegaba a su fin y se acercaba la triste hora de la partida. Eufóricos por la dicha matrimonial, Annie y Dermid se pasaban el día amartelados y había que azuzarlos para que realizaran sus tareas. Rosamund llegó incluso a amenazarlos con separarlos durante la noche si no cumplían con sus deberes.
Esta vez no viajarían de incógnito, pues no era necesario. Contarían con briosos caballos y un carruaje. El itinerario estaba prefijado, y un jinete que partiría antes que ellos se encargaría de conseguir alojamiento en las mejores posadas a lo largo de la ruta. Viajarían hasta París bajo la protección del duque, y en Calais subirían a bordo de un barco que estaría aguardándolos y que los llevaría de regreso a Escocia.
Los sirvientes ya habían empacado todos los baúles. Antes de marcharse de San Lorenzo, el conde y Rosamund fueron al palacio del duque, que los agasajó con una cena de despedida.
Cuando terminaron de comer, Paolo Loredano y su sirviente llevaron tres telas al salón.
– Ahora, Madonna… ¡he aquí su retrato! -dijo quitando el envoltorio del primer cuadro.
Se escuchó un grito de júbilo en el público. Allí estaba Rosamund, erguida como la diosa del amor, con sus túnicas color lavanda, la cabellera pelirroja ondeando al viento y uno de sus pechos desnudos. Estaba rodeada de colinas y en el fondo se veía el mar.
– ¡Es maravilloso! -Gritó la modelo de la pintura-. Debo reconocer, maestro, que me ha embellecido bastante. Sé que lo ha pintado para usted, pero lamento tanto no poder comprárselo. Recuerdo que una vez le dije a la reina Margarita que era injusto que la gente del campo no pudiera tener sus retratos como los nobles de la corte. Jamás pensé que me vería pintada en un cuadro.
– Entonces -dijo Paolo alborozado-le encantará este otro retrato que he hecho y que el conde, sin duda, pagará muy bien.
Acto seguido, arrancó la funda de la segunda tela.
Rosamund se quedó deslumbrada. De pie, altiva y ataviada con su vestido favorito de terciopelo verde, sostenía una espada con la punta hacia abajo. Detrás de ella, se veía una construcción de piedra y un rojo atardecer. Era un retrato magnífico y Rosamund no salía de su asombro.
– Esa es la imagen que siempre tendré de usted. La dama de Friarsgate defendiendo su amado hogar. Dicen que Inglaterra es muy verde y usted me ha contado que sus tierras se hallan rodeadas de colinas, por eso representé así el paisaje. Espero que le agrade.
Rosamund se levantó de la silla, se acercó a Paolo Loredano y le estampó un beso en los labios.
– No tengo palabras para agradecerle, maestro. Es el retrato soñado. ¡Grazie, mille grazie!-dijo y volvió a su asiento.
El veneciano tocó sus labios con los dedos. Me ha pagado mucho más de lo que vale mi obra.
A continuación, descubrió el tercer cuadro, que mostraba la imagen de un hombre alto, apuesto y gallardo.
– ¡Por último, el primer embajador de Escocia en San Lorenzo! Espero que le complazca, milord -dijo haciendo una reverencia al conde.
– Estoy más que complacido, maestro. Le pagaré gustoso la suma que me pida. ¿Podría ocuparse de despachar las pinturas por barco?
– Sí, milord. La suya será enviada a Escocia y la de la señora, a Inglaterra.