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El veneciano regresó a su silla y le susurró a Rosamund:

– Su doncella empacó la miniatura junto con el equipaje.

Cuando concluyó la velada y la mayoría de los invitados se habían retirado, el duque le recordó al artista:

– ¿No habrá olvidado que prometió venderme el retrato de la diosa; del amor?

– De ningún modo, signore. ¿Y usted no habrá olvidado el precio convenido?

El duque metió la mano en su jubón de satén bordado, sacó una bolsa repleta de monedas y se la entregó a Loredano.

– Cuéntelas si lo desea, pero es la cantidad exacta.

– No es necesario. Confío plenamente en su palabra. Dejaré aquí el cuadro, pero le aconsejo colgarlo cuando el conde de Glenkirk se encuentre bien lejos.

– ¿Consiguió seducir a Rosamund, maestro?

– Lamento confesarle que no. Es una mujer muy extraña. -Luego saludó al duque con una reverencia.-Buenas noches, milord.

Se retiró del palacio y regresó a la villa que había alquilado.

Una amplia sonrisa se dibujó en la cara del artista al contemplar el tercer retrato de Rosamund. Era similar al que le había vendido al duque, pero no idéntico. Aquí, la bella diosa del amor aparecía completamente desnuda.

Cuando la joven posó para el primer cuadro, el pícaro Paolo eligió adrede una túnica que, bajo la luz apropiada, se tornaba traslúcida y revelaba el delicioso cuerpo de Rosamund. Primero, hizo un dibujo carbonilla y al regresar a su estudio lo copió en una tela. Por las noches trabajaba infatigablemente, durmiendo en ocasiones apenas dos horas, pero el sacrificio valía la pena. Contra el fondo de un cielo azul pálido y rodeada por cupidos de alas pequeñas, esta diosa del amor se erguía sobre unas suaves nubes de contornos dorados que pendían por encima de un mar color índigo. La espesa cabellera se enroscaba en su cuerpo exuberante y una guirnalda de flores primaverales coronaba su cabeza. Paolo había capturado con maestría sus pechos redondos y la curvatura del monte de Venus.

Lanzó un suspiro de impotencia. Lamentaba no haber podido poseerla. Enceguecida por su amor hacia Patrick Leslie, no había demostrado el menor interés por el artista, lo que acrecentaba aún más el sentimiento de frustración, ya que ninguna mujer a quien él deseara se había resistido jamás a sus encantos. Por fortuna, su reputación se mantendría intacta, pues se hallaba muy lejos de Venecia. Además, cuando regresara con el magnífico cuadro de la diosa del amor, la gente seguramente supondría que esa belleza había sido su amante durante su estancia en San Lorenzo. Una suposición que él no se molestaría en confirmar ni refutar. Por un momento sintió deseos de mostrar su secreta declaración de amor a Rosamund, para ver la expresión de estupor e indignación en su rostro. Pero era inútil. La joven había desaparecido de su vida para siempre.

Suspiró una vez más, antes de apagar las velas del estudio, subir las escaleras y acostarse en su lecho vacío. Durmió como un lirón hasta después del amanecer, y cuando despertó, Patrick Leslie y su deliciosa amante se hallaban a varias leguas de Arcobaleno, rumbo a París.

Lord Howard, el embajador inglés, no había sido invitado a la cena de despedida. A la mañana siguiente, se dirigió al palacio del duque para comunicarle que su rey, Enrique Tudor, estaba disconforme con el acuerdo comercial entre Inglaterra y San Lorenzo. Tras ser conducido Por un lacayo al gran salón donde el duque supervisaba la colocación del retrato de Rosamund, lord Howard clavó los ojos en las otras dos pinturas, que debían ser despachadas por el artista. Cuando vio a la joven de vestido verde portando una espada en actitud desafiante, reconoció de inmediato. La había visto varios años antes en la corte Su rey. Era una amiga de la reina Catalina. ¿Qué estaba haciendo una amiga de la reina con un noble escocés? No sabía si la respuesta tenía importancia, pero mencionaría el hecho en el siguiente informe a Su Majestad. Volvió a mirar el cuadro. La mujer le pareció muy hermosa y le extrañó que el rey no hubiera sucumbido a sus encantos, pero luego recordó el bochornoso episodio que habían protagonizado por aquella época el rey y dos de sus primas. El duque saludó al visitante.

– ¿Qué opinas de mi pintura? ¿No es la perfecta diosa del amor? -preguntó con una sonrisa picara-. Por supuesto, lord Leslie no sabe que tengo el cuadro, pues cree que el artista se lo guardó para él. Pero yo hice un arreglo con Loredano y me lo vendió. ¡Me fascina esa mujer! Es una lástima que esté tan enamorada del conde. Me habría encantado tenerla en mi cama. También al artista le habría encantado, te lo aseguro.

– ¿Es por eso que hay dos retratos de la dama? ¿El conde no sabía que habían pintado a su amante con un pecho desnudo?

– Sí que lo sabía, y le pareció muy divertido, por cierto. Ella le encargó al maestro el retrato del conde y se lo regaló. ¿Son magníficos, verdad? -Dijo el duque con admiración-. Es un gran artista, tan grande como Tiziano.

– ¿Tiziano?

– Es otro pintor veneciano. Ahora, ocupémonos de los negocios, milord. Hoy hace calor y a la tarde quiero visitar a una linda florista de la plaza -se rió con malicia, guiñándole el ojo al embajador-. En sus años mozos, Patrick Leslie habría competido conmigo por un premio tan apetitoso.

– Entonces es mejor que se haya marchado -replicó lord Howard lacónico, y al instante se preguntó dónde habrían ido el conde de Glenkirk y su amante. ¿A Francia? ¿A Venecia o Roma? ¿De regreso a Escocia? No quería mostrarse interesado ante el duque, de modo que decidió no preguntarle nada. Además, ¿valía la pena preocuparse por ese caballero? Patrick Leslie no era una figura importante, pues no tenía poder ni influencia. Era un hombre en el ocaso de su vida que andaba en amoríos con una damisela. Seguramente había venido a San Lorenzo para escapar del invierno escocés e impresionar a su amante con las pequeñas hazañas de su juventud. Sin embargo, más valía pecar por precavido y contarle todo eso al rey Enrique en el siguiente informe. Todo era importante para Su Majestad, aun los detalles más nimios.

Mientras tanto, los dos personajes que intrigaban a lord Howard cabalgaban por la ruta costera que conducía a Toulouse. La primera noche descansaron en una ciudad llamada Villerose, situada en el ducado de Beaumont de Jaspre. Llegaron a Lyon por un camino que bordeaba el Ródano, y de allí se dirigieron al oeste, cabalgando a campo traviesa hasta Roanne, en el valle del Loire. Los viñedos habían reverdecido recientemente, varias semanas más tarde que en San Lorenzo. Durante toda la travesía gozaron de un clima cálido y agradable. El camino los condujo a Nevers y luego a Cháteauneuf, donde tomaron la carretera principal a París. A medida que se acercaban a la ciudad iba aumentando el movimiento del tránsito. Notaron que había muchos más soldados que en el viaje de ida. Era evidente que Francia estaba en pie de guerra y dispuesta a luchar contra la liga del Papa.

Llegaron a París a fines de abril. Rosamund estaba exhausta y contenta de poder tomarse un respiro luego de tanto ajetreo. Annie, quien, como era de esperar, ya estaba encinta, también sentía deseos de descansar. El conde había hecho los arreglos para que se alojaran en una casita de su propiedad en las afueras de la ciudad. El conserje estaba al tanto de su llegada, y se había ocupado de que todas las habitaciones estuvieran bien limpias y ventiladas. Dos criados, una sirvienta y un mozo de cuadra habían sido contratados para asistir a los huéspedes. La semana siguiente a su arribo, el conde partió a París para tener una audiencia con el monarca.

Tras esperar casi todo el día, fue conducido ante la augusta presencia de Luis XII. Hizo una amplia reverencia y luego dijo en voz muy baja Para que sólo lo oyera el rey:

– Vengo de parte del rey Jacobo Estuardo, pero es menester que hablemos en privado, monseigneur.

Los ojos del rey parpadearon, ávidos de curiosidad. Era un hombre alto, apuesto y tenía una cálida sonrisa.