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– Tres y perdí un varón.

– Todos creen que, por el tamaño de la panza, tendré un niño.

– Eso sólo lo sabrás cuando nazca. Las niñas también pueden ser grandes.

Jean negó con la cabeza.

– No, es un varón, porque Logan desea un varón. No debo defraudarlo.

– Estoy segura de que nada de lo que hicieras lo defraudaría -replicó Rosamund y agregó mirando a su amado-: Milord, ¿estamos listos para partir?

– ¿Dónde se han metido Annie y Dermid?

– Estamos listos, milord -dijo Dermid, con la soñolienta Annie a su lado-. Ya hemos comido y los caballos están en la explanada del castillo. Muchas gracias, milady -hizo una reverencia a Jean y se retiró del salón con su esposa.

– No dejes de avisarnos cuando nazca la criatura. Le pediré al padre Mata que rece por ti, Jean Hepburn. Dile a Logan que lamento no poder despedirme de él en persona. Anoche no parecía sentirse nada bien, de modo que espero que la causa de ese malestar haya desaparecido. Dile que pregunté por él. -Sonriendo, tomó la mano del conde.

– Se lo diré. Te deseo un buen viaje, lady Rosamund.

Montados en sus cabalgadoras en las puertas de Claven's Carn, Patrick se inclinó hacia Rosamund y le susurró:

– ¡Qué filosas garras tiene, señora! Debe de haberte tratado muy mal anoche para torturarlo con tanta crueldad.

– Volvió a declararme su amor -murmuró Rosamund enojada.

– Eso es imperdonable, más aun ahora que su fiel esposa lleva en su vientre al heredero.

Descendieron la colina de Claven's Carn y tomaron el camino que finalmente los conduciría a Inglaterra.

– Ojalá que Jean Hepburn nunca se entere de que su marido no es sincero con ella, pues sin duda sufrirá mucho. La pobre se empeña tanto en ser una buena esposa.

– ¿Crees que lo ama?

– Lo ignoro. Pero él le debe lealtad, y cuando me declaró su amor en su propia casa y casi frente a su esposa, sentí deseos de abofetearlo. ¡No podía creer lo que estaba escuchando, Patrick! Es un hombre grosero y primitivo, como todos los fronterizos.

– Sin embargo, confieso que siento pena por él.

– ¿Cómo es posible? ¡Estás rematadamente loco!

– Me apena porque sé que en verdad te ama, Rosamund. Siempre creíste que solo le interesaba tener un hijo contigo, lo que puede ser en parte cierto, pero el hombre está profundamente enamorado de ti. El vernos juntos ayer fue una tortura para él. Cuando regresó al salón no dijo una palabra; se limitó a beber hasta casi perder el conocimiento. Sus hermanos tuvieron que cargarlo hasta la alcoba y meterlo en la cama.

– Nunca le prometí que me casaría con él. Le dije con claridad que no. A mí también me da pena Logan, pero jamás le haría a la dulce Jean Logan lo mismo que le hice a mi propia reina. Detesto sentirme culpable, sobre todo cuando los responsables de esas situaciones no manifiestan el menor sentimiento de culpa. Logan se regodea en la autocompasión. No piensa en su esposa. Yo sí. Enrique Tudor se sintió abandonado cuando regresé a Friarsgate. Tampoco pensó en el inmenso dolor que le causaría a Catalina si llegaba a enterarse de que su esposo y su leal amiga habían dormido juntos.

– Es improbable que vuelvas a ver a Logan por un largo tiempo. Tu sola presencia le resulta dolorosa. Creo que respeta a su esposa aunque no la ame. Además, el hombre tiene su orgullo.

– Sí, es muy orgulloso.

Cabalgaron varias horas hasta que el paisaje se tornó familiar. Rosamund reconoció las colinas y se inclinó hacia delante con ansiedad. Sientes Friarsgate -adivinó el conde.

– ¡Claro que sí! Una colina más y veremos mi lago y mis campos. ¡Oh, Dios! No puedo creer que los haya abandonado tanto tiempo. Sin embargo, lo hice, pues mi único deseo era estar contigo, corazón mío Tú amas cada pedazo de tu tierra como yo amo Friarsgate. No veo la hora de conocer Glenkirk.

– Ya lo conocerás -prometió Patrick.

Bajaron una colina y luego comenzaron a subir la última antes de llegar a destino. Se detuvieron en la cima; Rosamund quería absorber todo el paisaje que se desplegaba ante sus ojos: los prados verdes, las ovejas y las vacas pastando plácidamente, los dorados sembradíos, los huertos con sus árboles en flor, la casa de piedra y, más atrás, el lago centelleante bajo el sol de la tarde. Las campanas de la iglesia comenzaron a repicar. Los pobladores abandonaron sus trabajos y sus granjas y corrieron a saludar a la dama de Friarsgate y a su comitiva. Cuando llegaron, Maybel salió de la casa exultante de alegría, con las niñas a la rastra.

Rosamund saltó del caballo y, arrodillada, abrazó a sus tres hijas.

– ¡Mis adoradas hijitas! -lloraba mientras las cubría de besos. La pequeña Bessie, de cuatro años, gimoteaba, pero Philippa y Banon estaban felices de reencontrarse con su madre.

– No supuse que te irías por tanto tiempo, mamá -dijo Philippa, de ocho años-. El tío Thomas fue una compañía agradable, pero te extrañamos mucho.

Luego posó su mirada en el conde de Glenkirk y enarcó una de sus cejas pelirrojas.

Rosamund se puso de pie.

– Niñas, les presento a Patrick Leslie, conde de Glenkirk-dijo fijando la vista en sus hijas, quienes se inclinaron en una reverencia-. Se quedará con nosotras un tiempo.

– ¿Es dueño de un castillo, milord? -preguntó Philippa con atrevimiento.

– Sí -respondió Patrick mientras contemplaba la versión en miniatura de su amada-. Espero que algún día ustedes y su madre vayan a visitarme.

– ¡Ya era hora de que regresaras! -La regañó Maybel-. Aunque, viendo al apuesto caballero, entiendo por qué te quedaste tanto tiemp0 en Edimburgo. -Cuando miró a Annie, exclamó-: ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? ¡Has traído la vergüenza a esta casa!

– Soy una mujer casada y respetable -replicó Annie con orgullo y empujó a Dermid-. Este escocés es mi esposo, Maybel. Milady prometió regalarnos una cabaña.

– ¡Tendrás que ganártela, pequeña! ¿Dónde se casaron?

Annie miró a su señora, quien hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

– ¡En una enorme catedral y ante el mismísimo obispo, Maybel! ¡Ninguna mujer de Friarsgate ha tenido una boda más suntuosa, te lo juro!

La vieja Maybel estaba atónita.

– Luego te contaremos una historia maravillosa -intervino Rosamund-. Hemos cabalgado todo el día y necesitamos comer, beber y, sobre todo, ¡un baño bien caliente! No hemos tomado un baño decente desde hace varias semanas. ¡Mi querido Edmund! -saludó al caballero que acababa de salir de la casa-. Patrick, él es mi tío Edmund. Tío, te presento a Patrick Leslie, conde de Glenkirk.

El salón estaba fresco y, al mirar a su alrededor, Rosamund suspiró alborozada. Había disfrutado de sus aventuras en San Lorenzo y Edimburgo, pero, ¡Dios!, era maravilloso volver a estar en casa. Se sentó en su silla preferida junto al hogar. Sonrió al ver el fuego encendido. Escuchó a los sirvientes que entraban el equipaje y a Annie que ordenaba con arrogancia dónde debían colocarlo. Una criada a quien no conocía le llevó una bandeja con vino y confituras.

– ¿Cómo te llamas, pequeña? -preguntó Rosamund.

– Lucy, milady. Soy la hermana de Annie -gorjeó la niña con una sonrisa.

– Gracias, Lucy. ¿Te parece que comencemos a contarles la historia? -Sí. Ya todo ha concluido y, además, no creo que llegue a los oídos del rey Enrique -respondió Patrick. Agachándose, levantó a Bessie, que estaba colgada de una de sus piernas, y la sentó en su regazo. La Pequeña se acurrucó en sus brazos, rebosante de alegría. Por un momento, una sombra de tristeza cubrió el rostro del conde, pero luego aspiró y sonrió a la niña.

Piensas en tu hija, ¿verdad? -susurró Rosamund. Sí. Tenía su edad cuando nació el hermano y fue a vivir al castillo e Glenkirk. ¡Vamos, empieza a contar de una buena vez! Rosamund paseó la mirada en torno suyo y vio que Maybel, Edmund, Philippa y Banon estaban ansiosos y expectantes. Sin más dilaciones, contó cómo había conocido al conde a poco de llegar a Edimburgo y cómo se habían enamorado a primera vista. Se refirió brevemente a la estadía anterior de Patrick en San Lorenzo y a su adorada hija, que había sido vendida como esclava sin que jamás volvieran a verla. Luego dijo que el rey Jacobo había encomendado una misión secreta al conde de Glenkirk, por la que este había tenido que regresar a San Lorenzo tras dieciocho años de ausencia. A esa altura del relato el padre Mata, párroco de Friarsgate, ingresó en el salón y tomó asiento en silencio.