– Ya encontrarás la manera de retozar con el conde. A veces el rey y yo hacemos el amor en los sitios más extraños, solo por el placer y la excitación de la aventura. Debiste suponer que yo te castigaría luego de mentirme y desaparecer durante varios meses, aun cuando tuvieras el noble motivo de ayudar al conde Glenkirk a cumplir la misión ordenada por el rey. Pues bien, ese será tu castigo.
Cuando Patrick se enteró de la sentencia de la reina, dijo:
– Hablaré con Jacobo.
– No lo hagas, te lo suplico. Pondrás en peligro mi amistad con Margarita. Como no puede regañar a su marido por las mentiras que le dije, me castiga a mí. Respeto su decisión. Estamos extenuados del viaje y no será tan terrible dormir separados unas pocas noches. Además, la reina enviará por mi primo para que nos visite. Tom alquiló una casa en Edimburgo y estoy segura de que vendrá corriendo con el mensajero. No se perderá la oportunidad de volver a la corte. Estoy impaciente por tener noticias de mi familia, Patrick. Luego nos alojaremos en su casa y estaremos juntos de nuevo.
– Deberías ser diplomática, amor mío.
Rosamund estaba en lo cierto. Tras recibir la invitación, lord Cambridge partió raudo de Friarsgate junto con el mensajero y ni bien llegó al castillo buscó a su prima en los aposentos de la reina.
Rosamund lo notó un poco excedido de peso y lo saludó con una chanza:
– Veo que Maybel te alimentó muy bien, primo -dijo, descubriendo la barriga que se ocultaba bajo un fastuoso jubón.
– Mi querida Rosamund -susurró besándole ambas mejillas-Te noto más delgada, y muy feliz, por cierto. -Paseó la mirada por la antecámara de la reina. -¿Me permitirán ver al príncipe heredero?
– Milady, recordarás a mi primo lord Cambridge. Desea con fervor conocer al príncipe -informó Rosamund a la reina.
– Cuando regrese a Inglaterra, milord, le contará a mi hermano Enrique que el rey de Escocia es padre de una preciosa criatura.
– Señora, aun a riesgo de poner en peligro mi vida, porque bien sabe que no soy un hombre valiente, transmitiré el mensaje a su regio hermano. Si lo veo, le diré que usted luce perfecta y que su hijo parece muy fuerte y saludable.
– Según el buen ojo de mi esposo, nuestro niño ocupará el trono de Escocia algún día. Bienvenido a la corte, milord.
– Jamás rehusaría tan halagadora invitación, pero me temo que mi visita será breve. Mi prima debe retornar a Friarsgate y yo debo ir al sur a ocuparme de mis tierras, que he descuidado durante demasiado tiempo.
– Rosamund está impaciente por volver a casa después de sus aventuras en el extranjero -comentó la reina con malicia-. Vaya y cuéntele lo que ha ocurrido durante su ausencia. Sé que está ansiosa por hablar con usted.
Los dos primos hicieron una reverencia a la reina Margarita y se recluyeron para conversar tranquilos.
– ¿Mis hijas están bien?
– Han crecido bastante y Philippa se parece cada día más a ti. Bessie y Banon son dos niñas encantadoras, sobre todo la más pequeñita. Es muy especial y todo el mundo la adora. Maybel dice que te dejes de tonterías y vuelvas inmediatamente a casa.
– Patrick viajará con nosotros.
– ¿Te casarás con él?
Rosamund negó con la cabeza.
– Nada ha cambiado, Tom. Tanto para Patrick como para mí, el deber es lo primero. No precisamos los votos matrimoniales para demostrar nuestro amor. Irá conmigo a Friarsgate y se quedará el tiempo que considere oportuno. Su hijo es un hombre adulto que sabe arreglárselas sin su padre.
Entonces estarás a salvo cuando me vaya. Iré al sur para vender mis Propiedades, Rosamund. Le compraré Otterly a tu tío Henry. En este momento está prácticamente en ruinas. Mavis, su esposa, lo dejó y es probable que no vuelva a verla nunca más. Sus hijos, incluyendo el mayor, se dedican a robar en los caminos y, tarde o temprano, terminarán en la horca. Me han contado que las dos hijas de Mavis ejercen la prostitución en Carlisle. Henry Bolton es un hombre arruinado. Prometí darle una pequeña casa y un sirviente para que lo atienda. Mi intención es restaurar Otterly hasta que quede magnífico. Algún día le pertenecerá a Banon y me ocuparé de que Bessie reciba una cuantiosa fortuna. Philippa heredará Friarsgate, a menos, claro, que le des un hijo al conde.
– Eso es imposible, Tom, pues una enfermedad lo dejó estéril. No volveré a ser madre -afirmó y besó a su primo en la mejilla-. Eres muy bueno con mis niñas. ¿Estás seguro de que quieres hacer lo que dices?
– Sí. Hace varias generaciones que mi familia se fue de Cumbria y sé que amas profundamente esas tierras. Nunca me preocupé demasiado por la casa de Cambridge, pero he decidido conservar las propiedades de Londres y Greenwich para estar cerca del palacio, aunque, a decir verdad, la corte de Catalina es demasiado formal y tediosa. Prefiero mil veces la deliciosa corte del rey Jacobo.
– Al fin te encuentro, mi amor -dijo Patrick acercándose hacia ellos-. Me habían informado de que estabas aquí, milord. -Extendió la mano a Tom. -No te levantes, me sentaré con ustedes. ¿Ya le has preguntado, Rosamund?
– ¿Qué debía preguntarme? -inquirió Tom.
– Todavía no. Me estaba contando las novedades de mi familia -replicó Rosamund.
– ¿Qué debía preguntarme? -repitió lord Cambridge.
– ¿Podríamos quedarnos en la casa que alquilaste en Edimburgo, Tom? La reina me ha obligado a dormir en su antecámara y a Patrick, en el salón. Necesitamos con urgencia descansar en una cama cómoda.
– Los Tudor tienen un perverso sentido del humor, mi querida Rosamund. Cuando renté la casa de Edimburgo le pedí a la reina que te diera la llave ni bien regresaras. Debió de extrañarte mucho o no te hubiera jugado esa mala pasada. Claro que pueden hospedarse en mi casa. No es grande, pero es muy limpia y acogedora, y se puede ir caminando al castillo. Sabes cómo detesto llegar tarde a los eventos sociales. Ayer, cuando no te vi en la casa y el ama de llaves me dijo que no había venido nadie, pensé que aún no habías regresado y que la reina había enviado por mí porque tu retorno era inminente. ¡Qué mujer maligna! -exclamó riendo a carcajadas.
Patrick y Rosamund se quedaron serios. No les causaba ninguna gracia la broma de Margarita.
– ¿Podemos ir ahora mismo? -Preguntó el conde-. Preciso un baño y una cama blanda.
– Le presentaré mis excusas a la reina -dijo la joven-. No se vayan sin mí, caballeros. Tendrás que compartir el baño conmigo, Patrick.
– Como en San Lorenzo.
– Exactamente -le dijo insinuante y clavándole sus ojos color ámbar.
Desconcertado, lord Cambridge movía la cabeza de un lado a otro. Estaban tan enamorados como en Navidad. Sin embargo, Rosamund no desposaría al conde de Glenkirk y le había dicho con absoluta franqueza que algún día, inexorablemente, sus vidas tomarían rumbos distintos. Se preocupó por su prima, a quien adoraba como a la hermana que había perdido. Pero el amor que ella sentía por Patrick era una pasión abrasadora y Tom tenía miedo de lo que pudiera pasar cuando se separasen.
Contenta por su pequeña victoria sobre su amiga, la reina tuvo un gesto magnánimo y liberó a Rosamund de su compañía.
– Ve a casa con tus hijas. El conde ya ha cumplido con sus servicios y deben estar juntos. Algún día te pediré que vuelvas a visitarme. ¡Buen viaje, querida Rosamund!
La joven besó la mano de Margarita, hizo una reverencia y se retiró. Luego ella y Patrick fueron a ver al rey para despedirse.
– Dos veces acudiste en mi ayuda, Patrick. Si te convocara para una nueva misión, ¿la aceptarías?
El conde de Glenkirk asintió.
– Eres mi rey, Jacobo, y aunque perdí a mi hija Janet estando a tu servicio, respondería a tu llamado sin vacilación. Creo que los Estuardo no han traído suerte a los Leslie. Vendré siempre que me necesites.