– Solo en el mes de mayo. Algún día lo verás con tus propios ojos. -Te advierto que si no regresas a Friarsgate iré a Glenkirk -lo amenazó con una amplia sonrisa-. Este año no, pero el próximo llevaré a las niñas y pasaremos el invierno en tus tierras altas con la condición de que pases el resto del año con nosotras aquí.
– Es una brillante idea, mi amor, pues de ese modo no descuidaremos nuestras obligaciones.
– Se sentaron a orillas del lago mientras vigilaban a las niñas.
– ¡Oh, Patrick! Sería la solución perfecta para nuestros problemas. Así es. Y tal vez más tarde aceptes casarte conmigo y entonces ya no volveremos a separarnos.
Primero debemos saber qué opina tu hijo de mí, querido. No quiero sembrar cizaña entre ustedes dos. Vuelve la próxima primavera, Patrick, y si ninguno ha cambiado de parecer, te acompañaré a Glenkirk con mis hijas a principios del invierno.
– Y nos casaremos.
La muchacha asintió.
– ¡Pero ni una palabra a nadie por ahora! Será un secreto. No habrá boda sin la aprobación de tu hijo. Por favor, deja que me conozca antes de hablar con él.
– De acuerdo, mi paloma, se hará como tú quieras. Soy incapaz de decirte que no.
A principios de septiembre un cochero se presentó a las puertas de Friarsgate para exigir el pago de una inmensa caja que había transportado desde el puerto de Newcastle. Rosamund sacó las monedas de sus arcas, las contó y, antes de entregarlas, dijo:
– ¡Ábrala primero! Quiero asegurarme de que el contenido no se haya dañado.
El cochero y su ayudante se apresuraron a desembalar la pintura del maestro Paolo Loredano y la levantaron para que todos la vieran.
– ¡Oooh! -exclamaron al unísono.
– ¡Es magnífica, pequeña! Jamás vi algo igual -declaró el tío Edmund.
– Habría sido más fácil enviar solamente la tela -comentó Rosamund-, pero sospecho que el maestro no confiaba en nadie más que en sí mismo para enmarcar la pintura. Me pregunto qué habrá pasado con el otro cuadro.
– Creo que nunca lo sabremos, Madonna -replicó Patrick riendo, y procedió a contar a Edmund y Maybel la historia de los dos retratos de Rosamund.
– No es un hombre muy respetable, el pintor ese -afirmó Maybel.
– Puede que tengas razón, pero admite que posee un gran talento. El retrato de Rosamund es una obra maestra.
– ¡Oh, sí! Parece tan vivida y real que uno esperaría que saliera del cuadro, milord.
La cosecha había terminado y Friarsgate se preparaba para el invierno. En la capilla de la propiedad se conmemoró el aniversario de la muerte de sir Owein Meredith. Los días se acortaban ostensiblemente y las noches eran frías.
– Debo partir o tendré que pasar el invierno aquí -dijo el conde una noche mientras estaban en la cama.
– ¡No me dejes! -Suplicó la dama de Friarsgate-. Tengo miedo de que se rompa el hechizo y no volvamos a vernos.
– Entonces, ven conmigo.
– Sabes que es imposible, Patrick. He vivido experiencias maravillosas gracias a ti, mi amor. Prométeme que regresarás en primavera cuando la nieve se haya retirado de las tierras altas. ¡Si al menos te quedaras hasta el día de tu cumpleaños!
– Falta demasiado tiempo para diciembre. Recién estamos en octubre y debería haber partido hace dos semanas.
Rosamund prorrumpió en llanto, como si él le hubiese asestado un fuerte golpe, pero al rato se repuso y, lanzándole una mirada desafiante, le dijo:
– Entonces ámame esta noche, Patrick, como si fuera la última vez.
Lo atrajo hacía sí con ímpetu y le dio un beso ardiente y prolongado. Lo lamió alrededor de la boca y saboreó sus labios con avidez. El conde colocó las manos en el trasero de Rosamund y la apretó contra su cuerpo.
– ¡Te amo con locura! -exclamó ella sollozando.
– Y yo te amo como a nadie en el mundo, pequeña.
Patrick la acarició con ternura, pero el mero roce de sus manos avivaba aun más la pasión de la joven. Le besó uno de los pezones y comenzó a sobarlo frenéticamente, como si quisiera arrancarlo de su Pecho, mientras sus dedos jugueteaban en la entrepierna. De pronto, ella se dio vuelta y se puso encima del conde para agarrar su virilidad e introducirla en su boca. La habilidosa lengua subía y bajaba por la erecta vara, trazaba círculos alrededor de su enrojecida cúspide. Patrick gemía de placer, embriagado y sorprendido de que la joven fuera capaz de brindarle un goce tan intenso. Antes de que Rosamund vaciara su virilidad, volvió a tumbarla de espaldas y, montado sobre ella, penetró Su ardiente y acogedora feminidad. Tomándole la cara con sus vigorosas manos observó cómo la pasión embellecía el rostro de su amada mientras él empujaba lentamente hacia atrás y hacia delante. La joven gimió de placer y él le dio un lento e interminable beso.
– Me haces sentir tan joven, mi dulce campesina. ¿Cuándo y dónde hemos estado juntos antes? Nunca sabré la respuesta, Rosamund, pero ya no me importa pues ahora tendré tu amor para siempre.
El conde comenzó a moverse de una manera cada vez más urgente e impetuosa.
El sabor de su virilidad había sido un afrodisíaco tan estimulante que Rosamund no había querido sacarla de su boca. Pero al mismo tiempo había experimentado una imperiosa necesidad de que Patrick penetrara su íntima cavidad. La deleitaba sentir su rígida y gruesa espada dentro de ella. Con sus hábiles y febriles contoneos, el conde la excitaba hasta límites insoportables, a tal punto que por un momento creyó que jamás se liberaría de tanto ardor. Pero enseguida comenzó a sentir el dulce hormigueo y el vértigo del placer.
– ¡Te amo! -gritó. Los labios de Patrick se fundieron con los de ella, quien finalmente alcanzó el paroxismo de la pasión cuando él la inundó con su torrente amoroso.
La tomó entre sus brazos y acarició con dulzura su cabellera. Rosamund se durmió, pero él permaneció despierto un rato más. ¿Sería la última vez que se verían? No, de ningún modo. Regresaría en primavera y volverían a amarse nuevamente. Su instinto jamás le había fallado, y no había razón para dudar de ellos ahora. No obstante, lamentaba tener que marcharse. El invierno sería interminable sin su adorada Rosamund.
A la mañana siguiente Patrick se despidió de todo el mundo. Bessie, la mascota preferida del conde, lloró al verlo partir. Dermid acompañaría a su amo, pero retornaría en diciembre para asistir al nacimiento de su primer hijo. Edmund y Maybel estaban tristes; Rosamund simulaba fortaleza y Annie gritaba y aullaba hasta que Maybel la amenazó con darle una bofetada.
– ¡Volverá, pedazo de tonta! ¿No los casó el obispo en la catedral y tendrás un hijo de él?
– Ten coraje, mi pequeña -dijo Dermid-. Debo ir a casa y contarle todo a mi madre.
Los dos hombres montaron sus caballos. Parada junto el estribo el conde y con el rostro surcado de lágrimas, Rosamund alzó la vista hacia él y le susurró:
– Recuerda que te amo, Patrick.
Él se inclinó para levantarla y la besó en los labios
– Recuerda que yo también te amo, Rosamund Bolton -replicó, colocándola nuevamente en el suelo.
Todos se dispersaron y retornaron a sus tareas, menos Rosamund, que se quedó mirando hasta que Patrick Leslie, conde de Glenkirk, se convirtió en una tenue aunque visible nube de polvo dorado. Al regresar a su alcoba, se arrojó en la cama que habían compartido y comenzó a llorar desconsoladamente. El perfume del conde persistía en las almohadas. "¡No lo soporto! -Pensó, presa de la desesperación-. No podré vivir sin él estos seis largos meses. ¡Oh, Dios! ¿Por qué no le pedí al padre Mata que nos casara? ¿Por qué no me fui con él?"-aunque conocía muy bien las respuestas a esas preguntas. El hijo del conde debía aprobar el matrimonio entre su padre viudo y la dama de Friarsgate, y ella no podía abandonar de nuevo a sus hijas. Desde la trágica muerte de su padre había estado alejada de las niñas demasiado tiempo. Rosamund deseó que su primo Tom estuviera a su lado para consolarla. Luego, lanzó un suspiro, se levantó de la cama y se enjugó las lágrimas. Tenía deberes que cumplir, y si no regresaba de inmediato al salón, sus hijas comenzarían a preocuparse. Respirando profundamente salió de su alcoba y bajó las escaleras para encontrarse con su familia, que la aguardaba con ansiedad.