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– Él nos dejará en la estacada, estoy segura. Pero su esposa le recordará sus deberes de cortesía hacia los viajeros que piden refugio.

– Parece que lo conoces muy bien.

– No es un hombre complicado. Terminará cediendo a los ruegos de su esposa, pues no querrá mostrarse mezquino ante ella. Pero en su fuero íntimo le encantaría hacernos esperar afuera como a unos pobres pordioseros. Sabe que jamás recurriríamos a él si tuviéramos otra opción.

– Mañana estarás en casa, mi amor -la consoló Patrick.

Empezaba a caer la llovizna y seguían aguardando. Por fin oyeron un chirrido: estaban levantando la pesada reja de hierro. Comenzaron a abrirse los portones de madera con excesiva lentitud, dejando un espacio muy estrecho, de modo que tuvieron que pasar de a uno a la explanada del castillo. Allí fueron recibidos por el amo y su esposa, una linda mujer que parecía muy pronta a parir. Patrick se apeó del caballo y ayudó a Rosamund a descender del suyo. La joven se desplomó en sus brazos, como si no pudiera mantenerse en pie.

– Le agradezco su hospitalidad, Logan Hepburn, y a usted también milady Jean -dijo el conde con galantería-. ¿Hay algún lugar donde la dama pueda reposar? Está extenuada del ajetreado viaje. Nuestra intención era llegar hoy a Friarsgate, pero nos sorprendió la noche.

– ¡Oh, pobre señora! -se compadeció Jeannie. Sus ojos azules se desplazaron de Rosamund a Annie-. Y tú, pequeña, también necesitas descansar. Ordenaré que les preparen ya mismo la cama.

– Me temo que tendré que llevar a la dama en andas -dijo el conde cuando Rosamund se desmoronó al suelo junto a él. Susurrándole al oído, le espetó-: ¡Zorra! Si hay que subir escaleras serás tú quien me cargue.

Rosamund ocultó la risa pegando el rostro al hombro de Patrick, pero la diversión le duró poco.

– Démela a mí, milord, pues hay que subir escaleras y la dama no es tan pesada. -Logan cargó a Rosamund en sus brazos y, adrede, la llevo a los tumbos al interior del castillo. Annie y el resto de la comitiva iban a la zaga.

– ¡Es tan gentil! -Exclamó Jeannie tomando el brazo del conde-. La dejará en la alcoba de huéspedes. Sígueme, muchacha -le dijo a Annie.

Logan subió los escalones de dos en dos hasta llegar a un oscuro corredor del segundo piso. Se cuadró frente a una puerta, la abrió de una patada y entró a la alcoba. Arrojándola a la cama, le espetó:

– ¿Por qué se te ocurrió venir precisamente aquí, Rosamund? ¿Querías torturarme una vez más con tu perfidia?

– ¡Preferiría dormir en el mismo infierno! -replicó la joven con violencia.

– ¡Ah, veo que no estás tan cansada como parecías! ¿Es que no puedes dejar de engañar ni un segundo?

– No me hables así, milord. Solo trataba de evitar una escena entre nosotros, pero fue inútil. Tu esposa es muy buena y me agrada. No quería que supiera de tus engaños, sobre todo ahora que está esperando un niño. ¿Cuándo nacerá la criatura?

– Siempre te amaré, Rosamund. Me vi forzado a casarme cuando todo el mundo se enteró de tu amorío con lord Leslie. Este niño debería ser nuestro.

– ¡Malvado! ¡Lárgate! ¡Vete ya mismo! Ruego a la Santa Virgen que tu esposa nunca sepa lo cruel que eres en verdad.

– Siempre he sido amable con Jeannie. Aunque lo ignora, es una pobre víctima como yo. Es una gatita desvalida que inspira amor y protección. Nadie se atrevería a tratarla con crueldad.

– Entonces, ¿por qué me hablas de esa manera?

– Porque te amo.

– Sólo querías un heredero y cualquier mujer estaba en condiciones de dártelo.

– Es cierto, quiero un heredero. Es el derecho de todo hombre. Pero no era por eso que deseaba desposarte, Rosamund Bolton. Yo te amo.

¿Por qué te cuesta tanto entenderlo?

¡Sal de mi cuarto, Logan Hepburn! Comenzarán a preguntarse por qué tardas tanto. Ahí llega Annie. Entra, jovencita, y métete en la cama Buenas noches, milord.

– ¿Amas realmente a lord Leslie? -preguntó el amo de Claven's Carn.

– Con toda mi alma. Como jamás amé ni amaré a nadie. Logan dio media vuelta y se retiró sin añadir palabra alguna. -Lady Jean dice que nos traerán la cena -informó Annie, sin salir de su asombro.

– ¿Cuánto escuchaste?

– Todo, milady. Estaba delante de la puerta, pero tenía miedo de entrar.

– Olvídate de lo que escuchaste.

– Sí, milady. Lord Leslie dormirá en el salón con Dermid. Lady Jean es muy amable y se preocupó por mi condición. Dice que su hijo nacerá en septiembre.

– Es una mujer muy dulce. Roguemos a Dios que le dé un varón. De lo contrario, Logan no se sentirá satisfecho.

– Yo también quiero un varón.

Al rato apareció una criada y encendió el fuego. Una segunda sirvienta les llevó la cena en una bandeja: dos cazuelas de guiso de cordero, pan, queso y cerveza. Y una tercera colocó una jofaina llena de agua caliente junto a los carbones de la chimenea para que se conservara el calor. La dama del castillo sabía cómo atender a sus huéspedes. Rosamund y Annie dieron cuenta de la cena con buen apetito. Luego se lavaron la cara y las manos, se quitaron los vestidos y se metieron en la cama. Las sábanas eran nuevas y olían a lavanda. Durmieron profundamente hasta el amanecer.

El canto de los pájaros despertó a Rosamund. El día era cálido, soplaba viento del sur y había algo en el aire que le evocaba su hogar. En pocas horas estaría en Friarsgate, con Patrick y su familia. Se vistió y se puso las botas. Necesitaba un baño. Por primera vez tras varias semanas, esa noche tomaría un baño digno.

– Annie -dijo sacudiendo el hombro de la criada-. Despierta. Partiremos pronto y llegaremos a casa por la tarde.

Annie lanzó un gruñido pero, obediente, se levantó.

– Voy a bajar al salón. No te demores -ordenó Rosamund y se apresuró a salir de la alcoba.

En el salón vio a Patrick, que ya se había levantado, corrió hacia él y le dio un beso.

– Te extrañé anoche.

– Logan tardó en bajar de tu alcoba.

– Estuvo agrediéndome, tal como te había advertido.

– Después se emborrachó tanto que sus hermanos tuvieron que meterlo en la cama, pero su esposa ni se inmutó. Estaba muy entretenida hablando conmigo. Creo que se siente sola aquí. Las cuñadas son unas frívolas que lo único que tienen en la cabeza son cintas, encajes y los placeres de la cama.

– Marchémonos lo antes posible. En unas horas estaremos en Friarsgate. No deseo volver a enfrentarme con Logan Hepburn.

– Más tarde me contarás lo que pasó. Deberíamos saludar a la dama del castillo antes de partir. Vamos a comer, amor mío.

Se sentaron a la gran mesa del salón donde había pan recién horneado, avena, miel y una pesada crema que Rosamund añadió en cantidades al cereal caliente. Un sirviente se ocupaba de llenar sus copas de vino. La joven cortó varios trozos de pan, los mojó en la miel y los fue metiendo en la boca de su amado. Patrick le devolvió el favor, y al rato ambos estaban riendo y lamiéndose mutuamente los restos de miel que quedaban en sus bocas.

– No solo te deseo, Rosamund, sino que te necesito -dijo Patrick en tono serio.

– Yo siento lo mismo, amor mío.

Lady Jeannie entró al salón.

– ¡Ah, veo que se han levantado! ¿Durmieron bien? ¿Comieron bien?

– Nos han tratado de maravilla -respondió el conde.

– Eres una excelente anfitriona. Te agradezco la cena de anoche. Era deliciosa y me devolvió las fuerzas, pues estaba muy cansada. Ha sido Una estadía encantadora, milady.

– Me alegro de que hayan elegido venir aquí para descansar del viaje tenía deseos de verte de nuevo, Rosamund.

– Puedes venir a Friarsgate cuantas veces quieras.

– Será imposible. Cuando nazca el niño no podré ir a ninguna parte y ahora no estoy en condiciones de viajar. Pero iré a visitarte algún día, cuando mis hijos -porque los hermanos de Logan dicen que debo llenar la casa de niños-sean grandes. ¿Tú tienes hijas mujeres?