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– ¡Déjennos solos! -Ordenó a sus secretarios, quienes partieron del recinto de inmediato-. Tome asiento, milord, y cuénteme por qué ha venido a verme.

– Merci -replicó el conde sentándose frente al rey-. Varios meses atrás, a pedido del rey Jacobo, partí de mis tierras en el norte de Escocia al castillo de Stirling. Fui embajador de Escocia en el ducado de San Lorenzo hace dieciocho años y, desde entonces, no había vuelto a encontrarme con el rey. Me pidió que viajara a San Lorenzo en secreto, aunque apenas llegué, fui la comidilla de la ciudad. Si bien el rey tenía pocas esperanzas de que el plan resultara exitoso, consideró necesario intentarlo. Yo debía reunirme con los representantes del emperador Maximiliano y del dux de Venecia con el fin de debilitar su alianza con el papa Julio, España y Enrique de Inglaterra. Como bien sabe, Enrique Tudor ha presionado a mi rey para que integre la coalición, pero Jacobo Estuardo jamás traicionaría a Francia, milord. Estoy aquí para garantizarle que mantendrá su palabra.

– No dudo de que lo hará. De modo que su misión fracasó…

– Así es, Su Majestad. Sin embargo, logré que los emisarios desconfiaran del rey Enrique.

– ¿Cómo lo hizo? -preguntó el rey con una sonrisa.

– Les conté la verdad sobre su personalidad y sus ambiciones. Supongo que conocerá la historia de las joyas de la Venerable Margarita.

– Sí. Fue un hecho escandaloso y deleznable. No creo que me agrade el rey de Inglaterra si alguna vez llego a conocerlo, cosa que dudo. Pero mi yerno Francisco tendrá que tratar con él algún día. Tal vez se lleven bien, pues son bastante parecidos. Francisco es un hombre arrogante, codicioso y con infinitas ansias de poder. Sin embargo, debo reconocer que ha sido un buen marido para mi hija. -Luego, el rey Luis se levantó de su silla, dando por terminada la entrevista. -Exprésele mi gratitud a Jacobo Estuardo por sus intentos de ayudar a Francia y, sobre todo, por su honorable actitud. Sé que la situación no será fácil para él. El poder de su cuñado Enrique Tudor aumenta cada día.

– Transmitiré a mi rey sus buenos deseos, y le agradezco que haya tenido la gentileza de atenderme -se despidió el conde de Glenkirk con una reverencia.

Patrick se retiró del despacho de Luis XII y regresó a la pequeña casa junto al Sena.

Rosamund lo estaba esperando ansiosa.

– Comencé a asustarme cuando se hizo de noche. Debes de estar muerto de hambre. Ven, Dermid trajo una deliciosa cena de una posada de las inmediaciones.

Patrick se veía muy cansado. Tomándolo del brazo lo llevó a la mesa y lo ayudó a sentarse.

– Annie no se encuentra bien y la mandé a la cama. No es nada grave, son los malestares propios del primer embarazo.

Levantó la tapa de una sopera y le sirvió en un plato una buena porción de un apetitoso guiso.

– Estos franceses cocinan de maravilla -comentó alcanzándole el plato y cortando un trozo de pan-. Come, Patrick, y luego cuéntame qué ha ocurrido hoy.

Llenó su copa con un vino tinto muy oscuro y lo observó mientras comía. En pocos minutos, el conde devoró el guiso y, tras mojar el pan en la salsa, dejó el plato limpio.

– ¿Hay más? -preguntó.

Rosamund asintió.

– No comiste en todo el día, milord. Eso es muy malo para la salud de un hombre de tu edad.

Patrick bebió un trago de vino.

– Tuve que esperar que el rey me diera audiencia. O que uno de sus pomposos secretarios se dignara solicitarle una entrevista conmigo. Pero fui muy persistente y al final del día me hicieron pasar a su despacho.

Comía con voracidad, metiéndose en la boca una cucharada de guiso tras otra. Cuando se sintió satisfecho, bebió otra copa de vino y se reclinó en la silla.

Gracias por cuidarme con tanto cariño, mi amor -le dijo besando sus manos.

No solo de pasión vive el hombre, querido. Vamos, cuéntame qué te dijo el rey Luis.

Dijo que estaba seguro de que Jacobo Estuardo se mantendría fiel a nuestra antigua alianza con Francia y le envió sus mejores deseos. Es la respuesta que esperaba mi rey, así que ya no tenemos motivos para permanecer aquí.

– ¡Pero, Patrick, nunca he estado en París! ¿Crees que esta joven campesina tendrá otra oportunidad de visitar esta maravillosa ciudad? ¿No podemos quedarnos unos días más? Quisiera conocer la catedral y, además, a Annie le haría muy bien descansar antes de emprender el regreso. Un viaje en barco le revolvería el estómago.

– De acuerdo, partiremos dentro de tres días. ¿Estás satisfecha, señora?

– Eres muy generoso, milord.

– Enviaré a uno de los hombres del duque a Calais para verificar si nuestro barco nos está aguardando. Como no podrá regresar a tiempo a París, le propondré encontrarnos en algún punto del camino. Los ingleses vigilarán muy de cerca todo navío que despliegue las banderas francesa y escocesa.

Al día siguiente, Patrick y Rosamund visitaron la catedral de Notre Dame en la íle de la Cité. París era alegre, bulliciosa y, para asombro de la joven, muy diferente de Londres pese a que ambas ciudades se hallaban atravesadas por un río. Los franceses eran pintorescos y divertidos. Vieron gitanos actuando en las calles, tabernas llenas de juerguistas. A pesar de la guerra, París seguía siendo una ciudad vibrante y vivaz.

– ¡Qué agotador! -Exclamó Rosamund alborozada al regresar a la casa la noche antes de partir-. Creo que jamás podría vivir aquí. ¿Viste las telas de las tiendas? Son maravillosas. En cambio, la lana no es tan fina como la que hilamos en mis tierras. Es tosca y gruesa. La importan de Escocia, Irlanda e incluso de Inglaterra, pero su calidad es muy inferior a la de Friarsgate. Hablaré con mi agente en Carlisle para hacer negocios aquí. Los franceses aprecian la excelencia y yo puedo ofrecérsela.

– Te comportas como una verdadera mujer de negocios. Nunca te había visto así -se maravilló el conde.

– No nací con los mismos privilegios que tú, milord. La gente de Friarsgate es muy sencilla pero industriosa. Veo una oportunidad aquí v sería una tonta si la desaprovechara.

– Te has acostumbrado a llevar una vida bastante agitada, ¿verdad, amor mío?

Sí. Tú estabas atareado con tu misión diplomática y yo no era sino una figura de adorno que te brindaba placer. Como tú me lo procurabas a mí… -se corrigió Rosamund-. Pero no estoy habituada a holgazanear.

– A mediados del verano estarás de vuelta en tu casa -prometió el conde, enternecido por la sinceridad de su amada.

Partieron a la mañana siguiente, justo antes del amanecer. Ese día Rosamund cumplía veintitrés años, pero nadie se acordó, ni siquiera ella. En un tramo del camino se encontraron con el emisario del duque y les confirmó que un navío estaba esperándolos. El barco era escocés, pero izaría la bandera de un príncipe mercader de Flandes. Finalmente llegaron a Calais y abordaron la nave bajo una lluvia torrencial. Por fortuna, el mar estaba relativamente calmo. Dos días después, mientras avanzaban por el mar del Norte en dirección a Leith, el tiempo mejoró y empezó a soplar un fuerte e inesperado viento del sudeste. Vieron otros barcos en el mar, pero no parecían hostiles. Comenzaron a acercarse a la costa y el capitán le dijo al conde, señalando la desembocadura del río Tyne:

– Estamos llegando, milord. En breve entraremos en el fiordo de Forth y atracaremos en Leith a la mañana temprano.

Desembarcaron en medio de una densa bruma y se dirigieron a la misma posada de la que habían partido seis meses antes. Se alojaron en un cómodo apartamento con varias chimeneas encendidas que los cobijaron del frío de la mañana.

– Tendré que conseguir algún medio de transporte para ir a Edimburgo o dondequiera que se encuentre el rey.

Por favor, averigua cómo fue el parto de la reina.

Margarita Tudor había dado a luz a una bella y saludable criatura el 10 de abril, le contó el posadero a Patrick Leslie.