– Siéntate -dijo señalándole la cama, aunque ella prefirió permanecer de pie-. ¿Sabes qué edad tengo ahora? Veintitrés años, Maybel. He sobrevivido a tres maridos y parido a tres hijas. Durante veinte años solo me he preocupado por el bienestar de Friarsgate y de su gente. Y seguiré haciéndolo, te lo aseguro. Pero lo que no haré es permitir que me critiquen por buscar un poco de felicidad para mí, Maybel. Te amo, querida, eres la madre que me crió luego de que la mía muriera. Sin embargo, eso no te da ningún derecho a censurarme. A nadie le importan mis niñas tanto como a mí, a nadie. Ni Patrick ni yo deseamos "hacerlas cómplices de nuestra lascivia", como dices. Somos amantes, es cierto, desde la noche que nos conocimos en el castillo de Stirling. No podemos explicar nuestros sentimientos, pero ahí están, te gusten o no. Y, para tu tranquilidad, te informo que el conde se casaría conmigo de inmediato si yo aceptara. No me presiona porque sabe que no deseo volver a contraer matrimonio. Te aclaro, además, que es imposible que tengamos hijos pues una enfermedad lo dejó estéril hace varios años. Creo haber satisfecho tu curiosidad, y de ahora en más te pido que no volvamos a discutir el tema.
– ¿Por qué no quieres casarte con él? -insistió Maybel, satisfecha pero inquisitiva.
– Porque jamás abandonaré Friarsgate y él jamás abandonará Glenkirk. Regresará a Escocia en otoño. Tal vez vuelva. Tal vez no nos veamos nunca más. Ninguno de los dos sabe qué pasará; solo sabemos que no estamos destinados a vivir juntos. Eso es todo, Maybel, no diré una palabra más y tú serás buena y cariñosa con Patrick.
– ¡Qué raro! ¡Una mujer que no quiere casarse! Nunca lo comprenderé.
– Lo sé. Eso siempre será un enigma para ti, mi querida Maybel. Perdóname por el susto que te di. Maybel se puse de pie.
– Bien, al menos hemos aclaramos las cosas entre nosotras, niña. Tu conde parece un hombre agradable y sé que lo amas como no has amado a nadie. Volveré al salón y veré si ya está lista la cena. ¿Dónde se ha metido la haragana de Annie?
– Me encargué de que ella y su esposo dispusieran de un cuarto confortable. Quiero que descanse unos días.
– Echarás a perder a esa jovencita -gruñó Maybel-. Después de la cena ordenaré que te preparen el baño.
Dando un firme portazo, abandonó la alcoba de Rosamund.
– Te ama mucho -dijo Patrick atravesando la puerta que conectaba las dos habitaciones.
– ¿Escuchaste toda la conversación? -preguntó acariciando el bello rostro del conde con sus dedos.
– Estaba por venir a visitarte cuando Maybel irrumpió en tu alcoba. Tiene razón, mi amor. No debemos dar un mal ejemplo ante tus hijas. Dicho sea de paso, son realmente encantadoras, sobre todo la más pequeña. Ha logrado conquistar mi corazón.
– Cerraremos con llave las puertas que dan al corredor cada vez que nos retiremos a nuestros aposentos. Nadie nos interrumpirá mientras compartimos el baño esta noche. Poseo una comodísima tina donde caben dos personas. A Owein le gustaba bañarse conmigo.
– Sin duda, era un hombre de buen gusto y discernimiento.
– Ven y acuéstate conmigo -imploró Rosamund.
– Ya casi es hora de cenar. Quedaremos muy mal si no aparecemos, y aun peor si aparecemos con las mejillas arreboladas y las ropas arrugadas -aconsejó el conde.
– Solo vamos a conversar, te lo prometo.
Se tendieron juntos en la cama.
– Tus tierras son hermosas, y muy distintas de las mías. Glenkirk se encuentra en medio de las colinas, aunque también tengo un lindo lago. Solo podemos cultivar lo necesario para nuestro propio sustento. Tus campos, en cambio, son lo bastante pródigos para alimentar a toda la gente y los animales del pueblo. Me encantaría salir a cabalgar contigo mañana.
– Es un lugar privilegiado. ¿Por qué tienes que irte, Patrick? Adam puede manejar perfectamente tus tierras. ¿Es tan imprescindible tu presencia en Glenkirk?
– Antes de que el rey Jacobo me nombrara conde de Glenkirk, yo era el señor de Glenkirk. Me debo a mi gente, soy el amo que vela por su bienestar. Y lo seré mientras viva. Sólo cuando muera aceptarán a mi hijo. Respetan su autoridad durante mi ausencia, pero jamás lo reconocerán como su amo, Rosamund. Comprendo por qué te resistes a dejar Friarsgate: por la misma razón que me impide abandonar Glenkirk. Además, tus hijas son muy pequeñas para arreglárselas solas. Es cierto. Yo me las arreglaba sola a su edad, pero era muy difícil tenía que lidiar con el tío Henry, que deseaba apoderarse de Friarsgate. No pondré a mis hijas en una situación semejante. Si bien Maybel Edmund y mi tío Richard, el párroco de St. Cuthbert, me protegían, era muy duro para ellos y ahora ya son ancianos.
– Siempre desembocamos en el mismo callejón sin salida.
– Lo sé -admitió Rosamund llorando-. ¡Y lo odio!
El conde besó sus lágrimas.
– Agradezcamos esta dicha que se nos ha concedido.
Rosamund asintió, pero la furia empezaba a carcomerla por dentro. Amaba a ese hombre y siempre lo amaría. No quería separarse de él. Nunca.
Durante la cena, el conde se sentó a la derecha de Rosamund y Philippa, a la derecha del conde. A los ocho años, la heredera de Friarsgate tenía derecho a compartir la mesa de los adultos. Banon y Bessie habían comido más temprano y ya estaban en la cama.
– Es usted muy apuesto para ser un anciano -observó Philippa.
– Y tú te pareces a tu madre -replicó el conde conteniendo la risa.
– Maybel dice lo mismo. ¿Se quedará a vivir con nosotros, milord?
– No. Sólo estoy de visita y volveré a Glenkirk en otoño.
– ¿Regresará aquí alguna otra vez? Creo que mamá se pondría muy triste si no volviera.
– Haré todo lo posible, Philippa. Yo también quisiera regresar, pero a veces el deber y el querer no coinciden.
– Siempre pensé que los adultos hacían lo que deseaban.
– Así debería ser, pero no lo es. Los adultos tienen que cumplir con el deber y a menudo eso significa contrariar los propios deseos. Sin embargo, lo más importante es el deber. Recuerda lo que te digo, pues algún día serás la dama de Friarsgate.
– Es un buen consejo, milord. Lo recordaré.
Era una niña seria y circunspecta, muy diferente de su hija a esa edad. Janet, la criatura casi salvaje de las tierras altas que cabalgaba en su poni a toda velocidad y protegía a su hermano menor de cualquiera que lo molestara o intentara hacerle daño. Janet, la hija perdida, estaba tan orgullosa de su herencia como esta niña solemne que ya comprendía lo que era el deber. Patrick había odiado la idea de que se casara con el primogénito del duque, pero el destino terminó deparando a su hija algo mucho más terrible que Rodolfo di San Lorenzo.
El conde de Glenkirk descubrió que Friarsgate se hallaba tan aislada como su propiedad. Las noticias llegaban únicamente a través de los viajeros que, en su mayoría, eran vendedores ambulantes que cruzaban la frontera con Escocia. Así se enteraron de que la construcción de la flota del rey Jacobo avanzaba rápidamente y de que el heredero de la corona gozaba de buena salud y era un niño fuerte y rozagante. Tanto los ingleses como los escoceses estaban fortificando sus guarniciones militares en las fronteras. El rey Jacobo había firmado la renovación del acuerdo con Francia. La guerra había estallado en Europa. España marchaba hacia Navarra y Enrique Tudor, hacia Bayona, aguardando la ayuda de sus aliados para recuperar la corona de Francia. Su flota, decepcionada, patrulló la costa de Bretaña durante el viaje de regreso a Inglaterra.
La primavera fue dejando paso al verano. Un día, Rosamund le pidió al conde que enseñara a nadar a sus hijas como lo había hecho con ella. Chapotearon juntos en el lago, mientras Philippa, Banon y Bessie reían y se arrojaban agua en su esfuerzo por aprender.
– El agua es mucho más fría que en San Lorenzo -observó Rosamund.
– Pero no tanto como en el lago de Glenkirk -aseguró Patrick. -¿Tienes que romper el hielo antes de zambullirte?